PADRES FALLIDOS

   En este país estamos harto acostumbrados (a lo peor hartos, a secas) a que de muchos pronunciamientos políticos subyazca un insoportable sentimiento de paternalismo por el que nadie nos ha preguntado. Ocurre con la Corona, en cuya definición viene intrínseco el calificativo de anacrónica, y ocurre también con los integrantes de los llamados partidos de gobierno, aquellos que han tenido responsabilidades ejecutivas y que, por tanto, se presume que conocen y no sobrepasan ciertos límites. Porque irremediablemente les alberga una profunda responsabilidad, la de mantenernos a nos, pobres ovejas descarriadas, en el redil, protegiéndonos de peligrosas utopías.

   La Corona está igualmente para ese menester, el de protegernos de nosotros mismos. Por eso les bastó con preguntarnos hace 40 años sobre la forma de Estado, y determinaron entonces que su jefatura va de padre a hijo, en dirección lineal sin ofrecer dudas sobre su idoneidad en una sociedad que, a su entender, está mejor bajo el yugo de un sistema que la defiende sin preguntar, una suerte de despotismo ilustrado. Al poco de morir Franco apareció en el metro de Madrid una célebre pintada, “No se os puede dejar solos”, firmada por el Caudillo. Hoy muchos parecen mantener la misma idea.

   Una idea que está en el origen del abierto distanciamiento entre la sociedad y sus políticos. Cuando se habla de desafección, de casta, de una clase política como problema para los españoles, en realidad se está observando a unos dirigentes que tratan condescendientemente, cuando no subestiman, la capacidad de esa sociedad por elegir y avanzar como colectivo. Una sociedad capaz de decidir el modelo de Estado, o de emprender motu proprio, como en Euskadi, un complejo proceso de reconciliación tras décadas de violencia en las calles. Así las cosas, es normal que a consecuencia de ese distanciamiento los políticos, los medios, la casta en general, no se entere de lo que pasa y todo le pille con el pie cambiado.

   Y cuando sí se enteran juegan a hacerse los iluminados visionarios, avezados analistas capaces de pronosticar los cambios, aunque incapaces de participar en éstos. La otra noche escuchaba en una tertulia radiofónica lo que venía a ser un sesudo debate sobre cómo se escribe la Historia. Tratando de liquidar la trillada premisa que apunta a que son los vencedores los encargados de tamaña labor, un historiador y algún que otro experto sobre el conflicto vasco intentaban dar las claves de un escenario que se transforma ante nuestros ojos. La conductora del programa se arrogaba ese rol visionario, defensora de un pluralismo que en su espacio en las ondas ni está, ni se le espera. Fue un debate que se desarrolló en unos términos conciliadores impensables hace apenas unos años en lo concerniente a Euskadi, y que sin embargo se quedó en eso, en una fanfarronería periodística, cuando al final del programa entró en antena un tipo de Barakaldo para dar su opinión. El ciudadano contertulio se declaró integrante de una formación abertzale en particular, y criticó cargado de buenos modales esa falta de pluralidad en los medios. Acusaba la falta de políticos abertzales en unos debates compuestos casi en su totalidad por liberales de derechas y socialdemócratas, y señaló directamente al importante papel que los medios jugarían en esa reconciliación, papel que, huelga decir, no están cumpliendo, según este oyente. Nos quedan pocos segundos, tenemos que despedir el programa, contestó como era previsible la presentadora, que hasta entonces parecía bien holgada de tiempo y pluralismo. Fue un cierre apoteósico para evidenciar que hay algo más edificante que dárselas de plural, y es apoyar la pluralidad. Da la impresión de que por mucho que se llenen de buenas palabras y mejores intenciones, todavía es demasiado pronto para algunos.

   Porque tendemos a ir por delante de nuestros políticos y de los medios de comunicación, por falta de comprensión de unos y otros, sobre todo, ante una sociedad que ya no se resigna a pedir cambios y ahora los emprende ella sola. Cuando veo por ahí las inciertas estocadas que intentan asestar al nacionalismo catalán no puedo cuanto menos que preguntarme qué pensaran aquellos catalanes independentistas, al observar cómo desde fuera los hay que intentan reducir esta cuestión a vagas ocurrencias de cuatro políticos, obviando que detrás hay una gran comunidad planteando esos cambios, leyendo sus orígenes y participando en un sentir común que deja a esos políticos solo como las puntas emergentes de un inmenso iceberg. En el desafío soberanista y en el nuevo escenario vasco, en la quiebra del bipartidismo y en las proclamas republicanas, quien pretenda seguir tomando la temperatura en la clase política y no en la calle se va a llevar alguna que otra sorpresa.

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