Intolerancia al catalán

   España es un país que cuenta con una rica variedad lingüística. Ya quisieran en muchos otros lugares del mundo disponer de toda esa riqueza cultural (la lengua, pilar básico de la cultura) para explotarla a todos los niveles. Nuestras lenguas pueden ser también patrimonio turístico y económico, señas de identidad bien rentables y enriquecedoras. Además, se da la circunstancia de que entre muchos de nuestros idiomas cabe la posibilidad de un diálogo plurilingüístico, en el que cada uno hable su propia lengua sin necesidad de imponer ésta a los demás. Yo puedo hablar en español a un interlocutor que me conteste en catalán y ambos nos entenderemos, y si alguien me habla en euskera entonces seré yo quien tenga el problema, porque él será capaz de entender dos idiomas y yo apenas uno, el mío. En esa situación me quedará el consuelo de que se me abren un sinfín de posibilidades para entenderle en un futuro, con buena voluntad por parte de sus hablantes y algo de esfuerzo por la mía. Nadie me impedirá aprender un idioma, jamás, y lo que es más importante, mis principios tampoco me lo impedirán.

   Vivo en una ciudad llamada Zaragoza, en el norte de España. Por aquí hablamos el español, una lengua compartida por 500 millones de personas a ambos lados del charco, el tercer idioma en Internet, solo por detrás del inglés y el chino.   Si tomo las carreteras que me llevan al sur, oeste y suroeste me encontraré con una sucesión de poblaciones que hablan mi lengua con diversos acentos. Si en cambio me dirijo unos 180 kilómetros al noroeste daré con una creciente comunidad de hablantes de euskera. Otros cientos de kilómetros más allá, recorriendo la cornisa cantábrica, llegaría al pueblo gallego. Volviendo a partir desde mi casa, 150 kilómetros al norte llegaría al universo del francés, nutrido a su vez por esos lares con una comunidad de lengua occitana. Precisamente conduciendo una mañana hasta el valle de Arán, en Lleida, escucharía el aranés, variante del occitano. Para escuchar a las pocas personas que continúan empleando el aragonés (el dialecto del romance que más se asemeja a esa lengua medieval) me adentraría en los valles del Pirineo de Aragón. Por último, si de lo que se trata es de oír catalán, bastaría conducir hacia el este, en un viaje de unos 120 km por la nacional dos.

   Luego los filipinos presumen de que en algunas de sus islas cada pueblo habla un dialecto diferente, y se enorgullecen, y lo resaltan en sus folletos turísticos. Aquí sin embargo parece que hemos de tomar nuestra variedad lingüística como un estigma, una realidad que lastra nuestro progreso como país. Muchos de mis conciudadanos entienden que, estando en España, es el castellano una lengua que siempre debe predominar frente a las demás. Se sienten incómodos cuando alguien de su propio país les habla en un idioma que no entienden. Tal vez, y esto es pura opinión, se sienten en situación de inferioridad, e ipso facto apelan a la preponderancia del español para desprenderse a toda costa de esa sensación humillante. No han entendido, ni entenderán, que en España se hablan varias lenguas, y que los tiempos de imponer una lengua al resto pasaron ya, afortunadamente. Porque hoy en este país cada uno puede hablar el idioma que quiera, venga de Girona, de Huelva o de la China. Todo consiste en el sentido común y la buena voluntad de las personas para comprendernos entre nosotros. Pero es esto lo que falta, comprensión, y en cambio esos grupos de intransigentes de uno y otro lado se escudan en un interesado análisis de la política y la economía para sentenciar que no, que los parlantes de esas lenguas menores (como las consideran) recurren a estas como mera excusa para sus propósitos, y que por tanto, dada esta estrategia torticera, no vale la pena siquiera preservar dichas lenguas. Todos esos que penan por el castellano, que tienen tras de sí a 500 millones de hablantes y ninguna amenaza de desaparición lingüística, ¿qué harían si su lengua fuese compartida por apenas siete millones de personas y aún tratasen de imponerles otro idioma?

   En España hay mucha gente que no aprende una lengua por principios. Ya es mala suerte, contar con unos principios que no le permitan aprender a uno. Me cuesta imaginar un ejemplo más evidente de intransigencia. Porque al final todo se reduce a eso, no se confundan, un problema de pura y sencilla intransigencia, la madre de todas las intolerancias.

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