Wall Street y El Olimpo

   Corría el rumor desde hace años. Más que un rumor, era algo así como una frase hecha, una predicción de baratillo. China acabaría por convertirse en la primera potencia mundial, por delante de Estados Unidos. Hoy algunos confirman la profecía antes que los datos definitivos que lo constaten. El gigante asiático adelanta al tigre de papel, si no hoy, sí dentro de unos meses, aunque por el camino se hayan apaciguado los temores, acallado las suspicacias que esta situación despertaba. Ahora más que nunca lo observamos como un fenómeno natural, cuestión de inercia, resignados como estamos a entender que Occidente no era una potencia tan intocable, no desde la caída de las Torres Gemelas y mucho menos desde el advenimiento de la última crisis. Tal vez desde estos dos acontecimientos lo veníamos entendiendo con meridiana claridad, que aquello iba a terminar por lógica, que no hay manera de mantenerse a flote produciendo menos y especulando más.

   O cazando menos y cocinando más. ¿Acaso es eso posible?

Wall Street cartel Oliver Stone Michael Douglas Charlie Sheen Daryl Hannah

   Viendo Wall Street recuerdo una brillante reflexión de Frank Sobotka en The Wire: “Antes fabricábamos cosas en este país (…) Ahora solo metemos la mano en el bolsillo de quien está al lado”. La deslocalización y la especulación nos han llevado adonde estamos ahora, tratando de servir más platos con menos comida. Europa hace equilibrios para no volver a entrar en recesión, en España intentamos creer que salimos de una crisis con efecto rebote y en Estados Unidos siguen jugando a la ruleta rusa. Oliver Stone no podría haber pasado por esta vida sin hender en la llaga. Y lo hizo tiempo ha, precisamente en la cresta de la ola, en aquel lejano 1987. Hijo de un corredor de bolsa, Stone tenía los conocimientos y el ojo crítico necesarios para rodar Wall Street, una historia rabiosamente actual y genuina. A su lado El Lobo de Wall Street es una parodia, un espectáculo pirotécnico que a su manera también abunda en las fracturas del sistema. Pero este Wall Street, el original, aquel en el que debieron reflejarse los brokers de Inside Job y demás ejercicios documentales, se erige más que nunca como un documento sin fecha de caducidad. El personaje de Charlie Sheen -un actor vicioso y viciado, al borde del precipicio- es un broker hipnotizado por el rutilante encanto de Gordon Gekko, el gran inversor encarnado por un Michael Douglas que rezuma altanería y suficiencia.

   Es Gekko quien enseñará al joven Bud cuál es su cometido en el mundo: Poseer. Porque por encima de la fabricación, incluso por encima de la especulación, está la posesión como forma de vida, al margen de cualquier salpicadura de quienes bajo nuestros pies intentan sobrevivir. Esa forma suprema de éxito es una inversión del Capital, de los lobos de Wall Street, que durante décadas se refugiaron en ese confortable Olimpo, conscientes de su poder. Y el éxito de ese modelo no se explica sin una masa de inversores y empresarios sin escrúpulos, capaces de vender a su madre con tal de alcanzar las alturas. Meten la mano en bolsillo ajeno, reclaman comisiones y se hacen la zancadilla entre sí. En cuanto el inocente Bud Fox descubre de qué va el juego comienza a obrar en sentido contrario. Wall Street es, para que nos entendamos, la típica historia que pivota en torno a un pobre diablo, bien pueril, que en el instante decisivo se descubre rodeado de hienas, o de lobos, mientras que el espectador ya ha captado la situación en el minuto uno.

   El film de Oliver Stone, aquí en su papel habitual de agitador de conciencias, no alienta el estupor que sí despertó con argumentos similares al escribir el guión de Scarface. Wall Street es mucho más comedida y teórica, pero no por ello se deshace de la antipatía que caracteriza a muchas de sus películas. Entre los despachos y apartamentos de este Wall Street la ética despunta en contadas ocasiones. Lo demás es una sucesión de ambición y soberbia que carga el ambiente.

   Como contrapunto, y para dar un poco de aire al protagonista y el espectador, Martin Sheen se pone en la piel de Carl Fox, padre de Bud (padre de Charlie) y líder sindical en una aerolínea. Su personaje sirve además para que la historia carbure, intentando trasladar a su hijo el gusto por las cosas bien hechas, o por las cosas hechas, en definitiva. Porque para cocinar primero es necesario cazar.

   En una breve conversación en el coche, al final de la película, todo parece resolverse, cuando el padre le dice a su hijo que la vida consiste en crear, “en lugar de vivir de la compra y venta de otros”. Entonces recuerdo a Sobotka, al tiempo que me vienen a la mente las imágenes de polígonos industriales moribundos, o la de los nietos y los hijos viviendo en casa de la abuela, a costa de su pensión. La creación y la familia. Ahora que seguimos de bajón es lo que tenemos, si antes no lo hemos vendido.

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