Rafael Chirbes: Los Viejos Amigos y el inevitable paso del tiempo

Hablaba el otro día con un amigo sobre la autenticidad del arte. El arte tiene que ser auténtico, tanto como el artista que lo crea. El artista es, en realidad, arte puro, obra y sujeto. Lo demás, industria y trampantojo. Esta visión extrema de la creación artística encuentra muestras de confirmación en aquellas obras que se conforman con explorar las ocurrencias de la mente humana, sin dogmas. Son obras viscerales, paridas por un autor que vuelca en su creación toda su idiosincrasia.

Rafael Chirbes - Los Viejos AmigosLlego a esta conclusión mientras leo la retahíla incesante de recuerdos y emociones sobre la que Rafael Chirbes construye sus historias. Es una obra descarnada, escrita con el ritmo en que nuestro cerebro funciona, conectando unas ideas con otras, generando así su propio concepto de uno mismo y de todo lo que le aconteció en la vida. Chirbes escribe desde la madurez, con el saco medio lleno de años y sabedor de que el futuro, siempre imprevisible, será todavía más fugaz que el tiempo que nos precede.

Los Viejos Amigos es una obra menor si la comparamos con Crematorio y En la Orilla, donde Chirbes hablaba, respectivamente, del auge y declive del entorno en el que nos desenvolvimos en los últimos años, basado en la avaricia y la especulación. Los Viejos Amigos pertenece ya a otra época, antes de ese declive pero también antes de detectar esa vorágine destructiva en la que andábamos inmersos. Es la historia de unos viejos camaradas en la revolución que nunca fraguó, cuando la clase media terminó por acomodarse en democracia, dando al traste con cualquier sueño de rebeldía. Es una generación que se hizo adulta renunciando a ese sueño, y que hoy recuerda, en una desdichada cena de reencuentro, lo que el tiempo arrastró consigo mientras esos viejos amigos se hacían efectivamente viejos. Iban sucumbiendo a las obligaciones, la enfermedad, la resignación, y hoy se encuentran con otras vidas, aquellas que no soñaron, armadas a medias. El escritor valenciano observa como nadie esos auges y declives en la vida de las personas, como playas vírgenes que se transforman en resorts vacacionales, grúas y chanchullos mediante. Él es testigo de esa involución del hormigón y el acero, aquí una metáfora del devenir de aquellos compañeros de generación que ya observan sus trayectorias desde otra perspectiva, con un aire marchito.

La madurez, o el paso a esa vejez inevitable, desprende en Chirbes un sentimiento melancólico. Cuesta asociar la senectud a la gloria y al éxito. El éxito, si acaso, es seguir vivo a estas alturas del partido. Esta es una de las razones por las que la obra de Chirbes suena creíble, tan auténtica como descarnada. No hay oropeles en sus páginas para los que intentaron la revolución, sino un baño de la realidad que se impone. Leer a Chirbes es un placer amargo, pero también ofrece energías renovadas para aprovechar el tiempo que nos queda y así luchar contra los elementos.

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SimCity

A nivel académico presumo de haber ocupado todas las posiciones posibles. No soy doctor, ni tengo ningún tipo de postgrado, pero sí me licencié, y en mis años de universidad fui un estudiante más bien mediocre. Estuve cursos enteros sin pisar según qué aulas. Tiempo antes, en el instituto, llegué a ser el primero de la clase. También colonicé uno de los bancos del pasillo, donde me tumbaba durante las asignaturas de arte, pasando de todo, como cultivando a mi manera un genio creativo que aún no he encontrado. He sido, a ratos, un marginado, un compañero humillado, un estudiante admirado, un ser con el que no conviene estar.

Y precisamente cuando mis notas eran peores que nunca, en un momento en el que la amenaza de repetir curso se cernía sobre mí, en esa etapa oscura, digo, andaba enganchado a un videojuego.

SimCity 4 03

Ese videojuego se llamaba SimCity 3000 World Edition Expansion Pack. Me basta con leer su nombre, con cruzarme con su largo manual de instrucciones entre algún montón de papeles, para recordar aquellos años en los que no tenía problemas. En realidad los tenía todos, pero ya no me acuerdo.

Por aquel entonces, esto sí lo recuerdo bien, solo quería vivir tranquilo, soñando feliz, y que todos me dejaran en paz. Yo solo quería jugar al SimCity. No hacía daño a nadie por pretender algo así. Pero hete aquí que la vida se abre camino, y un sábado por la tarde mi amigo Cobo me llamó para ir a dar una vuelta y entonces todo cambió. De la noche a la mañana abandoné mis ciudades de ese juego de estrategia y me entregué a la fiesta adolescente, a la que me sumé de forma tardía pero con paso decidido. Desde entonces la vida ha sido un continuo transitar de personas, lugares y experiencias que me han servido para crecer.

Eso creía hasta hace unos días, hasta que me convencí de que todo esfuerzo ha sido fútil. No puedo evitar pensarlo. Que me equivoqué. Nunca tendría que haber buscado nada de eso, nuevos amigos, ir a la universidad, beber, viajar y vivir. En cambio, tendría que haberme quedado aquí, en casa, jugando al ordenador.

Hace una semana, navegando por Internet, descubrí que un tipo ha utilizado el SimCity para crear un régimen totalitario, un artefacto brutal de represión sobre seres que no existen, un exponente de las posibilidades de ese videojuego que parece no terminar nunca. La visión del SimCity como herramienta de creación artística me convenció para descargar la penúltima versión del juego, la 4, continuación de aquella otra expansión que un fatídico día abandoné sin mirar atrás.

No salí de casa en todo el fin de semana. El lunes me ausenté de mis clases. Desde hace una semana bajo a la calle lo justo. Me dice un amigo: haz deporte, sal a correr. Yo le contesto que no, que el juego me hace liberar toda la dopamina que necesito. Juego hasta las tantas al SimCity y el tiempo restante lo dedico a indagar en foros especializados. Mientras, en mi microcadena suenan discos con sonido a antiguo: ‘Una semana en el motor de un autobús’, ‘Siamese Dream’, ‘The Life Pursuit’, viejas compilaciones de Amable…

Estos días funciono como un tipo rendido, incapaz de asumir su derrota, y refugiado en sus costumbres de adolescente como si fuera fácil resetear, volver a la casilla de partida para plantearse la vida como un enorme fracaso. Refugiado de todo lo horrible que ocurre al otro lado de estas paredes. Si desde el principio hubiera renunciado a todo quizás hoy me iría mejor.

Este juego me está hundiendo la vida. Sueño con él, como por él, follo con él. Es una mierda vivir así, pura cobardía, pero al menos ya estoy hecho a la derrota, y cualquier victoria que venga, por nimia que sea, se convertirá en una gran epifanía. Entretanto aquí sigo. Un huracán destruirá la casa, o vendrán a llevarme interno, pero el ordenador, el SimCity, este juego, tendrán que arrebatármelo de mis manos frías y muertas.

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Her, o la disolución del amor llevada al extremo

G001C004_120530_R2IZ.0859800Spike Jonze es un tipo de películas dulces, tristes, de esas que le dejan a uno con las emociones a flor de piel. Si alguien tenía que hacer una película como Her, ese era Spike Jonze. Él reúne la sensibilidad suficiente para leer en nuestro futuro cercano una posibilidad que aún nos parece estrafalaria, pero que es del todo atemporal.

Joaquin Phoenix interpreta a un personaje creativo, falto de cariño y con un punto melancólico, un ser sensible rodeado de unas tecnologías que antes nos han distanciado del género humano. Ahora, esas tecnologías nos ofrecen la oportunidad de amar, de amarlas y de llenar así ese vacío.

Porque las razones del enamoramiento no están en un algo corpóreo, no en un algo espiritual. Uno se enamora de las pequeñas cosas, de una voz melosa. O de la voz de Scarlett Johansson.

¿O acaso no se puede desarrollar una adicción a partir de cualquier cosa? ¿Y no es el amor, ay, una suerte de adicción? Podemos colocarnos con la droga de un solo adicto -nosotros-, y con la misma facilidad, engancharnos a la voz que desde el ordenador nos ofrece una comprensión artificial. No es algo tan remoto en el tiempo, sino el desarrollo a corto plazo de nuestro mundo actual, donde cada vez más lamentamos la frialdad de las tecnologías y en cambio nos rodeamos de un artificial calor. Her, formado a través de una sucesión de entornos sofisticados, nos muestra esa moda vintage con la que sus personajes buscan rodearse de calidez.

Desacostumbrados hasta del oficio de querer, muchas personas necesitan que otros escriban por ellos las cartas de amor a sus seres queridos. Mientras, una aspirante a artista, papel interpretado por Amy Adams, tiene sus desvelos particulares en el intento de aproximarse mediante el arte a la condición humana.

Tenemos el calor fuera de nosotros y el corazón frío cual témpano de hielo, y pretendemos calentarlo con un amor que fluye como las ondas sonoras, algo de lo que empezamos a convencernos, que las emociones no tiene forma sino solo frecuencia diluida en el éter. En Her, un film valiente donde los haya, Jonze lleva esa disolución al extremo.

Con ‘Donde viven los monstruos’ el director americano logró hacernos recordar esa amalgama de emociones mal resueltas de nuestra infancia, un periodo que tendemos a recordar como feliz, descargado de preocupaciones cuando en verdad estuvo plagado de sinsabores y duro aprendizaje vital. Ahora, Her nos sirve para darnos cuenta de que el amor no esta sujeto a etiquetas. Con una mínima sensibilidad por nuestra parte, este puede llegarnos de donde menos lo esperamos.

Contamos con la libertad para vivir y expresar ese amor inclasificable, ubicuo, a partir de una voz, o de una llaga en la piel. En un entorno cada día más digitalizado, tal vez pronto terminemos por darnos cuenta. Theodore, el protagonista de Her, va dándose cuenta poco a poco. Lo que empieza siendo un simple artilugio para manejar su ordenador termina por ser su soporte vital, esa voz reconfortante que le consuela de sus desajustes con el resto de personas. Una voz que, como cualquier fuente de amor, es capaz de otorgar las mayores satisfacciones e infligir el daño más terrible.

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God Help The Girl, la esperada película de Stuart Murdoch

God Help The Girl poster   Con Stuart Murdoch uno nunca sabe. Imposible asegurar si esa carga pueril de sus canciones obedece a una jacarandosa impostura o por el contrario es una muestra genuina de su bisoñez. O ni lo uno ni lo otro. Uno también puede pensar que todo responde a su intención de vestir la cruda realidad con acordes que son seda fina para poperos twees. Imposible saber esto, y en cambio es bien fácil posicionarte sobre Belle & Sebastian: Te gustan o no te gustan. Vives enamorado de tamaña cantidad de moñez o no la aguantas.

   A mí me gustan, Belle & Sebastian, y soy fiel seguidor desde hace bastantes años, los suficientes para convencerme de que en ese reducto del pop en apariencia inocente se esconde un género desprejuiciado, con la misma libertad expresiva que un rapero del hardcore. Murdoch dice lo que le da la gana y como le da la gana, sin renunciar a sus arraigadas creencias católicas ni a su libre opinión de la industria musical. Es un personaje auténtico de la música, aunque se sirva, si es que se sirve, de imposturas para parecer inofensivo. Uno nunca sabe.

   El bueno de Stuart Murdoch llevaba años anunciando la producción de su película, God Help The Girl. Ya en 2010, durante otra etapa manifiestamente melómana de este blog, me hice eco de esa película en varias entradas. Expectante estaba por comprobar el resultado.

   Como no podía ser de otra forma, God Help The Girl es un musical, un viaje al universo de ese músico que durante años vivió como alguacil en una iglesia. Es también un recorrido por un Glasgow inundado de pop. ¿Pueril? Tal vez en apariencia, aunque no sabemos si genuinamente pueril.  El líder de la banda escocesa ha contado en la producción con Barry Mendel, quien anteriormente trabajó con Wes Anderson películas como The Life Aquatic y Rushmore.  ¿Es pueril la obra de Anderson? ¿Nos dejamos llevar aquí también por las apariencias?

   Desconocemos el grado de conocimientos y experiencias que tiene Murdoch con el espinoso tema de los trastornos alimentarios, aunque sí sabemos que durante años padeció un terrible y largo episodio de fatiga crónica.  En God Help The Girl atribuye una fatal anorexia a una protagonista que luce bien sana. La tensión, el nudo por desenmarañar en esta película, apenas descansa en los dilemas de una joven sobre qué hacer con sus capacidades artísticas. En el entretanto, se distrae con estériles debates sobre el nombre de su banda y se lía con un cantante francés que resulta ser un gilipollas. Intrascendentes situaciones que no tienen por qué derivar en una historia intrascendente per se.

   Si hacemos el enorme esfuerzo de imaginar esta película sin música encontramos un pasaje cotidiano de bellas imágenes y personajes inocentes. Algo verité, despreocupado, buena hora y media de desconexión. Si de nuevo añadimos la música nos convencemos de que esta es la razón de ser de la trama. La música de un Stuart Murdoch que durante décadas ha sabido mantener ese tono en principio inofensivo para decir lo que le ha dado la gana y como le ha dado la gana. Un Stuart Murdoch, por cierto, que a través de su último single parece entrar en una adolescencia tardía. Pero antes se tomó su tiempo para rodar esta película que te hace sentir bien, que te enamora si eres un popero convencido o, sencillamente, un tipo que se deja querer por el pop.

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House of Cards, primera temporada

House of Cards A Netflix Original Series   Ya no sorprende encontrar propuestas como House of Cards, alejada de los debates bizantinos sobre el formato. Las series de hoy en día miran a los ojos al mejor cine, y tal vez House of Cards sea la primera producción nacida a partir de esa convicción. Kevin Spacey, aquí protagonista y productor ejecutivo, lleva tiempo pregonando aquello de ‘el contenido es el rey’, una de las máximas del marketing en la actualidad. Si ese contenido aparece en televisión, en la gran pantalla o en streaming, esa es una cuestión menor. Los nativos digitales no van a entender la diferencia. Igualmente, quienes nacimos en los ochenta, y por tanto conocimos la dictadura del televisor antes del advenimiento de la revolución digital, también terminaremos por olvidar esos convencionalismos. Cada vez más, el medio no es el mensaje. El mensaje se apoya sobre sí mismo.

   House of Cards es cine visto en televisión, o en la pantalla del ordenador, pero ante todo es contenido del bueno, enjundioso, desarrollado a partir de ideas poderosas e impulsado por una producción impecable. Con un montaje sobresaliente, unos personajes bien armados y un protagonista (el congresista Frank Underwood) que se come esa pantalla, la cuarta pared, que la atraviesa para introducir al espectador en su historia, a través de sus descriptivas opiniones sobre el funcionamiento del poder. El personaje de Spacey logra así un nuevo sentido de la profundidad, añadir una nueva dimensión a una historia en la que resulta complicado no implicarse. ¿Quién no ha reflexionado nunca sobre el poder, los límites del ser humano para conseguirlo, la importancia del dinero en nuestras vidas?

House of Cards

   Una vez implicado con sus personajes, ese espectador es llevado entre almohadas de alcanfor por una narración que no podría ser más efectiva. Las palabras, los planos y las secuencias justas para relatarnos varios nudos narrativos con relación entre sí. Son trece capítulos, apenas doce horas y ni un solo minuto desechable. Aquello que no vale para la historia en sí, al menos vale para explicar unos personajes, un escenario, un concepto.

   House of Cards, la producción de Netflix, es un relato tan eficaz como elegante, sofisticado, que solo podría ocurrir en los entresijos del Washington institucional, el pijo, el de los despachos, las redacciones y los Chevrolet Tahoe con lunas tintadas. La mano de David Fincher -productor ejecutivo y director de los dos primeros episodios- se deja notar en cierto tenebrismo. Buena parte de la narración ocurre bajo la luz de una lámpara, de las farolas en la calle. La luz del día está tamizada por las cortinas de la Casa Blanca, del Capitolio. House of Cards es una historia oscura, y en ella lo que más brilla es la inteligencia de unos personajes que, no en pocas ocasiones, venderían a su madre con tal de conseguir sus propósitos.

   Podría decirse que el estilo va en línea con el contenido, puesto que ese mercadillo de intereses y sentimientos debe permanecer en la sombra, entre susurros. La historia se mueve a media voz a través de la ambición de los personajes. En tanto en cuanto sean capaces de acallar sus conciencias, esa ambición les llevará muy lejos. Algunos de ellos, empezando por el propio Underwood, son capaces de lo insospechado con tal de salirse con la suya. Y sin embargo la realidad sigue como si nada, igual de elegante y podrida. A ese respecto destaca el papel del jefe de gabinete Doug Stamper, segundo de Underwood, el encargado de hacer el trabajo sucio, un hombre impasible que supo sobreponerse a sí mismo. Y como cara más amable de esa falta de escrúpulos, la esposa del congresista, Claire Underwood, una mujer celosa de sus privilegios convencida de que el fin justifica los medios. Frente a estas figuras del poder hay que tener mucho estómago y un alma blindada para sobrevivir. Los que no aguantan el ritmo, aquellos incapaces de bajar al barro, son seres descartables sin ningún futuro.

   House of Cards parte de una concesión, la que el espectador ha de hacer para dar la historia por veraz, aunque en verdad piense que en la alta política tal vez haya menos inteligencia, y menos carne cruda. Toda vez aceptamos por válida la situación de Underwood y su entorno, aprendemos valiosas lecciones sobre el poder, un poder real que se mueve entre bambalinas y deja a los número uno (aquí, el presidente de los Estados Unidos) en un papel poco más que simbólico. Los poderosos son aquellos títeres capaces de mover los hilos y sacar partido de su posición, de quien queda por debajo pero también de quien está por arriba, pues a diferencia de estos últimos, los número dos parten muchas veces con la ventaja de la opacidad.

   Ahora que la lucha por la transparencia está de moda, propuestas como House of Cards proponen una forma de destripar el poder, de intentar entender la difícil relación entre el poder y el dinero, el éxito y los escrúpulos. Cuesta encontrar productos tan orientados al entretenimiento (House of Cards parte de una novela y de una miniserie de la BBC menos efectista) que al mismo tiempo presenten tanta carga de significado.

   Casi todo de lo que presenciamos en la primera temporada de la serie despierta nuestro desprecio, pero nos estamos acostumbrando a eso, a historias protagonizadas por seres despreciables. Quizás porque, lejos de ensalzar figuras irreales sobre héroes y villanos, en realidad somos conscientes de que la lucha entre la conciencia y la ambición se libra no solo en lo más alto del castillo de naipes, sino también en el interior de cada uno de nosotros.

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Políticos de plasma

   La tecnología extiende sus tentáculos sobre las personas. Las personas no pocas veces lidian con la tecnología, la maltratan, la utilizan o infrautilizan de forma torticera revelando sus propias vergüenzas. Es divertido observar el proceso, las tácticas que emplea la gente para doblegar los avances tecnológicos, hacerlos suyos, ninguneando muchas veces su potencial, su buen uso. La fotografía digital deriva en selfies, el Twitter en una corrala para los seguidores de ciertos espacios televisivos, y el plasma… bueno, el plasma es el refugio de según qué políticos.

   Fue muy divertido ver a Mariano Rajoy al otro lado de las pantallas. De la pantalla de casa y de la pantalla que presidía, aquella mañana de febrero de 2013, la sala de prensa de la sede del PP. Fue cutre, desvergonzado, cobarde, pretender en esa situación que el mensaje fuera lo único importante, obviando el método para comunicarlo y evitando cualquier pregunta de los medios. Pocos días después comparecería en Berlín junto a su contraparte alemana, Angela Merkel, en una de las pocas ocasiones en las que no le queda más remedio que mostrarse ante los medios, durante sus viajes al extranjero, a Alemania o Australia, como el pasado fin de semana. Para España, afortunadamente, siempre queda el recurso de la pantalla. Estos son nuestros políticos 2.0., quienes a su manera se han adaptado a los nuevos tiempos haciendo uso de la tecnología. Son nuestros políticos de plasma.

   Luego los periodistas andan a la gresca, y con razón denuncian la opacidad de estos representantes de la ciudadanía. Señalan los periodistas que un político no necesita público en la sala para limitarse a hacer declaraciones sin contestar preguntas. Lamentan este abuso de los gabinetes de comunicación, pero a su vez no se sienten empoderados para, entre todos, boicotear estas prácticas limitándose a no asistir a las convocatorias. Cuando empezó esta moda de las falsas ruedas de prensa, hace ya unos años, los profesionales de los medios se encargaron de hacerlo público, pero con el tiempo todos nos hemos olvidado. Los políticos se han salido con la suya.

   En realidad, el hecho de que un gobernante del más alto nivel convoque a los medios con el único fin de sentirse importante no tiene nada de vergonzoso. No debería tenerlo si estas comparecencias vienen enmarcadas en una estrategia de comunicación abierta, más transparente, que dé espacios para una relación fluida con los medios, se contesten preguntas, se ofrezcan datos, cobertura gráfica, se permita, en suma, que los medios hagan su trabajo. Estamos acostumbrados a ver cómo Obama enfila por el pasillo de la Casa Blanca, se aproxima al atril, suelta su discursito y se vuelve por donde ha venido. Los periodistas recogen su testimonio y no abren la boca. Al día siguiente el presidente americano puede estar de compadreo con esos mismos periodistas. Mientras tanto los fotógrafos de la Casa Blanca, entre los que destaca el consagrado Pete Souza, registra todo el proceso, produciendo una atractiva cobertura gráfica que invita a los medios a utilizarla. También observamos sin ningún asombro cómo David Cameron, desde la cocina de un colegio de Coventry, hace declaraciones a treinta centímetros de la cámara, poniendo su empeño en convencer a la sociedad británica de sus bondades como político. Estos dirigentes están sujetos a estrategias de comunicación obviamente interesadas, pero que intentan, nunca sin perjudicar sus intereses, dar esa apariencia de cercanía, transparencia, toma y daca entre el primer y el cuarto poder.

   Pero aquí no. En España ni siquiera se esfuerzan en transmitir esa transparencia. Como muestra, el Twitter de Mariano Rajoy es una oda al anquilosamiento, y uno solo puede recordar las reacciones airadas de muchos políticos a según qué reporteros hace cosa de veinte años, justo antes de que algún asesor corriera a advertirles de las antipatías que despertaban entre la población con sus desprecios. Nuestros políticos rara vez han entendido la importancia de estos menesteres.

   Tal vez no me he explicado bien, insinúa ahora Rajoy. Adelanta que, con toda seguridad, deberá viajar a Cataluña para hacerse entender. Lo grave del consabido anquilosamiento es que con él nuestros políticos no revelan más que su incapacidad para transmitir ideas. Estos ni con la mejor campaña mediática del mundo, ni con Pete Souza alrededor se libran.

   La otra noche, precisamente tras la consulta celebrada en Cataluña, veía los informativos de Televisión Española cuando el nuevo ministro de Justicia, Rafael Catalá, apareció inesperadamente en directo. Sin previo aviso y con dificultad para apartar la vista de sus papeles, Catalá se limitó a recordar la postura del Gobierno en su versión más reaccionaria. Sin mediar despedida, en cuanto terminó su discurso salió vacilante del plano, que por otra parte fue el mismo para todas las cadenas y se mantuvo en todo momento cerrado. Fue de principio a fin una intervención enlatada, con un único punto de vista, que me hizo pensar en la entrada en una nueva era mediática, en la cual los medios claudican y los políticos imponen sus formas para evitar ser cuestionados y editados por los profesionales.

   Cabe preguntarse: si Cameron y Obama pueden permitirse el lujo de estas prácticas ¿por qué íbamos a negárselas a los políticos patrios? Tal vez antes de esas prácticas dirigentes como Cameron y Obama han hecho un esfuerzo por mostrarse cercanos y comprensivos. Los ciudadanos tenemos derecho a exigir esos valores, y cuando tristemente los damos por perdidos, al menos debemos pedirles que hagan un intento de trampantojo, que demuestren una preocupación al respecto, algo de vergüenza. Tal vez aquí es pedir demasiado.

   Así y todo, por muchas pantallas que se compren no tienen nada que hacer. Esos políticos que se ocultan, repito, nada que hacer tienen, porque la tecnología anda sola.

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Wall Street y El Olimpo

   Corría el rumor desde hace años. Más que un rumor, era algo así como una frase hecha, una predicción de baratillo. China acabaría por convertirse en la primera potencia mundial, por delante de Estados Unidos. Hoy algunos confirman la profecía antes que los datos definitivos que lo constaten. El gigante asiático adelanta al tigre de papel, si no hoy, sí dentro de unos meses, aunque por el camino se hayan apaciguado los temores, acallado las suspicacias que esta situación despertaba. Ahora más que nunca lo observamos como un fenómeno natural, cuestión de inercia, resignados como estamos a entender que Occidente no era una potencia tan intocable, no desde la caída de las Torres Gemelas y mucho menos desde el advenimiento de la última crisis. Tal vez desde estos dos acontecimientos lo veníamos entendiendo con meridiana claridad, que aquello iba a terminar por lógica, que no hay manera de mantenerse a flote produciendo menos y especulando más.

   O cazando menos y cocinando más. ¿Acaso es eso posible?

Wall Street cartel Oliver Stone Michael Douglas Charlie Sheen Daryl Hannah

   Viendo Wall Street recuerdo una brillante reflexión de Frank Sobotka en The Wire: “Antes fabricábamos cosas en este país (…) Ahora solo metemos la mano en el bolsillo de quien está al lado”. La deslocalización y la especulación nos han llevado adonde estamos ahora, tratando de servir más platos con menos comida. Europa hace equilibrios para no volver a entrar en recesión, en España intentamos creer que salimos de una crisis con efecto rebote y en Estados Unidos siguen jugando a la ruleta rusa. Oliver Stone no podría haber pasado por esta vida sin hender en la llaga. Y lo hizo tiempo ha, precisamente en la cresta de la ola, en aquel lejano 1987. Hijo de un corredor de bolsa, Stone tenía los conocimientos y el ojo crítico necesarios para rodar Wall Street, una historia rabiosamente actual y genuina. A su lado El Lobo de Wall Street es una parodia, un espectáculo pirotécnico que a su manera también abunda en las fracturas del sistema. Pero este Wall Street, el original, aquel en el que debieron reflejarse los brokers de Inside Job y demás ejercicios documentales, se erige más que nunca como un documento sin fecha de caducidad. El personaje de Charlie Sheen -un actor vicioso y viciado, al borde del precipicio- es un broker hipnotizado por el rutilante encanto de Gordon Gekko, el gran inversor encarnado por un Michael Douglas que rezuma altanería y suficiencia.

   Es Gekko quien enseñará al joven Bud cuál es su cometido en el mundo: Poseer. Porque por encima de la fabricación, incluso por encima de la especulación, está la posesión como forma de vida, al margen de cualquier salpicadura de quienes bajo nuestros pies intentan sobrevivir. Esa forma suprema de éxito es una inversión del Capital, de los lobos de Wall Street, que durante décadas se refugiaron en ese confortable Olimpo, conscientes de su poder. Y el éxito de ese modelo no se explica sin una masa de inversores y empresarios sin escrúpulos, capaces de vender a su madre con tal de alcanzar las alturas. Meten la mano en bolsillo ajeno, reclaman comisiones y se hacen la zancadilla entre sí. En cuanto el inocente Bud Fox descubre de qué va el juego comienza a obrar en sentido contrario. Wall Street es, para que nos entendamos, la típica historia que pivota en torno a un pobre diablo, bien pueril, que en el instante decisivo se descubre rodeado de hienas, o de lobos, mientras que el espectador ya ha captado la situación en el minuto uno.

   El film de Oliver Stone, aquí en su papel habitual de agitador de conciencias, no alienta el estupor que sí despertó con argumentos similares al escribir el guión de Scarface. Wall Street es mucho más comedida y teórica, pero no por ello se deshace de la antipatía que caracteriza a muchas de sus películas. Entre los despachos y apartamentos de este Wall Street la ética despunta en contadas ocasiones. Lo demás es una sucesión de ambición y soberbia que carga el ambiente.

   Como contrapunto, y para dar un poco de aire al protagonista y el espectador, Martin Sheen se pone en la piel de Carl Fox, padre de Bud (padre de Charlie) y líder sindical en una aerolínea. Su personaje sirve además para que la historia carbure, intentando trasladar a su hijo el gusto por las cosas bien hechas, o por las cosas hechas, en definitiva. Porque para cocinar primero es necesario cazar.

   En una breve conversación en el coche, al final de la película, todo parece resolverse, cuando el padre le dice a su hijo que la vida consiste en crear, “en lugar de vivir de la compra y venta de otros”. Entonces recuerdo a Sobotka, al tiempo que me vienen a la mente las imágenes de polígonos industriales moribundos, o la de los nietos y los hijos viviendo en casa de la abuela, a costa de su pensión. La creación y la familia. Ahora que seguimos de bajón es lo que tenemos, si antes no lo hemos vendido.

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