FABRICAR, DISPONER, ACOTAR

   Escucho en Milenio 3 un sinfín de teorías conspirativas sobre la suerte del vuelo MH370, el Boeing 777 de Malaysia Airlines que el pasado 8 de marzo desapareció sin dejar rastro, mientras cubría el trayecto entre Kuala Lumpur y Pekín, y sobre cuyo paradero no hay pistas concluyentes. Apenas si se puede asegurar que por la carga de combustible que contenía no pudo ir más allá de la capital china por el norte, de Australia por el sur, las Maldivas por el oeste y Nueva Guinea por el este.   En total, una circunferencia de 4.500 kilómetros de radio, la mayor parte cubierta por la inmensidad del océano, adonde de hecho se sospecha ha ido a parar este enorme artefacto. La escasez de información derivó en un inmenso caos mediático, alimentado por un Gobierno malasio que no acertaba a gestionar esta crisis y por unos medios ávidos de noticias fehacientes, y que a falta de estas, se limitaban a divulgar rumores.

   En un programa especial, atemorizando a los insomnes que en la madrugada del siguiente sábado escuchábamos las ondas, los amantes del misterio capitaneados por Íker Jiménez se recreaban en la narración de esas teorías, cada cual más exótica que la anterior, y en última instancia concluían que todas las opciones siguen abiertas. A juzgar por el placer que les reporta esta circunstancia, este campo abonado para su inmensa imaginación, se diría que no se encuentran tanto fascinados por la posibilidad de que un grupo terrorista haya secuestrado el avión para cargar en él una bomba atómica con la que volar por los aires una ciudad occidental. Tampoco les fascina que la aeronave se haya adentrado en una brecha temporal, a lo Triángulo de las Bermudas. No les fascina –huelga decir- que se produzca una tragedia de estas características, como tampoco les da gozo cada una de las hipótesis que hoy se abren. Nada de eso. Lo que a los amantes del misterio les fascina es el inabarcable número de alternativas que podrían explicar la suerte del malogrado Boeing. Porque esas alternativas son infinitas, aunque solo una sea cierta.

   Veo en televisión un documental sobre la obra de Jaume Plensa. Observamos al escultor catalán preparando una exposición en Nueva York, reflexionando sobre su intervención en distintos lugares del mundo, y en suma dando claves sobre la razón de ser de sus esculturas. De entre todo lo interesante que una figura como Plensa puede aportar, un diletante del arte y fotógrafo en ciernes como yo se queda con una postilla secundaria. El escultor comenta a los realizadores del documental algo así como que, una vez visto éste, cualquier espectador se hará una imagen incompleta de él. Porque en una hora no se puede explicar toda una obra artística ni menos aún toda una vida, y por tanto estamos condenados a conocer a las personas, a entender el arte e interpretar el mundo, a través de fragmentos. Y quizás esto, a veces, no sea suficiente, pero es lo que hay.

   Leo ‘Sobre la Fotografía’, archiconocido compendio de artículos a cargo de Susan Sontag. Algo así como una puerta de entrada a la siempre enjundiosa teoría fotográfica, en su día punto y aparte en las explicaciones sobre la identidad en la fotografía, o sobre la profusión de imágenes en la sociedad actual. Un fotógrafo en ciernes y diletante de ensayos como servidor se queda con la compilación de citas al final del libro. Entre las muchas y muy interesantes reflexiones allí reunidas, esta me llama la atención más que ninguna otra:

   ‘A medida que avanzaba en mi proyecto, fue cada vez más obvio que en verdad no importaba dónde optaba por fotografiar. El lugar solo me daba una excusa para producir un trabajo (…) Sólo se puede ver lo que se está dispuesto a ver, lo que la mente refleja en ese momento especial’ – George Tice.

   No deja de ser una idea trillada de la fotografía, que ésta reside en el ojo del fotógrafo, y que lo más importante es el mirar. No el objeto observado sino cómo lo observamos. El objeto, la realidad, son una materia inalterable, tan solo modelada por nuestro particular proceso de aprehensión, el mirar, o donde reside la idea. Los que estamos convencidos de que la fotografía se compone de ideas, como núcleo de todo este arte, adoptamos sin ambages esta postura que nos empuja a defender esa motivación, dejando en un segundo plano, a veces casi ninguneando, los aspectos formales de la fotografía.

   Y si esos aspectos formales son en verdad tan secundarios, es de suponer que para nada será necesario recurrir a otras realidades para llegar a nuestras ideas. Con el mundo que nos rodea tenemos suficiente, puesto que la mayor carga imaginativa reside en nuestra particular óptica. La memoria en sí misma ofrece un sinfín de referencias, de perspectivas desde las que entender este mundo nuestro tan postmoderno y fragmentado.

   Hace unos meses tuve un profesor de fotografía que cometió un doble error. En primer lugar me pidió, junto al resto de la clase, que al final de unas memorias le ofreciera unas conclusiones, un breve comentario sobre qué pensaba del ejercicio realizado, básicamente qué dificultades me había encontrado y qué utilidad encontraba a la toma de esas fotografías, casi siempre dominadas por una técnica muy específica. Este primer error consistía en pedirle, así a bote pronto, un breve comentario a un tío tan reflexivo y torturado por sí mismo como servidor.  No contento con ello cometió un segundo error: pedírmelo por escrito. Porque hablando si apenas acierto a juntar dos frases sin que el otro desmonte mis argumentos, pero ante la hoja en blanco soy más afilado, más profundo, llego más lejos y hago más daño, sin pretenderlo, que conste. Me expreso mejor en un lenguaje, el escrito, que perdura por definición, y sobre el que podemos volcar nuestras ideas una vez bien meditadas.

   Una temeridad por su parte, está claro.

  No pude cuanto menos que escribir lo que pensaba, y para su asombro, quizás por primera vez en mucho tiempo, un alumno le salió al paso con una defensa a ultranza de la acotación.

   Porque en fotografía, tal y como yo la entiendo, podemos fabricar, disponer y acotar. La acotación, ese ejercicio que parte de la realidad sin adulterantes, está cediendo terreno ante la fantasía de hombres lobo, las post-producciones de After Effects y las fotografías de maquetas.  Porque antes de enseñarnos a acotar, nos enseñan a disponer de la realidad, o a lo peor, a fabricar otras realidades como si con la nuestra no tuviéramos suficiente. Como si fueran vías de escape a una vida anodina.  Pero yo pienso que hay algo interesante en todos nosotros, que nuestras vidas son potencialmente novelables, y que incluso podemos permitirnos la licencia de estirar nuestras circunstancias hasta los extremos del realismo mágico.

   ¿Por qué habríamos de recurrir a la fantasía de las fábulas, a guerras en galaxias lejanas y comunidades del anillo? ¿Por qué si esa forma de plantear ideas solo abunda en su banalización? Si observo una torre sobre la que descansa un ojo maléfico no siento nada en absoluto, porque estoy harto acostumbrado a interpretar esas escenas desentendidas de lo real como una fábula pueril. En cambio, me sobrecoge ver, a través del móvil de un amigo, la altura de una torre de 800 metros frente a las costas de Dubái, porque entiendo que esa imagen de baja resolución que ilumina la pantalla representa algo auténtico, una creación del hombre.

   La fotografía que profeso y propongo es pura y llana acotación. Porque antes de perdernos en universos paralelos, cargados de una dudosa imaginación, podemos recrearnos en un universo real que no acabamos de entender.

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