Extraterrestre, el realismo mágico de Nacho Vigalondo

Michelle Jenner y Julián Villagrán en Extraterrestre, de Nacho Vigalondo

   No me gusta la ciencia ficción. Me mantengo fiel a la idea de que para hablar de cualquier idea nos basta con recurrir al mundo que nos rodea, sin necesidad de inventar galaxias lejanas o tierras medias. Nacho Vigalondo, sin embargo, ha conseguido convencerme con esta historia de invasiones alienígenas en la que en verdad lo que menos importan son las invasiones alienígenas. En cambio el director cántabro tira de ese falso leitmotiv para adornar Extraterrestre, una valiente historia sobre la confianza y las relaciones entre las personas. Relato bizarro donde las haya, que estira la realidad hasta volverla irreconocible.

   Y curiosamente la película no podía comenzar con una situación más reconocible en el cine, donde las resacas domingueras tienen lugar en el piso de diseño de algún pibón. El protagonista se despierta un domingo por la tarde, descolocado tras una apoteósica juerga con ligue incluido, en la casa de su última conquista.   A partir de entonces se suceden una serie de circunstancias que le impiden salir de la vivienda, empezando por la inesperada visita extraterrestre. Los personajes son unos panolis en toda regla, algo bien lógico, estando interpretados por Julián Villagrán, Carlos Areces y Raúl Cimas. Precisamente en la tirante relación entre estos dos últimos despunta el surrealismo de andar por casa que tan popular les ha hecho junto a Joaquín Reyes y compañía. Entre este triángulo de pavisosos, una Michelle Jenner envuelta en un previsible enredo amoroso que va dejando la cuestión alienígena en un segundo término.

   Porque nos invaden los extraterrestres, nos conquistan imperios, nos arrastran riadas, y en medio, la vida, sin ambages. Te asomas a la ventana un domingo cualquiera, jodido por la cerveza de una noche infame, y descubres el vértice de un amenazante platillo volador, allí en la distancia, mientras en tu fuero interno solo meditas cómo volver a echar un clavo. A esto se le llamaba Realismo Mágico ¿verdad? Como Cien Años de Soledad, de Gabo, pero sin épica.  Y con ‘All my little words’, de The Magnetic Fields, como impagable colofón.

   Ya desde el comienzo de la cinta queda bastante claro, que Extraterrestre es una historia de cuatro o cinco personajes y un par de escenarios, no más. Una suerte de burbuja que nos aísla de lo que ocurre por ahí, fuera de nuestro alcance, precisamente en el fuera de campo, una invasión con mayúsculas, migraciones masivas, ataques indiscriminados quizás.  No lo vemos, pero lo imaginamos, y aun con todo nos centramos en las miserias de estos personajes superados por las circunstancias. Somos unos simples, qué más vamos a pedir.

   Convence, me convence y cautiva, la estrategia de Vigalondo para estirar la realidad hasta juntarla con lo surreal. Para mezclar, en definitiva, realismo y surrealismo, jugar con ambos polos, desviar el centro de atención y construir una historia basada en los malentendidos, las sospechas y las ganas de deshacer un entuerto para el que no estamos a la altura. O tal vez todo sean ganas de superar la resaca, quién sabe.

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