Fargo: Lobos con piel de cordero

Fargo serie, letras bordadas

   A mediados de los noventa Ethan y Joel Coen escribieron, produjeron y dirigieron Fargo, una comedia llena de sangre, maldad y personajes variopintos. En Minnesota, uno de los estados más fríos de Norteamérica, un hombre organiza el secuestro de su mujer para intentar sisar un millón de dólares a su suegro. La cosa no sale muy bien, y la de Fargo es una historia retorcida de personajes variopintos, un juego con los manidos estereotipos del cine y un atentado a toda moral. Para que nos entendamos: Fargo es una comedia de esas de maldita la gracia.

   Casi veinte años después los hermanos Coen se sientan en la silla de productores ejecutivos y sacan adelante lo que vendría a ser una secuela, una historia que parte vagamente de aquellos crímenes de 1987 y que nos traen a nuestros días esa bajeza moral que hace de Fargo, la serie, todo un must en la lista de cualquier adicto a la producción televisiva actual.

   A diferencia de Fargo, la película, estas diez horas de televisión no ofrecen apenas momentos de respiro. La serie es mucho más oscura, más fría si cabe en unos escenarios, los de Minnesota, que durante cuatro meses al año estás cubiertos por una inexpugnable capa de blanco que iguala el paisaje. Aquel Fargo con Frances McDormand en el papel de policía embarazada te arrancaba alguna sonrisa. En el Fargo de 2006, con Allison Tolman interpretando ese mismo rol, la presencia del mal se hace más patente, ya sea por la aparición de un Billy Bob Thornton en el papel de malvado calculador o por su propia ausencia. Lorne Malvo, ese asesino en serie refinado, se desenvuelve como un lobo entre corderos, en una sociedad inocente que contempla patidifusa el derramamiento de sangre que la salpica, sabedora de que el lobo en cuestión está al acecho. Nos estamos acostumbrando a que las series estadounidenses se alejen de las grandes ciudades y en cambio pongan el foco en otros territorios. El Baltimore de The Wire, el Alburquerque de Breaking Bad y la Louisiana de True Detective son solo algunos precedentes. En esta ocasión la historia creada por Noah Hawley nos traslada a ese territorio limítrofe con la gélida Canadá, en el que tener un arma no es opcional y la gente vive con una falsa sensación de paz.

   Y como en la película Fargo, aquí los autores intentan anclar la trama a la realidad, asegurándonos al principio de cada capítulo que los hechos narrados están basados en historias reales. Lo cierto es que los hermanos Coen y Noah Hawley se sirvieron de ciertos crímenes no relacionados entre sí, pero las historias Fargo solo resultan verosímiles si el espectador se presta a ello, si llega a creer que lo que le cuentan podría ocurrir. Porque podría ocurrir. Un mangante de baja estofa podría esconder un millón de dólares bajo la nieve. El chupatintas de enfrente bien podría matar a su mujer a martillazos. La mierda pasa. Fargo juega con lo inverosímil para explicar certezas, como la inexplicable maldad del ser humano.

Martin Freeman as Lester Nygaard in the FX series "Fargo."

   Precisamente esa maldad es el componente más poderoso de la serie, y de hecho aparece encarnada en dos sujetos casi antagónicos que por cuestión de azar llegan a cruzarse. Al personaje de Billy Bob Thornton se suma uno menos previsible. Martin Freeman, conocido por la versión británica de The Office, interpreta a Lester Nygaard, el chupatintas en cuestión, la clase de persona que pide perdón por respirar y que en el momento menos pensado estalla y desata una hecatombe a su alrededor. Ese lobo con piel de cordero es uno más, quizá el más peligroso, de una serie de personajes que deambulan entre la inquina, la inocencia y la cobardía. Fargo es un relato sobre gente que no tiene lo que hay que tener, sobre el daño que podemos causar los humanos con nuestra acción, a conciencia, o con nuestra inoperancia aparentemente inocua. Gente incompleta, entre la que destacan uno o dos personajes que sí saben cuál es su sitio, que sí tienen lo que hay que tener para estar en este mundo de lobos.

   Qué pasaría si el pueblo más apacible comenzara a llenarse de asesinos en serie. Es la pregunta que plantea Fargo, tal vez contestándonos, a medida que vemos sus diez capítulos, que nuestro pueblo siempre estuvo plagado de lobos.

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