EL 15M VISTO A MEDIO PLAZO

   Hace unos pocos años de esto.  Había quedado con un amigo, como muchos otros domingos, para dar una vuelta hasta el centro.  Esas quedadas ahora dejadas atrás eran copias unas de otras.  Nuestros pies parecían llevarnos a los mismos lugares, sin ser nosotros conscientes, como siguiendo el instinto que arrastra a uno a su punto de confort, a unas calles por las que aún hoy me perdería, pero que no por ello me resultaban inhóspitas.  Al contrario,  me sentía muy a gusto dando vueltas por Tribunal, sabedor de que la meta estaba en algún bar conocido, o si el tiempo acompañaba, en el suelo de la plaza de San Ildefonso, adonde igual que nosotros, muchos jóvenes acudirían a beber las cervezas despachadas en los chinos.  Era nuestro punto de confort en una ciudad que no terminaba de gustarnos, siempre ajetreada e intratable.  Tirado en el suelo me sentía como el perro sarnoso que observa las cosas desde otra perspectiva, que gracias a ello se sabe liberado, como si el mundo no fuera con él.

   Aquella tarde de domingo, empero, acabó al final no siendo una tarde de domingo cualquiera.  A medida que el sol caía, tiñendo de naranja las descuidadas fachadas de Tribunal, me sorprendí de ver una desordenada algarabía de personas que subían desde la zona de Sol, enarbolando banderas, mostrando pancartas en el costado, preconizando lemas pintados sobre su piel.  Los aires de protesta invadieron las calles, más que después de cualquier otra manifestación, y no fue difícil hacer un vaticinio, que aquello iba a ser diferente, otra cosa.  El día: 15 de mayo de 2011.

   Porque acostumbramos a olvidar con el tiempo las preguntas que nos hicimos en su día y quedaron sin respuesta.  Porque para analizar los acontecimientos es preferible contar con la perspectiva que solo el tiempo da, y eso explica la impertinencia de querer correr demasiado en nuestros análisis, o de recurrir a estos solo en efemérides.  Ahora que van a pasar tres años de movimiento 15M podemos ir sacando conclusiones sobre qué fue y qué significó.  Y en qué ha quedado todo eso, como se preguntan muchos, pensando que solo mediante medidas, actos y resoluciones concretas se puede dar como exitoso algún movimiento que como tal es disperso, no sujeto a normas.

   Aquí van mis pequeños aportes, así a pelo, fuera de toda efeméride y sentido de actualidad informativa.

   Los días que siguieron al 15 de mayo estuvieron marcados por esa incertidumbre, que adónde nos llevaría esa iniciativa espontánea de tomar las calles.  El 15M, en primera instancia, fue eso: una manera de recuperar simbólicamente la calle, en una ciudad cada vez más marcada por las privatizaciones, en la que hoy, precisamente en el epicentro de esa acción, hemos de aguantar que la bocas de metro hayan pasado de llamarse sencillamente Sol a llamarse Vodafone Sol.  Una capital sobremercantilizada, en la que no queda mucho para que nos cobren por el mismo aire insano que hoy nos hacen respirar.  El 15M fue una maniobra de escape para evidenciar que ese no es el camino, que la calle sigue siendo de quienes caminan en ella, y que no, que la campaña mediática que venía sufriendo cualquier currito harto de tragarse las proclamas populistas a través de Canal Metro y de ver la Gran Vía convertida en un bulevar sin alma estaba llegando a límites insoportables.  Logro número uno.

   Y el logro número dos no fue sino una prolongación del primero.  La falta de sensibilidad de un gobierno le puede llevar a convertir la calle en un mero lugar de tránsito y consumo, entre la casa, el trabajo y el centro comercial.  Si se siente con la libertad de hacerlo es porque, entre otras cosas, tiene a la Policía de su lado, siguiendo sus órdenes como esbirros de un sistema que les paga el sueldo.  Pues bien, la toma de las calles, simbólica, esa suerte de acampada liberalizadora, es un desafío a esas autoridades y sus fuerzas de seguridad.  Un pulsito, una toma de temperaturas para comprobar hasta dónde está dispuesto a llegar cada uno.  Como en aquellas acampadas urbanas se demostró, aunque con resultados bien diferentes sobre todo si analizamos los casos de Madrid y Barcelona, los gobiernos se ponen tensos con esta expresión del descontento.  El movimiento 15M vino a encontrarle las cosquillas a un sistema que no obstante sigue siendo demasiado grande como para caer de golpe.

   En esos improvisados ágoras en los que se convirtieron muchas plazas de nuestras ciudades tuvo lugar además una situación curiosa.  Muchos creyeron entonces que se trataba de un movimiento mayoritario, que reflejaba también el sentir de muchos ausentes.  Aunque multitudinario, el 15M no dejó de ser cosa de una minoría transversal, que no es poco.  A Sol acudieron jóvenes y ancianos, hombres y mujeres de todo tipo de condición social y sueños.  Reunió a un grupo heterogéneo de personas unidas por un único sentimiento, el de la indignación.  ¿Qué más se puede esperar de un movimiento con una naturaleza tan abierta?  ¿Acaso el 15M debía buscar objetivos concretos?  Habría estado muy bien que esto fuera así, tal vez en una sociedad más dada al asociacionismo y menos narcotizada.  Pero hete aquí que en España, en el siglo XXI, nos hemos desacostumbrado a la protesta.  Llevamos demasiados años de falso progreso a nuestras espaldas como para poder aspirar a montar una revolución en dos días.  El mérito del 15M, y a su vez logro número tres, consistió en aumentar la base de movilización ciudadana.  Familiarizarnos con la necesidad de articular la protesta.  Quién sabe: quizás hoy, sin el 15M, fenómenos como el de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca serían menos relevantes.  No cabe duda de que los entonces llamados indignados pusieron de relieve la oportunidad, al mismo tiempo necesidad, de quejarse fuera también de las instituciones, porque estas no dan abasto, no son capaces de vehiculizar las ideas revolucionarias con mayúsculas.

   Fue un gustazo, allá por un 2011 que ya nos suena lejano, participar en las concentraciones y asambleas de Sol; pasar por Zaragoza y descubrir otra acampada desafiante a las puertas del Ayuntamiento; bajar hasta Barcelona el mismo día en que los Mossos habían entrado en Plaça Catalunya como un elefante en una cacharrería, evidenciando su inoperancia y el fin último que justifica la existencia de las fuerzas del orden, a saber, mantener dicho orden aun en contra de la voluntad del pueblo.  Allí pude participar en la contundente reacción de la ciudadanía contra ese atropello.  Fue cuanto menos esperanzador, aun a sabiendas de que el 15M como tal tendría poco recorrido.

   A casi tres años vista no son pocos los que sentencian que el movimiento de los indignados fue un rotundo fracaso, puesto que no consiguió objetivo alguno.  Olvidan que para conseguir un objetivo primero hay que planteárselo.  Analizados los distintos logros del 15M no es imprudente remachar que el mayor logro reside en su propia aparición.  Porque el 15M fue un éxito en sí mismo en cuanto a movilización ciudadana, y como además y de manera inteligente nadie se subió a la cresta ni pasó a capitanear dicha iniciativa popular, hoy el movimiento no es víctima de ningún pagadero, y en cambio ha podido dispersarse y reproducirse en una larga lista de iniciativas como la misma PAH.  Ahora no podríamos calificar a nadie como miembro del 15M, pero todos los que estuvimos allí podemos sentirnos miembros.  Un conato, el comienzo embrionario de algo que sigue vivo a su manera.  Algunos pretenden vendernos que aquello no fue más que una estrella que estalló y desapareció.  Olvidan que todos estamos hechos de polvo de estrellas.

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2 respuestas a EL 15M VISTO A MEDIO PLAZO

  1. Jacobo dijo:

    Completamente de acuerdo en lo dicho por el autor. Aquellas movilizaciones permitieron reactivar a la gente que estaba despertando de la larga siesta. Y, a partir de eso, la gente ya empezó a demandar objetivos concretos, como el caso de la PAH, de forma masiva. Ahora que tanto se habla de reforma constitucional, a pesar de que las gotas que hayan rebosado el vaso sean, por una parte, el caso Urdangarín (modelo de Estado) y por la otra la cuestión catalana (modelo territorial e incluso de Estado), fue con el 15M con el que la mayoría de la gente descubrió que el emperador (el cuerpo político, no nos engañemos es el que tiene la llave de todo y es el que tiene a España anclada en medio de la tormenta) estaba desnudo. Quizá sin eso seguirían hablando de lo bueno de ser campechano. Se abrieron debates muy importantes que hasta ese momento sólo se trataban por las minorías transversales que menciona el autor. Los que dicen que el 15M fue un fracaso seguramente sea porque los fracasados son ellos y, por tanto, son expertos en la materia.

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