A BORDO DEL NAUFRAGIO

   En los últimos años he escrito insistentemente sobre mi etapa universitaria, aquel sexenio en la ciudad de las mil atmósferas, media juventud plagada de sus luces y sus sombras, pero sobre todo gobernada por una profunda desazón. Una angustia, una agonía mental alimentada por una vida universitaria a la que nunca supe, nunca pude, nunca quise adaptarme como el común de mis compañeros de pupitre. Mientras los demás parecían gozarla de lo lindo en sus fiestas y participaban sin pudor en los vacuos debates de clase, a mí esas horas perdidas asistiendo a lecciones habitualmente infumables solo me despertaban una tremenda incertidumbre. Qué hago yo aquí, qué me estoy perdiendo por estar aquí pasando las tardes. Y más aún, me preguntaba si algunos de esos díscolos compañeros de pupitre, los que como yo se sentaban al margen de los grupitos de empollones y alborotadores, se hacían alguna vez esa misma pregunta. Qué coño hacemos aquí, si esto no va con nosotros. Si vinimos a la capital para vivir y en cambio parecemos sepultarnos bajo paladas de hartazgo. Continuamente leía en la prensa historias a medias de otros que como yo pasaron por la misma facultad –la más grande del país, por donde transitaron desde contertulios deportivos hasta reinas de España- y habían cortado la baraja, abandonado sus estudios y buscado suerte por su cuenta. Comprendía al dedillo esa drástica decisión, ahogado entre esas cuatro paredes como estaba, en un edificio que no podía ser más gris ni resultar más apático para los que no gozábamos del juego de la cafete’. En cambio pasaba los descansos refugiado en la biblioteca, no solo por su estupendo fondo bibliográfico, que también, sino por la oportunidad de pasar esas medias horas en silencio, solo molestado por el ruido de la fotocopiadora y las incursiones de cuatro cafres.

A bordo del Naufragio es la primera novela del escritor Alberto Olmos, sobre su paso por la facultad de periodismo   Reconforta, y de qué manera, comprobar que había muchos en mi situación, y que algunos de ellos escribían libros, hacían sus historias y les iba razonablemente bien. Uno de esos compañeros amargados era Alberto Olmos, con quien por una cuestión de edad no llegué a coincidir en clase, pero de cuya amargura hacia esa cárcel reconvertida he tenido ocasión de impregnarme a través de su literatura. Antes de ‘Trenes hacia Tokio’, mucho antes de ‘Ejército Enemigo’ y de ‘El talento de los demás’, cuando Olmos apuraba su tiempo en la facultad escribía ‘A bordo del naufragio’ –se me ocurren pocos títulos más inspiradores-, obra precoz que le valió el puesto de finalista en el Premio Herralde de Novela y que no es sino una libre traslación de aquella amargura, de la frustración sexual y la presión de mil atmósferas sobre nuestras cabezas. Ni un solo punto y aparte, y entreverados los recuerdos de una vida triste en un pueblo de la meseta. ‘A bordo del naufragio’ cobra la estructura de la impredecible sinapsis entre ideas, razón para la angustia de quien tiene muchas ocurrencias y no sabe ordenarlas. Esto es toda una desgracia, propia de seres demasiado inteligentes, genios que desconocen serlo. Aquel lugar no era el indicado para dar rienda suelta a muchas ideas, porque no se fomentan, si acaso se vehiculizan, como en definitiva hace el sistema educativo. En esta fábrica de frustrados no es de extrañar que abunden alumnos como Alberto Olmos, o como yo –por soberbio que resulte situarme en su misma categoría-, unos desquiciados de cojones, gobernados con ideas propias y ajenas que amenazan con llevarnos por delante. La facultad no fue lugar para nuestras ocurrencias, y a lo mejor lo que algunos aciertan a hacer con toda esa frustración es canalizarla y darle forma de libro; y entonces sí, que vengan los premios y los oropeles, los elogios y las palmaditas en la espalda de hacedores oficinistas que, oh, magia, sí se encontraban cómodos compadreando en la cafetería.

   Estoy harto de reprocharme a mí mismo que manifiesto una amargura impropia de mi edad, pero leyendo ‘A bordo del naufragio’ no hago más que acordarme de toda esa gente que en mi época universitaria vaticinó, como si todos fuésemos iguales, que echaría de menos esos años dorados. Con la perspectiva del tiempo hoy sentencio, a mi pesar pero con la dignidad de un viejo derrotado, que estaban todos equivocados, que no lo echo de menos, no quiero saber nada de lo que ocurrió entre esas cuatro paredes. Fuera sí, en mis ratos de esparcimiento por Tribunal, cervezas entre unos pocos amigos, los fines de semana leyendo en casa, cocinando para mí mismo con vistas a los rascacielos de Castellana. Amueblando mi propia vida en pisos de treinta metros, soñando cuando el insomnio me daba tregua, así fui feliz. La facultad, la manera en la que lo tienen montado, merece ser sacada del baúl de los recuerdos, y a patadas.

   Olmos es hoy un escritor mucho más afinado que el que se muestra en esta obra primaria, pero de esta debemos poner en valor su terrible sinceridad, así como la capacidad de sacar algo potable de tanta inquina. Otros descargan cartuchos de balas en universidades americanas y este escribe libros. Los hay que escribimos en blogs y nos torturamos a nosotros mismos. En fin, son formas de intentar sobrevivir.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en LIBROS y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s