Her, o la disolución del amor llevada al extremo

G001C004_120530_R2IZ.0859800Spike Jonze es un tipo de películas dulces, tristes, de esas que le dejan a uno con las emociones a flor de piel. Si alguien tenía que hacer una película como Her, ese era Spike Jonze. Él reúne la sensibilidad suficiente para leer en nuestro futuro cercano una posibilidad que aún nos parece estrafalaria, pero que es del todo atemporal.

Joaquin Phoenix interpreta a un personaje creativo, falto de cariño y con un punto melancólico, un ser sensible rodeado de unas tecnologías que antes nos han distanciado del género humano. Ahora, esas tecnologías nos ofrecen la oportunidad de amar, de amarlas y de llenar así ese vacío.

Porque las razones del enamoramiento no están en un algo corpóreo, no en un algo espiritual. Uno se enamora de las pequeñas cosas, de una voz melosa. O de la voz de Scarlett Johansson.

¿O acaso no se puede desarrollar una adicción a partir de cualquier cosa? ¿Y no es el amor, ay, una suerte de adicción? Podemos colocarnos con la droga de un solo adicto -nosotros-, y con la misma facilidad, engancharnos a la voz que desde el ordenador nos ofrece una comprensión artificial. No es algo tan remoto en el tiempo, sino el desarrollo a corto plazo de nuestro mundo actual, donde cada vez más lamentamos la frialdad de las tecnologías y en cambio nos rodeamos de un artificial calor. Her, formado a través de una sucesión de entornos sofisticados, nos muestra esa moda vintage con la que sus personajes buscan rodearse de calidez.

Desacostumbrados hasta del oficio de querer, muchas personas necesitan que otros escriban por ellos las cartas de amor a sus seres queridos. Mientras, una aspirante a artista, papel interpretado por Amy Adams, tiene sus desvelos particulares en el intento de aproximarse mediante el arte a la condición humana.

Tenemos el calor fuera de nosotros y el corazón frío cual témpano de hielo, y pretendemos calentarlo con un amor que fluye como las ondas sonoras, algo de lo que empezamos a convencernos, que las emociones no tiene forma sino solo frecuencia diluida en el éter. En Her, un film valiente donde los haya, Jonze lleva esa disolución al extremo.

Con ‘Donde viven los monstruos’ el director americano logró hacernos recordar esa amalgama de emociones mal resueltas de nuestra infancia, un periodo que tendemos a recordar como feliz, descargado de preocupaciones cuando en verdad estuvo plagado de sinsabores y duro aprendizaje vital. Ahora, Her nos sirve para darnos cuenta de que el amor no esta sujeto a etiquetas. Con una mínima sensibilidad por nuestra parte, este puede llegarnos de donde menos lo esperamos.

Contamos con la libertad para vivir y expresar ese amor inclasificable, ubicuo, a partir de una voz, o de una llaga en la piel. En un entorno cada día más digitalizado, tal vez pronto terminemos por darnos cuenta. Theodore, el protagonista de Her, va dándose cuenta poco a poco. Lo que empieza siendo un simple artilugio para manejar su ordenador termina por ser su soporte vital, esa voz reconfortante que le consuela de sus desajustes con el resto de personas. Una voz que, como cualquier fuente de amor, es capaz de otorgar las mayores satisfacciones e infligir el daño más terrible.

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