OIGO LA LLUVIA CAER

   He oído por ahí que mayo es el mes más lluvioso del año. Lo cierto es que esta última semana las lluvias no han dejado de alternarse con las ráfagas de viento, dando lugar a una atmósfera intempestiva en general, tan purificadora como imposible de domesticar, algo así como una meteorología catártica. Hace un tiempo, anteriormente a la llegada de estas borrascas, había terminado por refugiarme en vídeos de YouTube que en bucles de diez horas reproducen el sonido de la lluvia caer. Con buscar palabras como sound y rain daba con una larga lista de grabaciones. Al comienzo de cada una de éstas, un anuncio publicitario que me encargaba de silenciar, y luego, la lluvia, lluvia real, o en lata, generada por un software de edición de audio. Sobre la fotografía de lluvia que ilustra cada una de esas pistas, multitud de anotaciones que igualmente me empeñaba en ocultar, como tratando de olvidar que en este mundo hasta para escuchar la lluvia es necesario sacudirse la publicidad de encima, o al menos, para escuchar lluvia cuando nosotros queramos. Para los que vivimos en ciudad el genuino sonido de lluvia viene acompañado de cláxones y salpicones en la calle, de un vacío espeluznante si la tormenta descarga en plena noche. Y es esta última versión, precisamente la más difícil de encontrar, a la que más se aproximan aquellas otras versiones enlatadas, pretenciosamente relajantes, que aguardan en YouTube al servicio de los desquiciados.

   Oigo la lluvia caer a través de los cascos, en casa, en la oficina, recordándome a mí mismo que soy un torturador de sí mismo y un desquiciado de cojones, rememorando aquella tarde, aún en la capital, en la que harto de insomnio me tumbé en el sofá para escuchar el sonido que me llegaba de la vieja lavadora. Un runrún mecánico, propio de un electrodoméstico fatigado, que desde la habitación de al lado logró que conciliara el sueño. Un zumbido que en situaciones normales habría sido insoportable, pero que dadas mis circunstancias me envolvía en un ruido blanco que cuanto menos lograba que me olvidase de todo. Absorto en mis pensamientos, temía el momento en que tuviera que levantarme del sofá, volver al trabajo, comer, enfrentarme a la cama llena de insomnio.

   No hay nada más grandioso que el sonido de las gotas caer, diminutas pero incontables explosiones que evidencian la existencia de los poderes naturales, inapelables, allí donde habitamos. El sonido de la lluvia no es sino el de finas gotas de agua que chocan contra el asfalto puesto allí a propósito por el hombre, tratando éste de ocultar una tierra que no conviene ver. Las gotas caen sobre aceras, calzadas y tejados y hacen así más ruido que el de la tormenta en mitad del bosque. Nos recuerdan que estamos aquí por gracia de la naturaleza, que mediante climas entre ecuatoriales y subárticos nos consiente levantar ciudades.

Imagen de la cabecera de True Detective, prado y fábricas

  La lluvia enrarece el ambiente, carga el entorno de un sentido atmosférico que da origen a fotografías de lo decisivo. Cuando la tormenta amaina y el cielo se abre tímidamente, como si nos asomáramos al ojo de un huracán, miramos a nuestro alrededor y observamos las calles semivacías, solo habitadas por seres que, desconcertados ante el repentino azote natural, no han podido encontrar un refugio. El aire es húmedo, hace frío, un trueno suena a lo lejos, recordamos nuestras prisas, la creciente gotera sobre el dormitorio y la ropa tendida. Es algo así como una revelación, al menos así lo veo desde una ciudad seca como es la mía, y así lo reconozco después de conocer a Rustin ‘Rust’ Cohle. El detective interpretado por Matthew McConaughey demuestra un sexto sentido para identificar esos momentos fugaces. Procedente de la lejana Alaska, desembarca en el estado de Louisiana, húmedo e ingobernable desde el Katrina, y en el momento más inesperado describe a su compañero Martin Hart esas extrañas y reveladoras visiones. Es una suerte de tensa calma que flota en el ambiente, con el aire cargado de pesadumbre y la agorera predicción de que algo terrorífico está por pasar. Dando a entender que el cielo nos da pistas sobre el futuro, o más aún, que este cielo no es sino un trasunto de lo que acontece en la tierra. ‘True Detective’ es una radiografía del mal sin ambages. Auténticos depredadores campan a sus anchas mientras cuatro infelices se entretienen con sus particulares miserias, todo bajo una cúpula de sucesivas borrascas. En el descubrimiento de ese trasunto reside la idea más frugal que existe, a saber, que la realidad nos reserva tantos cambios como maldiciones.

   Y así de esta forma, la gotera que saluda desde un rincón de mi cuarto va creciendo, inexorablemente, a medida que avanzan las tormentas de mayo. Anunciándome que el techo, literalmente, se me va a caer encima.

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