House of Cards, primera temporada

House of Cards A Netflix Original Series   Ya no sorprende encontrar propuestas como House of Cards, alejada de los debates bizantinos sobre el formato. Las series de hoy en día miran a los ojos al mejor cine, y tal vez House of Cards sea la primera producción nacida a partir de esa convicción. Kevin Spacey, aquí protagonista y productor ejecutivo, lleva tiempo pregonando aquello de ‘el contenido es el rey’, una de las máximas del marketing en la actualidad. Si ese contenido aparece en televisión, en la gran pantalla o en streaming, esa es una cuestión menor. Los nativos digitales no van a entender la diferencia. Igualmente, quienes nacimos en los ochenta, y por tanto conocimos la dictadura del televisor antes del advenimiento de la revolución digital, también terminaremos por olvidar esos convencionalismos. Cada vez más, el medio no es el mensaje. El mensaje se apoya sobre sí mismo.

   House of Cards es cine visto en televisión, o en la pantalla del ordenador, pero ante todo es contenido del bueno, enjundioso, desarrollado a partir de ideas poderosas e impulsado por una producción impecable. Con un montaje sobresaliente, unos personajes bien armados y un protagonista (el congresista Frank Underwood) que se come esa pantalla, la cuarta pared, que la atraviesa para introducir al espectador en su historia, a través de sus descriptivas opiniones sobre el funcionamiento del poder. El personaje de Spacey logra así un nuevo sentido de la profundidad, añadir una nueva dimensión a una historia en la que resulta complicado no implicarse. ¿Quién no ha reflexionado nunca sobre el poder, los límites del ser humano para conseguirlo, la importancia del dinero en nuestras vidas?

House of Cards

   Una vez implicado con sus personajes, ese espectador es llevado entre almohadas de alcanfor por una narración que no podría ser más efectiva. Las palabras, los planos y las secuencias justas para relatarnos varios nudos narrativos con relación entre sí. Son trece capítulos, apenas doce horas y ni un solo minuto desechable. Aquello que no vale para la historia en sí, al menos vale para explicar unos personajes, un escenario, un concepto.

   House of Cards, la producción de Netflix, es un relato tan eficaz como elegante, sofisticado, que solo podría ocurrir en los entresijos del Washington institucional, el pijo, el de los despachos, las redacciones y los Chevrolet Tahoe con lunas tintadas. La mano de David Fincher -productor ejecutivo y director de los dos primeros episodios- se deja notar en cierto tenebrismo. Buena parte de la narración ocurre bajo la luz de una lámpara, de las farolas en la calle. La luz del día está tamizada por las cortinas de la Casa Blanca, del Capitolio. House of Cards es una historia oscura, y en ella lo que más brilla es la inteligencia de unos personajes que, no en pocas ocasiones, venderían a su madre con tal de conseguir sus propósitos.

   Podría decirse que el estilo va en línea con el contenido, puesto que ese mercadillo de intereses y sentimientos debe permanecer en la sombra, entre susurros. La historia se mueve a media voz a través de la ambición de los personajes. En tanto en cuanto sean capaces de acallar sus conciencias, esa ambición les llevará muy lejos. Algunos de ellos, empezando por el propio Underwood, son capaces de lo insospechado con tal de salirse con la suya. Y sin embargo la realidad sigue como si nada, igual de elegante y podrida. A ese respecto destaca el papel del jefe de gabinete Doug Stamper, segundo de Underwood, el encargado de hacer el trabajo sucio, un hombre impasible que supo sobreponerse a sí mismo. Y como cara más amable de esa falta de escrúpulos, la esposa del congresista, Claire Underwood, una mujer celosa de sus privilegios convencida de que el fin justifica los medios. Frente a estas figuras del poder hay que tener mucho estómago y un alma blindada para sobrevivir. Los que no aguantan el ritmo, aquellos incapaces de bajar al barro, son seres descartables sin ningún futuro.

   House of Cards parte de una concesión, la que el espectador ha de hacer para dar la historia por veraz, aunque en verdad piense que en la alta política tal vez haya menos inteligencia, y menos carne cruda. Toda vez aceptamos por válida la situación de Underwood y su entorno, aprendemos valiosas lecciones sobre el poder, un poder real que se mueve entre bambalinas y deja a los número uno (aquí, el presidente de los Estados Unidos) en un papel poco más que simbólico. Los poderosos son aquellos títeres capaces de mover los hilos y sacar partido de su posición, de quien queda por debajo pero también de quien está por arriba, pues a diferencia de estos últimos, los número dos parten muchas veces con la ventaja de la opacidad.

   Ahora que la lucha por la transparencia está de moda, propuestas como House of Cards proponen una forma de destripar el poder, de intentar entender la difícil relación entre el poder y el dinero, el éxito y los escrúpulos. Cuesta encontrar productos tan orientados al entretenimiento (House of Cards parte de una novela y de una miniserie de la BBC menos efectista) que al mismo tiempo presenten tanta carga de significado.

   Casi todo de lo que presenciamos en la primera temporada de la serie despierta nuestro desprecio, pero nos estamos acostumbrando a eso, a historias protagonizadas por seres despreciables. Quizás porque, lejos de ensalzar figuras irreales sobre héroes y villanos, en realidad somos conscientes de que la lucha entre la conciencia y la ambición se libra no solo en lo más alto del castillo de naipes, sino también en el interior de cada uno de nosotros.

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3 respuestas a House of Cards, primera temporada

  1. Jacobo dijo:

    Es una serie muy entretenida pero estoy en desacuerdo con el autor en algunos aspectos de su análisis. Si se compara con la miniserie británica de 1990 se ve como muchos elementos se han introducido para poder realizar una serie de bastantes capítulos y hacerla mas llevadera para espectadores de distinto tipo, que puedan estar interesados por las luchas de poder llevadas a cabo por personajes implacables pero que no quieran tener que estar muy concentrados. Es como darle puré a los niños para que no se atraganten. En este caso el puré es de una calidad incuestionable, por supuesto. De hecho, eso es algo que hacen muy bien en la industria televisiva y cinematográfica americana, que ha consistido en tratar siempre temas profundos de la literatura universal o cultura a secas de una manera mas amena, de manera que se puedan transmitir (incluso de manera tendenciosa de vez en cuando) a un mayor número de gente. Podríamos comparar esto con el arte escultórico de las antiguas catedrales europeas, que no hacia otra cosa que transmitir los conceptos contenidos en la Biblia o en el dogma. En cuanto a una crítica técnica que puedo tener con la serie es que, por el hecho de ser una adaptación de una novela inglesa, se le da mucha importancia a los partidos políticos, cuando realmente los partidos en los EEUU no son para nada tan importantes como en Europa y además cada uno de ellos acoge a lo que en Europa son multitud de partidos. Este es un fallo que he visto en varias traslaciones de series británicas, como por ejemplo en el caso de la serie americana Veep, que es un “remake” de la serie británica “The Thick of It”, donde al ser los guionistas ingleses también le dan demasiada importancia a los partidos. Por cierto, creo que la política real, tanto en Washington como en el barrio de las Delicias, llevada a cabo por políticos profesionales se asemeja más a Veep, donde un atajo de idiotas toma elecciones a corto plazo en base a subir en las encuestas creando problemas que se resuelven porque siempre hay otros más idiotas todavía, que a la política de House of Cards a lo Ricardo III donde alguien tiene un plan y lo va ejecutando de manera determinista. Me parece a mi que lo aleatorio es más intrínseco a la política. En House of Cards, FU obtiene todo lo que quiere. En la política real los políticos van dejando atrás principios en base a pactar con otros. Al final, en aras de aprobar cosas, todos han dejado atrás todos los principios con los que empezaron. Sin ir más lejos, véase el caso de PODEMOS, que empezó con un programa electoral que cada vez se rebaja más. De manera que al final la gente optara por ellos simplemente por jubilar a los que ahora “okupan” el poder político-económico. Y los jubilarán con razón. Pero en cuanto a principios seguiremos todos la máxima de Marx (Groucho): “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

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  2. Pau March dijo:

    Muy interesante el contenido de su blog.
    Le invito a visitar el mio: pauyprou.es

  3. fenrisolo dijo:

    Para enjundia la de sus comentarios, señor Jacobo.

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