EL MUNDO ES NUESTRO

    Allá por 1985 Martin Scorcesse retrató en su inolvidable After Hours un inhóspito entorno urbano.  En la cerrada noche de Manhattan el chupatintas Paul Hackett trata a toda costa de volver a su casa, cruzándose con personajes de lo más variopinto.  Observamos al pobre Hackett como un panoli sin más elección que la de dejarse llevar por las sombras de la noche, igual que una malograda Laura Branigan sucumbiendo ante esos mismos fantasmas, cediéndoles el control de sí misma.

   After Hours se desarrolla en unas pocas horas, las que distan entre la salida y la entrada al trabajo en una jornada maratoniana.  Aunque Hackett no disfrute en ningún momento de capacidad de elección alguna, en verdad no es sino víctima de una historia colmada de posibilidades, tantas posibilidades como para aturdirle definitivamente.  Cuando uno echa la llave y da media vuelta, Dios sabe lo que ocurrirá allí afuera, precisamente en las horas en las que todos los gatos son pardos, y la gente aprovecha para delinquir, para follar y para llorar.  Para morir y para matar.

   Eran los genuinos e ingenuos ochenta.  Entonces tenía sentido entretenerse con ese relato de oficinistas desubicados, pero hoy no.  No ha lugar, porque hoy todos los oficinistas parecen más perdidos que un pato mareao’, hoy todos estamos perdidos, en un mundo colmado de posibilidades pero sin camino por seguir ni manera de parar, sin ninguna señal de progreso.  Los años dan una perspectiva esclarecedora de épocas pasadas, y hoy podemos contemplar con clarividencia el sentido de aquella década, la de los bombásticos ochenta, sabedores de que fue una eclosión, como la de los noventa y hasta entrados los dos mil, una explosión de progreso y confeti que al fin ha desembocado en parálisis.

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   En 2013 el propio Scorsese dirige ‘El Lobo de Wall Street’ y, sirviéndose de esa privilegiada perspectiva que dan los años, penetra en los entresijos de aquella etapa gloriosa.  Yo nací en 1986, y mis recuerdos andan paralelos al tiempo en el que Jordan Belfort hacía su fortuna.  Esos primeros años noventa no fueron más que una versión comedida del decenio que recién había terminado.  La Guerra de Bosnia, el Genocidio de Ruanda, y en el resto del mundo, una vez había caído el Muro, luz y progreso, nada más.  Bill Clinton abandonaba la Casa Blanca vacío de semen y como el presidente más popular.  Alan Greenspan regalaba dinero.  Internet iba a hacernos ricos a todos.  El futuro es ignoto, casi por definición, pero con una referencia clara de adónde vamos todo parece mucho más fácil.

   Ahora recordamos que durante esos años la vida resultaba mucho más sencilla, aunque por aquel entonces ya identificásemos lo insostenible de tanto bienestar.  En ‘El Lobo de Wall Street’ Leonardo DiCaprio apunta alto al señalar las inveteradas fechorías de la banca.  Goldman Sachs, Lehman Brothers… a la postre instigadores de la crisis financiera que en 2008 se desató en Wall Street, propagándose por medio mundo.  Son los mausoleos de una codicia que está en el ADN del modelo económico y social, y que arroja un balance de secretarias envilecidas y emputecidos corredores de bolsa.

   Scorsese adapta la increíble historia de Belfort para mostrarnos el perfil más plástico de ese gen de la codicia.  ‘El Lobo de Wall Street’ es la versión sensacionalista de ‘Margin Call’ y de ejercicios documentales como Inside Job.  Un órdago de tres horas de duración, con un ritmo cambiante marcado por las drogas, interpretaciones tan caricaturescas como magistrales y una alta dosis de veneno.

   Comoquiera que ese gen continúa activo, hemos de admitir que nosotros somos la herencia de esa recauchutada ambición de los ochenta, la misma que asoma en el Italo Disco y el Retro Chill Wave.  Aunque hoy seamos más sofisticados, en el fondo seguimos siendo unos lobos, obsesionados con las putas de pelo cardado, con el Lamborghini Countach y el Ferrari Testarrossa.  Nos hemos refinado, pero nada ha cambiado.

   Y lejos de advertir al espectador, de llenarle de prudencia ante esa lucha encarnecida, la película sitúa a Belfort en el lado de los triunfadores, los que mejor entienden cómo funciona el mundo y a los que mejor les va al fin y al cabo.  Como si fueran caramelos, Scorsese nos enseña esos excesos que nada tienen de ejemplarizantes.  Por eso ‘El Lobo de Wall Street’ es un dardo envenenado.  Porque el único ejemplo que cunde en esta historia es el de abundar en la cuestión.

   De haber adoptado una aptitud más moralista probablemente el cineasta italoamericano tendría aún más opciones de ganar el Óscar, pero nos estaría mintiendo.  Porque no se puede luchar contra ese lema vital que desde dentro nos susurra: El mundo es nuestro.

   O ese otro que ronda por la cabeza de medio mundo, de los más avariciosos y avispados:

   Vended, malditos, vended.

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