Office Space, el trabajo basura o una basura de trabajo

   El cine es un campo abonado para abordar las relaciones laborales. Normalmente se trata el tema con enjundia, con una pretenciosa vocación social que no siempre llega a buen término. No obstante, de vez en cuando aparecen películas desenfadadas, como Trabajo Basura (Office Space en la versión original), que se limitan a evidenciar un hecho universal, a saber, que el trabajo apesta (Work sucks) y que mejor reconocerlo cuanto antes para acostumbrarnos sin escozor.

Office Space, Trabajo Basura, cartel de la película de Mike Judge   No podíamos esperar otra cosa de Mike Judge, creador de las series animadas ‘Beavis y Butt-head’ y ‘El loco de la colina’. Los personajes de Office Space parecen salidos de un cómic sarcástico, dibujados a trazos gruesos para provocar la risa, como el insoportable jefe de Initech, Bill Lumbergh, o el inclasificable Milton, toda una bomba de relojería.  Office Space es una cinta plagada de gracias tan malditas como desternillantes, y en este caso el sano ejercicio de reírse trae consigo el despertar de lacerantes sentimientos de rabia, hartazgo, odio a la rutina e incluso ira (la escena de la impresora es memorable, como lo es una banda sonora plagada de rap combativo). Porque Office Space arremete, sin moralismos pero de qué manera, contra la tiranía de la oficina, ese espacio de trabajo global que como cualquier ciudadano con ínfulas de erudito nos dirá hasta la saciedad: Nos aliena. El trabajo no dignifica al hombre sino que lo aliena, lo saca de sí mismo y lo desnaturaliza. Igual es todo más sencillo. El trabajo nos abronca, nos pone de mala leche pues nos obliga a prematuros despertares, a mucho morderse la lengua y lidiar con la incompetencia. El trabajo nos genera estrés, nos aparta de nuestros sueños, pero nos permite seguir vivos, o eso meditan muchos oficinistas de medio mundo al pagar las facturas.

   De Office Space no hay lección práctica que extraer. Tan solo juega con el experimento de tratar de escapar de esa realidad. Pero por una vez el plan de huida no se dirige hacia arriba, hacia mayores ganancias, puestos de más responsabilidad para convertirse en un prócer entre el ejército de cuellos blancos. Ser el jefe, cabeza de ratón, única salida con la que nos mantienen entretenidos y expectantes, extraña forma de huir, hacia dentro. Al contrario, el ingeniero informático Peter Gibbons (Ron Livingston) descubre que para no hacer nada no es necesario ganar un millón de dólares, sino sencillamente no hacer nada. Poco tardará en percatarse además de que su nueva actitud es toda una jugada maestra. La estupefacción que despierta a su alrededor le librará de dar explicaciones y le ofrecerá gratas sorpresas. Aunque siga odiando la empresa esta le gratificará con ascensos, como si a toda costa no quisieran dejarle huir hacia fuera, sino solo hacia dentro, hacia arriba.

   La película evidencia a base de humor lo absurdo de las estrategias laborales, el corporativismo imperante que parece succionar mentes. En un tiempo en el que a los parados nos piden que hagamos marca personal y las camareras del Hooters se operan las tetas por costumbre, tal vez deberíamos preguntarnos si antes de nada no deberíamos someterlo todo a un juicio personal, el del sentido común. Porque si las cosas no tienen sentido para el empleado, difícilmente lo tendrán para toda una corporación. El papel de Jennifer Aniston, una camarera sin aspiraciones ni ganas de aguantar estupideces, encarna la incredulidad ante esas dinámicas empresariales. Hacer marca, aportar valor, someterse a cualquier dictamen de los jefes sin preguntar.

   Office Space no nos habla de problemáticas sociales y laborales como sí lo haría Ken Loach, o Laurent Cantet en Recursos Humanos. No nos habla de la ambición ni las huidas hacia arriba como Scarface (acertadamente titulada en España como ‘El precio del poder’). Office Space no es nada de eso. Office Space es una gamberrada, y como tal hace reír a quien la presencia, o puede hacer llorar a quien la sufre.

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