Acción de Gracias, de Richard Ford

Cabría suponer que para componer una saga literaria en torno a un protagonista ineludible hace falta un personaje extraordinario, un ser que deslumbre al lector con sus capacidades y le lleve en volandas a través de sus peripecias. Sagas de esta guisa, u otras en las que es la fuerza de los acontecimientos lo que marca el pulso de la narración, podríamos encontrarlas por miles. Pero a Frank Bascombe se le reserva otro papel en la obra de Richard Ford. Él lleva más bien una vida tranquila, con los vaivenes típicos del hombre de mediana edad que ya encadena divorcios y oficios, y que como nota excepcional tuvo que sobreponerse a la muerte de un hijo, si es que eso es posible. 

La cotidianidad con la que Ford reviste a Bascombe en Acción de Gracias (2006) es la misma que ya encontrábamos en El Periodista Deportivo (1986) y en El Día de la Independencia (1995), y tras un puñado de cientos de páginas se destapa que lo excepcional también puede descansar sobre lo cotidiano. Porque Bascombe, a su manera, también lleva al lector en volandas, claro que para ello no necesita más que compartirle sus pensamientos y mostrarle cuanto tiene ante sus ojos. Es esta oscilación entre lo de dentro y lo de fuera lo que conduce la historia como ya ocurre con el resto de obras de ficción del autor norteamericano.

Acción de Gracias se nos presenta así punteado con ese existencialismo. Las dudas vitales de Bascombe en torno al así llamado Periodo Permanente y los distintos niveles de la vida no son sino reflexiones generales sobre su sitio en el mundo, sobre cómo encajar en él y aceptar lo que le viene dado, sea esto la muerte de un ser querido, la marcha inesperada de una mujer o una enfermedad fatal. Todos a un tiempo, los acontecimientos que durante años han marcado la vida del protagonista aparecen solapados en unos pocos días de revelación previos a la festividad de Acción de Gracias.

Pero setecientas y pico páginas de zozobra, memoria e introspección resultarían demasiado pesadas, y Ford consigue, como en sus novelas anteriores de Bascombe, a las que podríamos sumar la también extensa Canadá, descargar el ambiente. Lo hace con su ajustada descripción del paisaje y del paisanaje: los carteles enigmáticos que jalonan la carretera (POR SU CUENTA Y RIESGO, EL SECRETO MEJOR GUARDADO DE NUEVA JERSEY, ¡RECUERDOS DEL MILENIO!), la sucesión interminable de franquicias y pueblos enteros en proceso de expansión o declive, Mike y el resto de personajes variopintos con los que Frank se relaciona. Valga el título original del libro: The Lay of the Land (La Disposición del Terreno) para entender el papel fundamental que el entorno juega en la narración. Era de esperar que Acción de Gracias fuese en opinión de los editores un nombre más prometedor entre el público hispanohablante para continuar con ese Día de la Independencia que le precede.

La historia  acontece a las puertas del año 2001. A ese entorno en plena transformación, se le añade la incertidumbre económica, mientras los americanos aguardan la decisión del Tribunal Supremo sobre las elecciones celebradas semanas atrás, decisión que terminaría abriendo las puertas del Despacho Oval a George W. Bush. Pocos personajes más adecuados que un agente inmobiliario demócrata para describir esa realidad cambiante. Visto con la perspectiva de los años, aquello del año 2000 no fue más que el preludio para todo lo que los estadounidenses vivieron un año después.

La esencia de Acción de Gracias descansa no obstante en ese despliegue paulatino de las reflexiones de Bascombe y las conclusiones que éste alcanza. A pesar de tanta incertidumbre y de todos los males que le afligen (incluido un incidente de cierto extraordinario reservado para el final), terminará por imponerse un arrebato de vitalidad. Leído en su año de publicación, esta entrega contenía un eco de cierre definitivo. Con el tiempo llegaron Francamente, Frank (libro de relatos en torno al mismo personaje, publicado en 2015) y la reciente Sé mía, de 2024, que como todas las anteriores figura en el catálogo de Anagrama. Así se completa una pentalogía para cinco décadas de la vida de un personaje que no necesita vivir nada excepcional para atrapar al lector, o acaso lo excepcional sea su hábil aproximación a lo mundano.

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El Maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales

Para cuando el semanario Estampa comenzó a publicar, en marzo de 1934, el folletín-reportaje ‘El Maestro Juan Martínez que estaba allí’, Manuel Chaves Nogales ya había viajado por las repúblicas soviéticas y dado parte de esos viajes en ‘La Vuelta a Europa en Avión’. Además, había conocido en París a los refugiados del Imperio zarista, quienes, con el triunfo de la revolución, fueron desposeídos de sus riquezas y forzados a vagar por la Europa Occidental. Era ya Chaves Nogales un notario de excepción para todo lo acontecido en el Este durante esos años convulsos, y con acierto retrataba sus impresiones sobre en qué había quedado de Rusia estallada la Revolución de 1917. Pero él no la vivió. Sin embargo, halló en las peripecias del bailarín Juan Martínez el mejor vehículo para transmitir en primera persona esos acontecimientos.

A decir verdad, el escritor y su personaje se habían conocido en 1930 en la capital francesa, y de tal encuentro había dado parte en las páginas de Estampa, destacando sus dotes de bailarín y su lamento por que su arte, el flamenco, tuviera más reconocimiento fuera que dentro de España. Es fascinante imaginar las largas conversaciones mantenidas entre ambos, tal vez comenzando por lo artístico para acabar descubriendo esa vida sin par, una vida que Chaves Nogales consigue plasmar en papel a pesar de que su interlocutor no dominaba el idioma como lo hacía el propio autor, lo cual no impide que cada frase de este libro resulte verosímil, y la historia en su conjunto, veraz.

Con la experiencia de uno y las dotes de cronista del otro se tejió ese testimonio único, tan brillante en su forma (esa ajustada combinación de lo histórico y lo cotidiano) que a la fuerza tiene que descansar en toda la credibilidad que un maestro de reporteros como Chaves Nogales supo ganar a lo largo de su carrera. Porque las peripecias de Juan Martínez y de su inseparable Sole son tan extraordinarias que incluso en el campo de la ficción habrían encontrado acomodo. Únicamente en los encuentros más próximos a personajes históricos es cuando esa imbricación de las vivencias particulares con la historia queda a la intemperie.

Helos aquí unos protagonistas a quienes la fortuna les fue tan esquiva que durante años tuvieron que sufrir las revoluciones, la guerra y el hambre entre Petrogrado, Moscú, Minsk, Kiev y otras ciudades marcadas por la tragedia, topónimos que hoy vuelven a resonar en los noticieros por un conflicto no tan dispar a aquel: esos nacionalismos mal entendidos, esa facilidad entre pueblos hermanos por desatar entre sí repentinas cacerías.

Apátrida, ajeno a la política y por tanto sin filiación alguna, Juan Martínez ofrece una lectura de los hechos inocente, pero no por ello superficial. Sabe identificar la humanidad en los personajes (muchos de ellos, artistas caídos en desgracia) que se encuentra por el camino, así como la inclinación de los pueblos a buscar aliados y enemigos. Resulta esclarecedor cómo la gente de Kiev se pone del lado de los rojos solo porque pasaban hambre como ellos, aunque fueran igual de sanguinarios que los blancos, en lo que viene a llamar una “solidaridad de hambrientos”.

En las últimas páginas, el autor logra otorgarle a esta narración prestada un grado de humanidad inusitado, al revelar una confidencia que desarmará al lector. Queda así en evidencia cómo, por muy hostil que resulte el tiempo que nos toca vivir, puede haber circunstancias personales que le marquen a uno con más hondura. 

Conviene recordar que ‘El Maestro Juan Martínez’ tuvo dos vidas. La primera, como folletín-reportaje que con sus actualizaciones semanales mantenía en vilo al lector fiel. Así, destacan las notas expresivas del final de muchas de las veintisiete entregas. Más adelante serían recopiladas en un único tomo, dándole esta segunda vida en forma de novela.

Al igual que con casi toda la obra de Chaves Nogales, ‘El Maestro Juan Martínez’ pasó desapercibido durante décadas. Con la puesta en valor del cronista sevillano, hoy vuelve a adquirir el reconocimiento que merece y nos encontramos con un nuevo volumen por parte de Libros del Asteroide, editorial que además ha publicado la obra completa del escritor en cinco tomos.

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El Danubio, de Claudio Magris

Es imposible levantar una obra como El Danubio si no es mediante la erudición, la de Claudio Magris, cuyo concienzudo estudio de la lengua alemana cimienta su conocimiento igualmente profundo de Mitteleuropa. En este libro que no admite catalogación por género el río Danubio se convierte, desde sus disputadas fuentes al norte de los Alpes hasta su ramificada desembocadura en el mar Negro, en la estructura formal para los más de 150 capítulos breves que componen el texto. Magris consigue que, a pesar de todas las capas de intelectualidad superpuestas, sea el gran río centroeuropeo una suerte de protagonista silente, sin alejarse demasiado de él, y otorgándole una dimensión que va más allá de lo geográfico, de lo histórico y de lo social. Para lograr esto, en primer lugar el germanista triestino ha tenido que adoptar un perfil bajo, el del viajero curioso, explorador de los espacios donde escritores y pensadores hicieron su vida, definiéndolos a partir de esa realidad física, las vistas cambiantes al Danubio, el clima y las llagas de la historia. Basta con mirar el mapa del final del libro para descubrir cuánto se han abierto y cerrado esas llagas desde entonces, y concretamente en la década que siguió a la primera edición de 1986: la partición de Checoslovaquia, la reunificación alemana, el desmembramiento de la Unión Soviética, las guerras de los Balcanes. El tiempo vuelve a demostrar que la historia de los pueblos sigue su curso, y lo hace por derroteros más imprevisibles que los del río.

Como en ese viaje es ineludible hablar del origen y del final, aunque no ofrezcan demasiado interés histórico, Magris acierta en jalonar su narración con una serie de apuntes geográficos (esas fuentes disputadas, esa desembocadura ramificada) que generan una clase de marco en el que toda acción del hombre acontece como relleno de un espacio inalterable. Todas las comunidades culturales, las religiones y las corrientes de pensamiento son perecederas, al contrario que el río, continuo renacer, fluir y morir. Así Sánchez Ferlosio, con todas las diferencias que queramos buscar, se sirve en El Jarama de una elipsis de la misma naturaleza.

El Danubio (traducido por Joaquín Jordá y publicado por Anagrama, dentro de una amplia muestra del trabajo de Magris) ofrece entre sus capítulos su personal visión de ciudades como Viena (un gran café), Bucarest (el París de los Balcanes) y Budapest, la que considera la más hermosa ciudad del Danubio. Aunque apenas asome como personaje en el relato, el autor saca partido de su interacción con los lugareños, a través de los que explica el conocimiento adquirido de los diferentes pueblos: checos y eslovacos (presos de una espiral recíproca de suspicacia y desconfianza), húngaros, serbios, alemanes de Alemania, alemanes de Rumanía y muchos más. 

No menos larga será la lista de escritores retratados, siempre en conexión con el entorno y desde una óptica personal. Magris nos acerca a Joseph Roth, a Broch, a Canetti y a Kafka. No sorprende que la literatura en alemán se lleve tanto protagonismo, al haber sido, además de la especialización de Claudio Magris, la lengua franca del Imperio Austrohúngaro.

Los capítulos están bien hilados en términos generales, pero el lector puede sentir cómo a veces el río y sus orillas se convierten en una simple excusa para que el escritor le comparta apuntes marginales. Es el caso del retrato que hace del doctor Josef Mengele, oriundo de Gunzburgo, o la extraña manera de relacionar su anhelo por una cerveza en Eslovaquia con Ese Oscuro Objeto de Deseo, la última película de Luis Buñuel, lo cual por su parte descubre una confusión entre el argumento de esta cinta con la que le precedió en la filmografía del cineasta aragonés: El Discreto Encanto de la Burguesía. Comoquiera que Magris se las ingeniara para escribir y tejer esta abundancia de capítulos, todos ellos pueden ser de aprovechamiento, aun si quisiéramos remontar con él las aguas del río y leer en sentido inverso.

El Danubio no es una guía de viajes, pero es la mejor guía de viajes para el lector entregado, aquel que viaja, como Magris, en busca de sus pensadores de referencia, de personajes de la historia, en una Europa plagada de placas conmemorativas, de museos, de puentes centenarios y cafés de relumbrón. Magris se convierte con El Danubio en un Sebald en positivo. Mientras que el alemán avanza lentamente, con aire de devastación entre cementerios y estaciones, el genial escritor italiano se deja llevar y nos contagia parte de su ilusión.

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El Arte de la Duda, de Gianrico Carofiglio

El espectador que se acerque a un juicio con interés descubrirá un campo abonado para el conocimiento de multitud de disciplinas. Librados de la implicación personal o profesional de cualquiera de las partes, se pueden aprender ciertos resortes no solo de las ciencias jurídicas sensu strictu, sino de otras artes sin las que un proceso judicial no resultaría tan atractivo. Porque la dialéctica y retórica tienen algo de arte, como así lo tiene la duda, al parecer de Gianrico Carofiglio.

El Arte de la Duda nació en Italia como un manual de técnicas de interrogatorio publicado por la editorial Giuffrè. Recogía las actas de una selección de juicios y a estas les seguían un exhaustivo análisis. Material reservado para juristas, podría pensarse, pero el libro tuvo un éxito inusitado entre los legos en la justicia. El lector medio se enganchó a esos interrogatorios, constitutivos de una narrativa sugestiva y esa particularidad de las ciencias jurídicas de abordar tantos temas a la vez. En un juicio se habla de leyes, como también se habla de medicina forense y de investigaciones policiales, y de dramas familiares, y de corrupción. En muchos casos también quedan al descubierto los límites de la moral, las razones que conducen a ciertas personas a matar, normalmente movidos por el sexo o el dinero. La crónica de sucesos siempre despertó grandes pasiones entre el público, y entre esta y la judicial hay quizás variaciones en sus formas, pero no en el meollo.

Conocido sobre todo por la novela negra, Carofiglio recurre en El Arte de la Duda a todos sus estudios y oficio como magistrado para llevar una materia en apariencia tan farragosa por los vericuetos de la literatura. Antes se ha encargado de eliminar los apartados más teóricos y ha revisado el lenguaje para hacerlo más ameno, pero por lo demás sigue siendo un manual para profesionales y un ensayo accesible para el lector curioso. Cuando una obra consigue sugestionar al lector, la materia de la que versa deja de ser lo principal. 

Miguel Delibes, quien además de escritor fue catedrático de Derecho Mercantil, reconocía un tratado de tal disciplina, obra de Joaquín Garrigues, entre sus fuentes de inspiración literaria. Rafael Sánchez Ferlosio no tiene reservas en hacer empezar y acabar su Jarama con unas líneas prestadas de un estudio físico y geológico de Madrid a cargo de Casiano de Prado. Son muchos los ejemplos de cómo las ciencias se cuelan en la literatura, o de cómo ésta bebe de aquellas en su busca por una prosa concisa y eficaz.

El Arte de la Duda se centra en el manejo de los contrainterrogatorios, que encuentran un encaje distinto en el derecho procesal de cada país. Es en esos cross-examination (por utilizar el término de la justicia anglo-sajona, donde tal vez tenga más desarrollo) en los que el abogado y el fiscal ha de desplegar todas sus capacidades, entre otras cosas para adaptarse a su interlocutor. Así, el estudio de los testigos es tan importante como la fijación de los objetivos. Saber retirarse a tiempo será a veces esencial para lograr esos fines, entender que en la fase de juicio oral no todo pasa por la prueba, sino por lo que se dice (o cómo se dice) y lo que se deja de decir. Tan eficaz puede ser destruir la credibilidad de un testigo como la validez de una evidencia.

Nada tiene que quedar fuera del control del interrogador, que por lo general evitará preguntas abiertas, esas de las que no sabe qué respuesta esperar, y siempre rehuirá cualquier confrontación directa. A ojos de un juez, y tal vez más de un jurado profesional, el prestigio profesional del letrado o fiscal se manifiesta en el tratamiento que dispensa al resto de la sala. 

Y para llevar el proceso al punto necesario, tal vez no baste con esa alta dosis de creatividad en el análisis de las preguntas, más aún que de las respuestas. Quizás habremos de fundamentar el oficio de interrogar sobre la imposibilidad de producir una verdad incontestable. Porque esa verdad siempre estará sujeta a su contraria, y el cometido de quien interroga será achicar las probabilidades de tal falsación.

El mérito de este ensayo descansa no solo con la eficacia con la que Carofiglio explica todos estos consejos, sino en la dificultad que conlleva la adaptación de todo lo dicho en un juicio (lenguaje oral) a las limitaciones de una pieza de lenguaje escrito, como es esta obra en la que por momentos parecemos captar el tono de una conversación.

El Arte de la Duda está editado en España por Marcial Pons y puede encontrarse en librerías especializadas como La Jurídica.

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Asentir o Desestabilizar, de Rafael Chirbes

Recientemente los lectores de Rafael Chirbes descubrimos la dimensión personal del escritor valenciano gracias a sus diarios, A Ratos Perdidos, publicados por Anagrama y de los que faltaría un último tomo por ver la luz. También fue Anagrama la encargada de publicar sus crónicas de viajes y sus escritos sobre literatura en diversas compilaciones, y es la misma editorial en la que figura toda la obra novelística de Chirbes. Podríamos así organizar este corpus literario en tres familias, tal vez cuatro, si entendemos que los artículos de viaje y los ensayos literarios, tanto unos como otros atravesados por los libros y la historia, son animales distintos.

Ahora es otra editorial, Altamarea, la que nos descubre los textos de crítica literaria escritos por Chirbes entre 1975 y 1980. El profesor Álvaro Díaz Ventas pone en orden y da contexto a multitud de artículos aparecidos en su momento en revistas contraculturales como Ozono y La Calle. En Asentir o Desestabilizar no falta la crítica a los cambios sociales que España experimentaba aquellos años, cambios tratados por Chirbes como una serie de trampantojos con los que el poder protegía al poder. Dado el carácter historicista con el que el escritor abordaba su trabajo, en realidad esos reproches están presentes de una forma u otra también cuando escribe sobre literatura.

Chirbes nos habla desde una época en la que lo viejo se mezcla con lo nuevo, porque en paralelo a las corrientes de transformación llega todo aquello que la censura ocultó durante décadas, como Galdós. Las librerías son blanco de las ametralladoras, y Chirbes ha estado en un puesto privilegiado porque su condición de librero le ha permitido acceder clandestinamente a obras de otra manera inalcanzables. Este bagaje y sus aprendizajes de la mano del profesor Carlos Blanco Aguinaga son algunos de los mimbres para su visión lúcida de la escena literaria.

Tanto como en su trayectoria posterior, en Asentir o Desestabilizar el escritor valenciano reivindica a los autores del realismo social, con Luis Martín-Santos y su Tiempo de Silencio a la cabeza, y se pregunta quién tomará el relevo. Al final del libro se recogen unas pocas entrevistas, de los hermanos Goytisolo a Martín Gaite, donde al alimón entre entrevistadores y entrevistados intentan resolver esa incógnita.

Como en cualquier otra circunstancia y por cualquier otro autor, Chirbes escribe con cierto miedo de salto al vacío, por no saber qué vendrá después, y como en todo lo que leamos de épocas pasadas, ese miedo queda invalidado, pero a la vez nos recuerda el salto pendiente ante nosotros: ahora también nos podría parecer que después de los creadores presentes no vendrá ninguno más, o a lo peor, otros llegarán que nos harán recordar el pasado con nostalgia.

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El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio

De un autor es normal reconocerle el estilo en sus diferentes obras. De Rafael Sánchez Ferlosio, sin embargo, esto se antoja una tarea para lectores avanzados. Porque en su trabajo novelístico, más bien escaso, es imposible identificar patrones, recursos ni trampas comunes. Alfanhuí es la prosa mágica; Jarama, la voz de la gente común; El Testimonio de Yarfoz, el periplo con tintes épicos. Y tal variedad de estilos así como el acierto para ejecutarlos solo puede hablarnos de unas dotes prodigiosas para la narración. Sánchez Ferlosio sobrevuela sus historias y la literatura misma, sin que ni unas ni la otra opongan resistencia a sus divertimentos.

Entre esos divertimentos, una estructura novelística que fija el relato de El Jarama al río que le da nombre, a su discurrir y a lo telúrico. Para el autor, el primer y el último párrafo del libro son los mejores, y no son suyos: corresponden a la descripción aséptica que el ingeniero Casiano de Prado hace de ese entorno. Entre el agua que ya corre por delante y el que está por llegar, durante una jornada completa los protagonistas de la novela disfrutan de un día de refresco, mientras poco más arriba, en la venta, una variedad de personas llegadas de distintas zonas se enredan en una larga conversación.

El escritor logra transmitir el habla de cada uno de los personajes, ese coro de diferentes formas de expresarse, en el que a algunos parece notárseles el acento a través de la palabra escrita. En este Ferlosio hay mucho de Aldecoa en su empeño por asimilar el habla popular, sin llegar a vérsele las costuras. Hay algo de Delibes en la estrecha relación entre el paisaje y el paisanaje, claro que sin las querencias del vallisoletano. Hay también un poco de Carmen Martín Gaite por la parte de lo conversacional, aunque no con la implicación personal que se desprende de las obras de la escritora. Sí que se permite Ferlosio, a falta de implicación de otra clase, entrar en su propia novela bajo el nombre de Rafael Soriano Fernández, que para más señas da su dirección de Madrid: calle de Peñascales, número uno. No es sino el mismo bloque en el que el escritor convivió con Martín Gaite entre los cincuenta y los sesenta.

El tiempo de la novela transcurre lento, en sintonía con el agua que fluye sin prisa retenida por la azuda. Será el sol y la luna llena lo que, con su luz cambiante, nos dará los marcadores temporales de esta larga jornada, en la que a veces nos arrastramos con parsimonia y en la que parece que ningún minuto se escapa de la descripción del autor.

Solo un acontecimiento trágico, cerca del fin, podrá romper esa parsimonia y descubrirnos que lo fatídico acostumbra a camuflarse en lo cotidiano. Aquel suceso recibirá la atención del lector después de 300 páginas, pero no logrará relegar lo esencial de la novela, esa visión panorámica, a un simple contexto.

El Jarama, publicado en 1956 por Destino, había merecido el premio Nadal un año antes. Apuntaló el reconocimiento que el autor recibió con Alfanhuí en 1951, pero también marcó su distanciamiento paulatino de la narrativa para dedicarse al ensayo. Llegados al 2023, tal vez se echan en falta nuevas ediciones de Alfanhuí y El Jarama para acercarlas a nuevos lectores.

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Señora de Rojo sobre Fondo Gris, de Miguel Delibes

El mismo recurso discursivo, y casi el mismo léxico, utilizado en ‘Cinco Horas con Mario’ para reprender a una persona los desaciertos de su vida cuando ya ha fallecido, le sirven a Miguel Delibes para todo lo contrario en ‘Señora de Rojo sobre Fondo Gris’.

En esta novela breve (publicada por Destino en 1991) Delibes se sumerge como nunca en lo hondo de su pensamiento. Esta vez guarda un cometido muy personal: honrar a su esposa, fallecida 16 años atrás, compartiéndonos su vida en común y las virtudes de Ana, trasunto en la ficción de Ángeles de Castro, quien «con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir».

Del escritor vallisoletano sabemos que no era dado a hablar de lo que no sabía, lo que unido a lo íntimo del relato, nos da la dimensión de sinceridad de ‘Señora de Rojo sobre Fondo Gris’, cuyo centenar largo de páginas aparece punteado con un anecdotario entrañable y sin artificios.

El tono lánguido de ‘Señora de Rojo…’ se opone al de ese ‘Cinco Horas con Mario’ cargado de mala baba y una suerte de humor negro. En la novela de 1966 el testimonio de Menchi evidencia un inmisericorde resquemor hacia su difunto esposo (¿cuánto hay del propio Delibes en Mario?) pero aquí todo es pesar. Nicolás, el protagonista de ‘Señora de Rojo…’ se apoya en un falso diálogo a su hija, quien no interviene con sus palabras y solo hace de silente interlocutora para el testimonio sanador del padre.

La detención de la hija y del yerno dan las pinceladas de un contexto social convulso que zarandea la familia y marca los últimos días de la protagonista ausente. El mal estado de salud del Generalísimo a mediados de la década de los setenta es apenas un ruido de fondo, un elemento que sujeta a Nicolás y a los suyos a la Historia aunque estos estén más preocupados por lo próximo. Porque en fin de cuentas es en ese espacio familiar en el que viene ocurriendo lo trascendente en la vida de la persona.

En ‘Cinco Horas con Mario’ hay mucha rabia acumulada, y muy al final, voluntad de redención. En ‘Señora de Rojo sobre Fondo Gris’ solo encontramos reconocimiento.

Nicolás habla de sí como de un ser apocado e incompleto en su comunicación con el mundo, actitud diametralmente opuesta a la que describe de su acompañante. Delibes aprovecha las circunstancias de esta ficción para hacer de Nicolás un pintor que, aun con cierto éxito, sufre como cualquier otro de una frustración devastadora. Solo Ana es capaz de poner las cosas en orden, dentro y fuera de la mente de ese artista falto por momentos de inspiración. Al menos el genio de Nicolás se traduce aquí en una visión cristalina sobre la figura de su mujer, también con sus sombras, a la que otro pintor consigue retratar en todo su esplendor en el cuadro que da nombre al libro. Esa incapacidad por pintar a su mujer como se merece es otra de las frustraciones del protagonista, que solo a través de su testimonio en cascada intenta superar la pérdida de esa persona con la que había soñado envejecer.

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Primavera de Café, de Joseph Roth

La crónica periodística está dominada por la inmediatez, y cabe pensar que no podría ser de otra forma. Una crónica, para ser relevante, ha de hablarnos de aquello importante que ocurre en nuestros días. Pero lo cierto es que para interpretar esos acontecimientos muchas veces no basta con leer una crónica de lo inmediato, porque esos puntos y aparte de la historia no son sino el episodio, tal vez más notable, de una serie con una tendencia determinada, cadencia que habremos de identificar a tiempo para entender no tanto lo crítico del instante sino el devenir de la Historia con mayúsculas. 

Porque los imperios no caen de un día para otro ni las ciudades se levantan solas, a veces necesitamos huir de esa fiebre por la actualidad de la prensa, y en cambio apoyarnos en lo cotidiano.

El escritor Joseph Roth tuvo una dilatada carrera como articulista que hoy ofrece a los editores la oportunidad de fragmentar y organizar su trabajo de múltiples maneras. Así, de él nos queda una larga colección de noticias del frente, casi una sucesión de partes de guerra, entre otras crónicas de 1920 a 1939 en El Juicio de la Historia (editado por Eduardo Gil Bera para Siglo XXI) pero tal vez sea Acantilado la editorial que más ha hecho por devolver a Roth a las estanterías. Del escritor de Brody ha publicado no solo sus novelas sino multitud de compilaciones de escritos de distinta índole, incluída su correspondencia con Stefan Zweig.

En ‘Primavera de Café’ (traducido por Carlos Fortea para Acantilado en 2010) descubrimos quizá la cara más amable de las crónicas de Roth. Circunscrito a la etapa vienesa del autor de Job, entre 1919 y 1920, el libro arranca con las crónicas sobre el encanto de las cafeterías vienesas, que sirven de cautivador título de esta compilación, para luego adentrarse en la sociedad del momento por distintos vericuetos. Muchos son los personajes y más aún las ubicaciones descritas por Roth, a trazo grueso pero con el valor de lo anecdótico (y esto no es poco) para explicar a modo de boceto la transformación de la ciudad.

Algunos de los temas esbozados: los defectos de la administración en el auxilio de los menesterosos; las profesiones que desaparecen para disgusto del escritor, que del otro lado ve cómo los hipnotizadores profesionales hacen su agosto hasta en la política; el encaje de los idiomas y nacionalidades que habían conformado el Imperio Austrohúngaro y que súbitamente debían buscar un acomodo distinto.

La realidad vienesa no solo es la de sus cafés a ojos de Roth. Viena es además la ciudad que vio cómo se perdía una guerra y caía un imperio. Es la de la pobreza de la posguerra y el auge de los extremismos. Todo queda registrado en el día a día, aunque a veces como simple escenario, porque en lo cotidiano son los serenos, las lavanderas y algunos vecinos de excepción los que merecen las atenciones de la pluma.

Contaminados como estamos de un adanismo que parece consustancial a nuestros días, nos conviene revisar lo que Roth nos cuenta de hace cien años, su particular aproximación a la actualidad. Con sus artículos ofrece un refugio para el lector actual, probablemente cansado de los varios defectos de la prensa actual.

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Sobre la Lectura, de Marcel Proust

Antes de escribir ‘En Busca del Tiempo Perdido’ Marcel Proust glosó, tal vez sin saberlo, el sentido de su obra magna en un breve ensayo que ya en el título, ‘Sobre la Lectura’, evidencia su objeto de estudio.

Prefacio de ‘Sésamo y Lirios’ de John Ruskin (obra que el mismo Proust tradujo al francés), estas páginas son valederas de la categoría de ensayo, en el que una vez más y en la línea del parecer de otros grandes escritores se acentúa el significado de la lectura, como si antes de gran escritor uno hubiera de ser gran lector. Pero Proust se apresura en hacer de la lectura una brújula en esa búsqueda, no en equipararla a su resultado. La lectura es la lectura de uno mismo, espejando sobre sí las esencias del lector y no tanto de la obra. Es por esto que los libros leídos solo pueden ser una ruta en ese descubrimiento, descubrimiento que tiene lugar en uno mismo y resulta intransferible. En fin de cuentas hay tantos lectores como interpretaciones posibles, y no habrá escritores que dicten el camino del lector, porque será éste quien escoja sus derroteros.

No se puede ofrecer más libertad al lector que la que permite Proust con su propuesta. Fuera dogmas literarios; abajo los cánones que establecen qué leer y en qué orden. Cualesquiera reflexiones se haga el lector, estas florecerán en su mente, así como Proust se vale de la literatura para compartirnos su parecer.

Alienta observar la trayectoria posterior de quien postuló estas ideas. La obra de Marcel Proust es más que un clásico, un refugio de vuelta para lectores y escritores del último siglo. Y justamente ‘En Busca del Tiempo Perdido’ encuentra espacio en muchos cánones y en un sinfín de listas sobre qué leer, pero en ‘Sobre La Lectura’ (publicada en 1906, siete años antes que ‘Por el Camino de Swann’) su propio autor nos invita a hacerlo de forma desacomplejada.

Precisamente en las últimas 200 páginas de las casi 4000 reunidas en ‘En Busca…’, es donde más identificamos lo anticipado en ‘Sobre la Lectura’: ese valor inconmensurable de su dedicación a los libros para la búsqueda de un sentido vital. Con ese final Proust nos brinda una recompensa a nuestra atención. El inconmensurable ‘En Busca del Tiempo Perdido’ se da la vuelta sobre sí mismo en su último tomo, ‘El Tiempo Recobrado’, para hacernos entender todo su sentido. 

También en su forma encontramos paralelismos entre el breve ‘Sobre la Lectura’ y el magnánimo ‘En Busca del Tiempo Perdido’: Una prosa que no por florida pierde precisión; frases largas pero certeras en la descripción de sentimientos. El punto de vista permite ahondar en todos los detalles con la mayor de las sutilezas. A través de esa introspección de gran hondura, Proust alcanza las más altas cotas de sensibilidad quizás por ese punto de vista que una frágil salud le concedió, a su pesar, durante toda su vida. El autor francés fue en fin de cuentas una persona enferma, a quien sus males de salud parecían aproximarle a las cuestiones del alma, y para el que las ensoñaciones reemplazaron todo aquello que no puede experimentar con plenitud.

Diríase que Proust y su trasunto en la novela busca sosiego en ese tiempo recobrado, que no es sino el tiempo vivido, ese que sigue en nosotros pero que a menudo nos cuesta encontrar. ¿Algún aprendizaje más esperanzador que este?

Y todo de la pluma de quien con otra óptica para nada generosa apenas pasaría por un aficionado, por quien más por vocación que oficio traduce novelas del inglés y se entrega a los libros en busca de lo que muchas personas atravesadas por el esnobismo, aquellas que puntean la trama de su búsqueda vital, son incapaces de darle.

Encontramos una vez más cómo estas búsquedas del diletante puden llevarnos más lejos que el academicismo más rigorista, porque a diferencia de éste, la dedicación del aficionado solo encuentra impulso en una vocación y en una sensibilidad extraordinarias, condiciones que marcaron la vida y obra de Marcel Proust.

‘Sobre la Lectura’ está traducido y editado para Cátedra por Mauro Armiño, quien aporta una generosa y contextualizadora introducción al breve texto de autor francés.

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La Impanciencia del Corazón, de Stefan Zweig

De aquellos escritores que no se guardan un as en la manga, compartiéndonos sin ambages el leitmotiv de su obra e incluso glosándolo al comienzo, podemos decir que son escritores generosos. Es un privilegio para sus lectores que Stefan Zweig nos hable con claridad, tal vez herencia de su trayectoria como biógrafo e historiador, para así zambullirnos en el sentido de sus novelas sin necesidad de buscar segundas interpretaciones e indagar entre capas de significación.

Basta con leer las primeras páginas de ‘La Impaciencia del Corazón’ para saber qué nos va a contar su autor. Esta novela (la más larga de las obras de ficción escritas por Zweig) habla de una compasión que, aun con las formas de lo bienintencionado, solo sirve para el descargo de quien la profesa, ocasionando un daño velado al objeto de ese sentimiento mal formulado.

Tan infrecuente es el uso de este leitmotiv en literatura como habitual es en nuestros usos sociales. Porque tanto daño se hace por acción dolosa como mediante esos intentos nuestros por ayudar a los demás, sin saber que quizás solo nos estaremos ayudando a nosotros mismos y germinando en los otros toda clase de dependencias, decepciones y sufrimientos. Aunque la nobleza de nuestros propósitos nos impida apreciarlo, el daño cobra innumerables formas, a veces tan inocentes como las de un consejo. Es por esto que abstenerse de ofrecer ayuda no solicitada y guardarse de recibirla no siempre es un gesto de misantropía, como así se revela en la suerte que corren quienes se acostumbran a estos apoyos una vez los pierden. Si el mal se presenta hasta en la omisión del socorro ¿cómo no vamos a ser capaces de ocasionar ese mal mediante acciones mal dirigidas?

El teniente Hofmiller, protagonista de la novela, nos narra con inmensa clarividencia los sucesos que le llevaron a este descubrimiento. Procurando el bien de la hija discapacitada de una familia acaudalada, despierta en ella unas esperanzas a las que se siente obligado a corresponder. Al principio son esperanzas por curarse, pero enseguida deriva en una admiración que se transforma en amor. Hofmiller se ve envuelto en un esperpento de simulaciones para las que no encuentra escapatoria. Si bien el doctor Condor intenta advertirle de los riesgos de esa compasión mal entendida, el joven teniente no acierta a rebajar las expectativas que la joven y su padre ponen sobre él, arrastrándoles irremisiblemente a la mayor de las tragedias.

En ‘La Impaciencia del Corazón’ (1939; publicada en España por Acantilado y traducida por Joan Fontcuberta) el autor austriaco demuestra como ya hizo en muchas de sus nouvelles un don para la descripción de las emociones, acercándose a Proust en su grado de conocimiento del alma humana. También como en Proust, existe un inevitable punto de unión entre la vida de sus personajes y los recelos que en ellos genera el devenir de la Historia. Así, el propio Hofmiller verá su destino unido al de su época con el inicio de la Primera Guerra Mundial, que como toda contienda iguala a sus víctimas y sirve para enterrar los desafueros del pasado. 

Cuesta dar con reflexiones sobre esta dicotomía en la literatura de nuestros días. La lectura de este gran libro de Zweig es aconsejable en estos tiempos de molicie, en los que pareciera que las intenciones son más importantes que los resultados y en definitiva la forma prima sobre el fondo. 

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