Cabría suponer que para componer una saga literaria en torno a un protagonista ineludible hace falta un personaje extraordinario, un ser que deslumbre al lector con sus capacidades y le lleve en volandas a través de sus peripecias. Sagas de esta guisa, u otras en las que es la fuerza de los acontecimientos lo que marca el pulso de la narración, podríamos encontrarlas por miles. Pero a Frank Bascombe se le reserva otro papel en la obra de Richard Ford. Él lleva más bien una vida tranquila, con los vaivenes típicos del hombre de mediana edad que ya encadena divorcios y oficios, y que como nota excepcional tuvo que sobreponerse a la muerte de un hijo, si es que eso es posible.
La cotidianidad con la que Ford reviste a Bascombe en Acción de Gracias (2006) es la misma que ya encontrábamos en El Periodista Deportivo (1986) y en El Día de la Independencia (1995), y tras un puñado de cientos de páginas se destapa que lo excepcional también puede descansar sobre lo cotidiano. Porque Bascombe, a su manera, también lleva al lector en volandas, claro que para ello no necesita más que compartirle sus pensamientos y mostrarle cuanto tiene ante sus ojos. Es esta oscilación entre lo de dentro y lo de fuera lo que conduce la historia como ya ocurre con el resto de obras de ficción del autor norteamericano.
Acción de Gracias se nos presenta así punteado con ese existencialismo. Las dudas vitales de Bascombe en torno al así llamado Periodo Permanente y los distintos niveles de la vida no son sino reflexiones generales sobre su sitio en el mundo, sobre cómo encajar en él y aceptar lo que le viene dado, sea esto la muerte de un ser querido, la marcha inesperada de una mujer o una enfermedad fatal. Todos a un tiempo, los acontecimientos que durante años han marcado la vida del protagonista aparecen solapados en unos pocos días de revelación previos a la festividad de Acción de Gracias.
Pero setecientas y pico páginas de zozobra, memoria e introspección resultarían demasiado pesadas, y Ford consigue, como en sus novelas anteriores de Bascombe, a las que podríamos sumar la también extensa Canadá, descargar el ambiente. Lo hace con su ajustada descripción del paisaje y del paisanaje: los carteles enigmáticos que jalonan la carretera (POR SU CUENTA Y RIESGO, EL SECRETO MEJOR GUARDADO DE NUEVA JERSEY, ¡RECUERDOS DEL MILENIO!), la sucesión interminable de franquicias y pueblos enteros en proceso de expansión o declive, Mike y el resto de personajes variopintos con los que Frank se relaciona. Valga el título original del libro: The Lay of the Land (La Disposición del Terreno) para entender el papel fundamental que el entorno juega en la narración. Era de esperar que Acción de Gracias fuese en opinión de los editores un nombre más prometedor entre el público hispanohablante para continuar con ese Día de la Independencia que le precede.
La historia acontece a las puertas del año 2001. A ese entorno en plena transformación, se le añade la incertidumbre económica, mientras los americanos aguardan la decisión del Tribunal Supremo sobre las elecciones celebradas semanas atrás, decisión que terminaría abriendo las puertas del Despacho Oval a George W. Bush. Pocos personajes más adecuados que un agente inmobiliario demócrata para describir esa realidad cambiante. Visto con la perspectiva de los años, aquello del año 2000 no fue más que el preludio para todo lo que los estadounidenses vivieron un año después.
La esencia de Acción de Gracias descansa no obstante en ese despliegue paulatino de las reflexiones de Bascombe y las conclusiones que éste alcanza. A pesar de tanta incertidumbre y de todos los males que le afligen (incluido un incidente de cierto extraordinario reservado para el final), terminará por imponerse un arrebato de vitalidad. Leído en su año de publicación, esta entrega contenía un eco de cierre definitivo. Con el tiempo llegaron Francamente, Frank (libro de relatos en torno al mismo personaje, publicado en 2015) y la reciente Sé mía, de 2024, que como todas las anteriores figura en el catálogo de Anagrama. Así se completa una pentalogía para cinco décadas de la vida de un personaje que no necesita vivir nada excepcional para atrapar al lector, o acaso lo excepcional sea su hábil aproximación a lo mundano.











