UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS (A VECES)

   De esto hace unos años. Asistía a un curso de fotoperiodismo en una prestigiosa escuela de la capital. En aquellas largas clases de los viernes aprendí, y de qué manera, todo lo que se puede hacer con una cámara cualquiera y buenas ideas. Aprendí de un profesor curtido en la cobertura gráfica para prensa y aprendí tanto o más de unos compañeros con un tremendo conocimiento de este arte, el de la fotografía, en su vertiente narrativa. Porque no entiendo la fotografía sin la vocación de contar historias, menos aún sin la de contar historias reales, como he explicado recientemente en este blog de manías y fobias.

   Un viernes cualquiera nuestro profesor vino acompañado de todo un prócer del oficio, un fotógrafo empleado por una agencia internacional y que en lo sucesivo ha entrado en la selecta lista de consagrados por el Word Press Photo. Como viene siendo habitual en estas situaciones, nos pidió a cada uno de los allí presentes una breve introducción a nuestros intereses. Yo le fui sincero. Le expliqué que venía de los medios de comunicación y que para mí la fotografía era un instrumento más para narrar, y que en la medida de lo posible, apostillé, intentaría combinarlo con la escritura.

   Fatal, sentenció él, vaticinando que si todos hiciéramos lo mismo, todos nos iríamos a tomar viento, en lo concerniente a las expectativas laborales.

   Tal vez para él sería muy fácil renunciar a escribir, porque sí, porque en la fotografía ya encuentra todo lo necesario para desarrollar lo que quiere desarrollar: historias, información, lo que sea… que esto de la fotografía no deja de ser algo muy personal, fruto de oscuros impulsos del ser humano por comunicarse.

   Pero para mí no, por la misma razón por la que no me veo renunciando a uno de los hijos que nunca tuve. Hago fotografías porque me gusta escribir y viceversa, y creo que es pertinente encontrar la fórmula para combinar ambas facetas con el ánimo de enriquecer la una con la otra. O sin complicar tanto las cosas: Hemos de reconocer que cada medio, visto por separado, es propicio para unas ideas, unos elementos narrables determinados. Así, la fotografía se antoja un canal más acertado para la transmisión de conceptos, difícilmente abarcables por el idioma, en cambio libres, ingobernables, traslaciones de figuras mentales para los que no existen palabras, y a Dios gracias. El lenguaje hablado, ese milenario código de complejidad gramatical y semántica, nos sirve para transmitir hechos detallados, datos, información sin connotaciones.  A duras penas, pero es así, que el idioma permite una comunicación más objetiva, prosaica y menos poética que la imagen, por eso cuando oigo aquello de “una imagen vale más que mil palabras” pienso:

   Ja. Eso será a veces. Falacias a mí…

  Porque mil palabras -dos páginas en fuente Times New Roman tamaño 12- dan para mucho, para quizás una crónica sobre la ofensiva israelí en Gaza, mucho más profunda que cualquier imagen de los bombardeos. ¿Que ésta valdría para ilustrar mejor la situación sobre el terreno, calar más hondo en el público…?  Tengo mis reservas sobre ello, especialmente en una sociedad saturada de imágenes, y en la que ya apenas cala hondo nada. Damos un excesivo valor a la imagen y al mismo tiempo desperdiciamos las tremendas oportunidades que nos ofrece, como herramienta narrativa entendida en series, series fotográficas que nadie ve y que nadie se esfuerza por comprender. En fotografía se están haciendo muchas cosas interesantes y sin embargo seguimos dominados por la tiranía del impacto, quizás porque entendemos que para lo demás ya está la literatura y el periodismo escrito. Nos empeñamos en enterrar viva la capacidad narrativa de la fotografía, como si fuera a remolque de la palabra y el cine.  La fotografía, señoras y señores, es un medio autónomo con su propio potencial para el relato, como una sesión techno o un menú degustación en El Celler de Can Roca, da igual, al final se trata de contar historias a través de elementos visuales, bombos y cajas, a través de sabores y de olores… El medio es lo de menos, aunque sea lo que marque los tiempos y estrategias del autor.  Lo importante sigue siendo la idea que hay detrás, y para la cual a veces conviene coger la pluma y otras la cámara.  Eso de “una imagen vale más que mil palabras” suena ya viejuno, de tiempos en que parecía que la reproducción fotográfica nunca terminaría de sorprender al ser humano. Ahora que sabemos que no es así, que ya nos hemos acostumbrado a ver de todo en las páginas de los periódicos, no vendría mal repensar esa anquilosada balanza de fuerzas entre los diversos medios narrativos.

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