El Discurso del Miedo

   Llega como un transatlántico atracando en el puerto. El discurso del miedo. Se ha tomado una semana en aparecer, pero era cuestión de tiempo que lo hiciera. Prepárense para un largo semestre de amenazas y advertencias infundadas, para un ejercicio de desentierro de muertos, desfile de fantasmas del pasado que están a punto de presenciar. Es el precio que tenemos que pagar por haber votado en libertad, por haber emitido un voto distinto que contraviene los intereses de los grandes capitales. Ahora, esas amenazas se cernirán sobre nosotros por nuestro atrevimiento.

   De eso no nos libra ni la Democracia. Escuchar que los inversores sacarán su dinero, que el paro subirá y la industria automovilística levantará de la noche a la mañana sus plantas de producción, llevándoselas al Este y dejando en la calle a miles de familias. Una amenaza en dos actos, y el primero dio comienzo el domingo. Nos dirán esas mismas voces amenazantes que tenemos una segunda oportunidad, estos meses previos a las generales en los que podemos arrepentirnos de nuestros pecados y volver cabizbajos al redil. Porque la Democracia está muy bien para ejercerla, siempre y cuando no asuste al capital, esa suerte de tutor que nos protege de nosotros mismos. ¿Será el próximo camino en la democratización los trillados esfuerzos por la transparencia? ¿Será el aumento de la participación ciudadana en la cosa pública? ¿O será, sencillamente, librarnos de esa tutela por la que nadie nos ha preguntado? La protección de un anquilosado sistema monárquico, y de una no menos antidemocrática oligarquía económica, esos grandes empresarios que ahora amagan con salir del país. Nos quieren hacer creer, en contra de su propia opinión, que España es un pobre lugar de tierra batida, incapaz de salir adelante sin la proverbial intromisión de su actividad económica. Y a un tiempo se afanan en resaltar que somos, cuanto menos, la duodécima potencia mundial, un suculento mercado para inversores del turismo, de los servicios, del sector turístico y de la industria automovilística. ¿Obedece este potencial única y exclusivamente a su trabajo? ¿No tenemos los españoles nada que aportar al respecto, como pueblo trabajador y sobradamente preparado que somos?

   El discurso del miedo que comienza a macerar en la opinión pública me recuerda a otros tiempos de lucha entre clases. Que algunos retomen hoy ese discurso solo nos demuestra cuan perdidos se encuentran, absortos como están en salvaguardar sus posiciones dominantes en un poder que cambia, como igualmente están cambiando las bases sociales. No es el fin del mundo, tan solo un desafío, y para nosotros, la base social, una oportunidad única para demostrar que no nos creemos ese discurso.

   De caer en la trampa, en el caso de exhibir ahora un conato de flaqueza ante los chantajes, corremos el riesgo de mandar al traste los últimos avances en transparencia y participación ciudadana. Pero me cuesta creer que a estas alturas del partido, cuando ya una mayoría ha manifestado en las urnas su apuesta por el cambio, las amenazas que desde distintos ángulos nos hacen llegar sean suficientes para revertir el fenómeno. La única amenaza real es la realidad misma, que como tal siempre se impone. Es esta realidad lo único que puede echar por la borda todos esos progresos. Y cuando hablo de realidad, me refiero a la inercia, a la pereza de no querer luchar contra los poderes fácticos.

   Escuchar a un empresario preconizando la llegada del populismo a España da miedito. Escuchar a otro empresario -al empresario de los empresarios, para más señas- quitándole hierro al asunto y poniendo toda su confianza en esa inercia como fuerza anuladora da auténtico pavor.

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