SimCity

A nivel académico presumo de haber ocupado todas las posiciones posibles. No soy doctor, ni tengo ningún tipo de postgrado, pero sí me licencié, y en mis años de universidad fui un estudiante más bien mediocre. Estuve cursos enteros sin pisar según qué aulas. Tiempo antes, en el instituto, llegué a ser el primero de la clase. También colonicé uno de los bancos del pasillo, donde me tumbaba durante las asignaturas de arte, pasando de todo, como cultivando a mi manera un genio creativo que aún no he encontrado. He sido, a ratos, un marginado, un compañero humillado, un estudiante admirado, un ser con el que no conviene estar.

Y precisamente cuando mis notas eran peores que nunca, en un momento en el que la amenaza de repetir curso se cernía sobre mí, en esa etapa oscura, digo, andaba enganchado a un videojuego.

SimCity 4 03

Ese videojuego se llamaba SimCity 3000 World Edition Expansion Pack. Me basta con leer su nombre, con cruzarme con su largo manual de instrucciones entre algún montón de papeles, para recordar aquellos años en los que no tenía problemas. En realidad los tenía todos, pero ya no me acuerdo.

Por aquel entonces, esto sí lo recuerdo bien, solo quería vivir tranquilo, soñando feliz, y que todos me dejaran en paz. Yo solo quería jugar al SimCity. No hacía daño a nadie por pretender algo así. Pero hete aquí que la vida se abre camino, y un sábado por la tarde mi amigo Cobo me llamó para ir a dar una vuelta y entonces todo cambió. De la noche a la mañana abandoné mis ciudades de ese juego de estrategia y me entregué a la fiesta adolescente, a la que me sumé de forma tardía pero con paso decidido. Desde entonces la vida ha sido un continuo transitar de personas, lugares y experiencias que me han servido para crecer.

Eso creía hasta hace unos días, hasta que me convencí de que todo esfuerzo ha sido fútil. No puedo evitar pensarlo. Que me equivoqué. Nunca tendría que haber buscado nada de eso, nuevos amigos, ir a la universidad, beber, viajar y vivir. En cambio, tendría que haberme quedado aquí, en casa, jugando al ordenador.

Hace una semana, navegando por Internet, descubrí que un tipo ha utilizado el SimCity para crear un régimen totalitario, un artefacto brutal de represión sobre seres que no existen, un exponente de las posibilidades de ese videojuego que parece no terminar nunca. La visión del SimCity como herramienta de creación artística me convenció para descargar la penúltima versión del juego, la 4, continuación de aquella otra expansión que un fatídico día abandoné sin mirar atrás.

No salí de casa en todo el fin de semana. El lunes me ausenté de mis clases. Desde hace una semana bajo a la calle lo justo. Me dice un amigo: haz deporte, sal a correr. Yo le contesto que no, que el juego me hace liberar toda la dopamina que necesito. Juego hasta las tantas al SimCity y el tiempo restante lo dedico a indagar en foros especializados. Mientras, en mi microcadena suenan discos con sonido a antiguo: ‘Una semana en el motor de un autobús’, ‘Siamese Dream’, ‘The Life Pursuit’, viejas compilaciones de Amable…

Estos días funciono como un tipo rendido, incapaz de asumir su derrota, y refugiado en sus costumbres de adolescente como si fuera fácil resetear, volver a la casilla de partida para plantearse la vida como un enorme fracaso. Refugiado de todo lo horrible que ocurre al otro lado de estas paredes. Si desde el principio hubiera renunciado a todo quizás hoy me iría mejor.

Este juego me está hundiendo la vida. Sueño con él, como por él, follo con él. Es una mierda vivir así, pura cobardía, pero al menos ya estoy hecho a la derrota, y cualquier victoria que venga, por nimia que sea, se convertirá en una gran epifanía. Entretanto aquí sigo. Un huracán destruirá la casa, o vendrán a llevarme interno, pero el ordenador, el SimCity, este juego, tendrán que arrebatármelo de mis manos frías y muertas.

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