Políticos de plasma

   La tecnología extiende sus tentáculos sobre las personas. Las personas no pocas veces lidian con la tecnología, la maltratan, la utilizan o infrautilizan de forma torticera revelando sus propias vergüenzas. Es divertido observar el proceso, las tácticas que emplea la gente para doblegar los avances tecnológicos, hacerlos suyos, ninguneando muchas veces su potencial, su buen uso. La fotografía digital deriva en selfies, el Twitter en una corrala para los seguidores de ciertos espacios televisivos, y el plasma… bueno, el plasma es el refugio de según qué políticos.

   Fue muy divertido ver a Mariano Rajoy al otro lado de las pantallas. De la pantalla de casa y de la pantalla que presidía, aquella mañana de febrero de 2013, la sala de prensa de la sede del PP. Fue cutre, desvergonzado, cobarde, pretender en esa situación que el mensaje fuera lo único importante, obviando el método para comunicarlo y evitando cualquier pregunta de los medios. Pocos días después comparecería en Berlín junto a su contraparte alemana, Angela Merkel, en una de las pocas ocasiones en las que no le queda más remedio que mostrarse ante los medios, durante sus viajes al extranjero, a Alemania o Australia, como el pasado fin de semana. Para España, afortunadamente, siempre queda el recurso de la pantalla. Estos son nuestros políticos 2.0., quienes a su manera se han adaptado a los nuevos tiempos haciendo uso de la tecnología. Son nuestros políticos de plasma.

   Luego los periodistas andan a la gresca, y con razón denuncian la opacidad de estos representantes de la ciudadanía. Señalan los periodistas que un político no necesita público en la sala para limitarse a hacer declaraciones sin contestar preguntas. Lamentan este abuso de los gabinetes de comunicación, pero a su vez no se sienten empoderados para, entre todos, boicotear estas prácticas limitándose a no asistir a las convocatorias. Cuando empezó esta moda de las falsas ruedas de prensa, hace ya unos años, los profesionales de los medios se encargaron de hacerlo público, pero con el tiempo todos nos hemos olvidado. Los políticos se han salido con la suya.

   En realidad, el hecho de que un gobernante del más alto nivel convoque a los medios con el único fin de sentirse importante no tiene nada de vergonzoso. No debería tenerlo si estas comparecencias vienen enmarcadas en una estrategia de comunicación abierta, más transparente, que dé espacios para una relación fluida con los medios, se contesten preguntas, se ofrezcan datos, cobertura gráfica, se permita, en suma, que los medios hagan su trabajo. Estamos acostumbrados a ver cómo Obama enfila por el pasillo de la Casa Blanca, se aproxima al atril, suelta su discursito y se vuelve por donde ha venido. Los periodistas recogen su testimonio y no abren la boca. Al día siguiente el presidente americano puede estar de compadreo con esos mismos periodistas. Mientras tanto los fotógrafos de la Casa Blanca, entre los que destaca el consagrado Pete Souza, registra todo el proceso, produciendo una atractiva cobertura gráfica que invita a los medios a utilizarla. También observamos sin ningún asombro cómo David Cameron, desde la cocina de un colegio de Coventry, hace declaraciones a treinta centímetros de la cámara, poniendo su empeño en convencer a la sociedad británica de sus bondades como político. Estos dirigentes están sujetos a estrategias de comunicación obviamente interesadas, pero que intentan, nunca sin perjudicar sus intereses, dar esa apariencia de cercanía, transparencia, toma y daca entre el primer y el cuarto poder.

   Pero aquí no. En España ni siquiera se esfuerzan en transmitir esa transparencia. Como muestra, el Twitter de Mariano Rajoy es una oda al anquilosamiento, y uno solo puede recordar las reacciones airadas de muchos políticos a según qué reporteros hace cosa de veinte años, justo antes de que algún asesor corriera a advertirles de las antipatías que despertaban entre la población con sus desprecios. Nuestros políticos rara vez han entendido la importancia de estos menesteres.

   Tal vez no me he explicado bien, insinúa ahora Rajoy. Adelanta que, con toda seguridad, deberá viajar a Cataluña para hacerse entender. Lo grave del consabido anquilosamiento es que con él nuestros políticos no revelan más que su incapacidad para transmitir ideas. Estos ni con la mejor campaña mediática del mundo, ni con Pete Souza alrededor se libran.

   La otra noche, precisamente tras la consulta celebrada en Cataluña, veía los informativos de Televisión Española cuando el nuevo ministro de Justicia, Rafael Catalá, apareció inesperadamente en directo. Sin previo aviso y con dificultad para apartar la vista de sus papeles, Catalá se limitó a recordar la postura del Gobierno en su versión más reaccionaria. Sin mediar despedida, en cuanto terminó su discurso salió vacilante del plano, que por otra parte fue el mismo para todas las cadenas y se mantuvo en todo momento cerrado. Fue de principio a fin una intervención enlatada, con un único punto de vista, que me hizo pensar en la entrada en una nueva era mediática, en la cual los medios claudican y los políticos imponen sus formas para evitar ser cuestionados y editados por los profesionales.

   Cabe preguntarse: si Cameron y Obama pueden permitirse el lujo de estas prácticas ¿por qué íbamos a negárselas a los políticos patrios? Tal vez antes de esas prácticas dirigentes como Cameron y Obama han hecho un esfuerzo por mostrarse cercanos y comprensivos. Los ciudadanos tenemos derecho a exigir esos valores, y cuando tristemente los damos por perdidos, al menos debemos pedirles que hagan un intento de trampantojo, que demuestren una preocupación al respecto, algo de vergüenza. Tal vez aquí es pedir demasiado.

   Así y todo, por muchas pantallas que se compren no tienen nada que hacer. Esos políticos que se ocultan, repito, nada que hacer tienen, porque la tecnología anda sola.

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