El Aliento, por Thomas Bernhard

El Aliento, por Thomas Bernhard   Costaría encontrar a escritores tan centrados en la tristeza y la desesperación como Thomas Bernhard. En él no hay paliativos. Las novelas del autor neerlandés reflejan como pocas esa desesperanza del que se sabe desahuciado, cuando la ilusión ha quedado atrás y solo queda asirse a uno mismo para evitar el hundimiento. Quizás esta enorme carga de pena justifica unos escritos en su mayoría cortos, pues sería bien difícil mantener ese tono depresivo en novelas más largas y con una articulación más compleja.

   El Aliento funciona en esa línea. Una novelita sin un solo punto y aparte, en la que Bernhard recuerda como en un pensamiento sin interrupción -un doloroso ejercicio de memoria que solo le roba a uno media tarde- todos aquellos aconteceres que su enfermedad trajo consigo. El protagonista relata la causa de ese mal interior y cómo su paso por el hospital, particularmente por la habitación en la que alojan a los moribundos, le enseña sin edulcorantes la ventaja de la muerte sobre nuestras vidas, el cómo esta siempre termina por ganar la batalla y lo hace sistemáticamente y con todos, aunque el ser humano trate, a veces en vano, de ocultar esa macabra realidad. Solo entonces, durante su estancia en el hospital, el joven aspirante a músico se percata de que hasta la muerte se vuelve método, se convierte en una rutina que le intenta llevar a uno por delante como una apisonadora, como tratando de agilizar el proceso de abandonar este mundo.

   Y en verdad es así. Con su serie de novelas autobiográficas Bernhard no abunda en esa situación de desesperanza. Le basta con narrarla tal cual se manifiesta, porque con la muerte no caben exageraciones ni ambages. La muerte es, sin duda, una de las experiencias que más nos aproximan a la vida, como el sexo, el nacimiento o el comer y el beber, pero más que cualquiera de estas. La muerte de alguien próximo, o los estertores y dolores últimos de uno mismo, son esa revelación ya fuera de plazo, cuando no hay tiempo para dar marcha atrás. Paradójicamente, es esta experiencia reveladora la que mayor potencia nos ofrece para el cambio y la reflexión, si es que uno reúne las fuerzas suficientes o es premiado con la suerte necesaria para no venirse abajo. Debido a su larga convalecencia, así como a la enfermedad de su abuelo, el protagonista reordena su vida para intentar, en la medida de lo posible, hacer realidad sus sueños, o al menos vivir a su manera y no como los demás esperan de él.

   Cualquiera que sobreviva a una experiencia tan trágica como la expuesta en El Aliento -donde precisamente es ese aliento lo único que a uno le recuerda que sigue vivo- saldrá reforzado de nuevo a la existencia, pues conocerá esa única verdad, a saber, que la muerte es segura, y que todos, desde el momento en que nacemos, vamos muriendo poco a poco. Por fortuna, y porque nadie en su sano juicio se acerca a la muerte con el ánimo de aprender sobre la vida, la mayoría de las personas caminamos por el mundo con la capacidad, tal vez con la inocencia, de mirar para otro lado, tratando de no toparnos con la muerte mientras esta no nos reclame.

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