Rafael Chirbes: Los Viejos Amigos y el inevitable paso del tiempo

Hablaba el otro día con un amigo sobre la autenticidad del arte. El arte tiene que ser auténtico, tanto como el artista que lo crea. El artista es, en realidad, arte puro, obra y sujeto. Lo demás, industria y trampantojo. Esta visión extrema de la creación artística encuentra muestras de confirmación en aquellas obras que se conforman con explorar las ocurrencias de la mente humana, sin dogmas. Son obras viscerales, paridas por un autor que vuelca en su creación toda su idiosincrasia.

Rafael Chirbes - Los Viejos AmigosLlego a esta conclusión mientras leo la retahíla incesante de recuerdos y emociones sobre la que Rafael Chirbes construye sus historias. Es una obra descarnada, escrita con el ritmo en que nuestro cerebro funciona, conectando unas ideas con otras, generando así su propio concepto de uno mismo y de todo lo que le aconteció en la vida. Chirbes escribe desde la madurez, con el saco medio lleno de años y sabedor de que el futuro, siempre imprevisible, será todavía más fugaz que el tiempo que nos precede.

Los Viejos Amigos es una obra menor si la comparamos con Crematorio y En la Orilla, donde Chirbes hablaba, respectivamente, del auge y declive del entorno en el que nos desenvolvimos en los últimos años, basado en la avaricia y la especulación. Los Viejos Amigos pertenece ya a otra época, antes de ese declive pero también antes de detectar esa vorágine destructiva en la que andábamos inmersos. Es la historia de unos viejos camaradas en la revolución que nunca fraguó, cuando la clase media terminó por acomodarse en democracia, dando al traste con cualquier sueño de rebeldía. Es una generación que se hizo adulta renunciando a ese sueño, y que hoy recuerda, en una desdichada cena de reencuentro, lo que el tiempo arrastró consigo mientras esos viejos amigos se hacían efectivamente viejos. Iban sucumbiendo a las obligaciones, la enfermedad, la resignación, y hoy se encuentran con otras vidas, aquellas que no soñaron, armadas a medias. El escritor valenciano observa como nadie esos auges y declives en la vida de las personas, como playas vírgenes que se transforman en resorts vacacionales, grúas y chanchullos mediante. Él es testigo de esa involución del hormigón y el acero, aquí una metáfora del devenir de aquellos compañeros de generación que ya observan sus trayectorias desde otra perspectiva, con un aire marchito.

La madurez, o el paso a esa vejez inevitable, desprende en Chirbes un sentimiento melancólico. Cuesta asociar la senectud a la gloria y al éxito. El éxito, si acaso, es seguir vivo a estas alturas del partido. Esta es una de las razones por las que la obra de Chirbes suena creíble, tan auténtica como descarnada. No hay oropeles en sus páginas para los que intentaron la revolución, sino un baño de la realidad que se impone. Leer a Chirbes es un placer amargo, pero también ofrece energías renovadas para aprovechar el tiempo que nos queda y así luchar contra los elementos.

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