MASTERCHOF JUNIOR

   Las malas formas se imponen también en la televisión.  Se llevan los presentadores antipáticos, cuya interpretación de jefe malote es tan impostada que a duras penas si resulta creíble.  Puede que tenga su lógica, que en la televisión se popularice ese perfil mediático como trasunto de lo que vemos en nuestras escuelas y puestos de trabajo.  Que aquí hay que ser malote, un chungo enfundado en traje para abrirse paso por donde nos convenga, armados con esa burda galantería y altas dosis de perspicacia, una vez ésta ha terminado de desplazar a la genuina inteligencia.  Esta moda, unida al atávico sentimentalismo de la parrilla televisiva, nos conduce a programas como Masterchof Junior.

   El peligro de Masterchof Junior es doble.

   Por un lado ofrece ese juego de jueces impertérritos y ‘débiles aspirantes a algo’ que tanto abunda en los realities.   Con esos chefs que en Masterchef mostraban su lado altivo y ahora nos ofrecen el más benevolente, mientras entre fogones uno de ellos se liga a la presentadora.  Mediante su actitud condescendiente parecen decir a los concursantes más pequeños: haceros mayores, que entonces os dejaré el rasero, estampado en la cara os voy a dejar el rasero.

   Por otro, el conocido concurso gastronómico traslada este formato al universo de los niños.  Porque a los niños les gusta cocinar ¿Por qué no un Masterchof Junior?  ¿Cómo negarles esa oportunidad de convertirse en el mejor chef junior del país?

   A los niños les gusta cocinar, y también les gusta jugar a ser mayores.  Por eso entran en el mismo plató que meses antes sirvió de escenario para Masterchef, y por eso echando virutas compran en el súper de El Corte Inglés (espacio patrocinado) y compiten entre ellos por ir pasando de programas.  Todo esto, eso sí, granado de chascarrillos y aderezado con un acompañamiento musical propio de un corto de Disney.  Los planos de niños y chefs poniendo caras raras mientras alguien degusta un plato es una constante que nos recuerda que esto no es Masterchef, sino Masterchof Junior, donde la gracia reside en ver a niños hacer el papel de mayores.

   Yo soy un tío bastante carca, y para ciertas cosas demuestro una cerrazón mental impropia de mi edad.  Pero no, por esta no paso, que trasladen a la televisión el siniestro modelo de competición que estructura el sistema educativo, todo aquí por saciar vanidades.  ¿La vanidad de quién?  ¿Quién fardará más, el niño que vuelva al patio de recreo, la madre esperando a ser atendida en la carnicería?  Metemos a los niños en un mundo que les resulta divertido, pero que no les hace ningún bien.

   Después de años, de décadas enteras escuchando los consejos domésticos de Karlos Arguiñano para sacar a los niños de la cocina y prevenir accidentes domésticos; cuando hasta los luchadores de Pressing Catch nos dicen aquello de: No intentes hacer esto en tu casa; entonces llega la Televisión Pública Española, la de todos, y tira por la borda todos estos consejos para animar a nuestros niños a hacerse con el cuchillo jamonero, a cocinar setas con el fuego bien vivo, a manipular alimentos por su cuenta y riesgo, con celeridad y eficacia.

   Pero en el fondo eso es lo de menos.  Cabe la esperanza de que los padres, al menos los padres responsables, supervisen a sus hijos en esos menesteres culinarios.  Lo realmente peligroso del asunto es la idea de hacer pasar a los niños por ese circuito de competición y popularidad.  Delante de millones de personas, han de superar pruebas de presión.

   Pruebas de Presión, así las llaman.  En teoría un ensayito para aguantar la presión y la amargura que deberán soportar un día sí y otro también en su vida profesional.  Y son niños de unos diez años.  Una de estos, al verse cerca de hacerse con el título de Masterchof Junior, advierte con el ceño fruncido de que va a luchar por un puesto en la final “cueste lo que cueste”.

   Henry Fonda en ‘Once upon a time in the West’, Scar en ‘El Rey León’, Le Papet en ‘Jean de Florette’, el Coronel Kurtz de ‘Apocalypse Now’…  A la velocidad de un rayo, la cara de esa niña me enviaba a esos referentes de malos malísimos del cine y a otros muchos más.  Efectivamente, Masterchof Junior enseña a nuestros pequeños.  Muy didáctico todo.

   A mí me da miedito.  Luego nos llevaremos las manos a la cabeza cuando ciertos estudios nos recuerden que el estrés y los casos de acoso laboral se expanden como una epidemia, cuando el informe PISA nos deja a la altura del betún mientras la competitividad sigue ganando enteros entre los principios de nuestro sistema educativo.  Masterchof Junior es un programa por y para niños, y por tanto es un programa inocente ¿verdad?  Todos esos problemas empiezan por una sociedad que con total naturalidad observa cómo sus pequeños sufren esas pruebas de presión.  Desde el sofá les alientan, con el corazón en un puño ellos también sueñan con que su concursante favorito pase a la siguiente fase, a más presión, a la vanidad, a la nada absoluta.

   Tal vez los niños consuman más como adultos que como niños.  Lo cierto es que tiempo ha el Capitalismo encontró una mina de oro en nuestros menores, y piensan explotarla hasta dejarla seca, cueste lo que cueste.  Mientras tanto, nosotros vemos la televisión despreocupados.

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