A MEDIO CAMINO

No recuerdo dónde está.  Seguramente la perdí en uno de los incontables naufragios que ha sufrido mi memoria digital.  Cuando petó el ordenador de mesa en verano de 2011, puede que incluso antes.  No lo sé, pero hoy no podría dar de nuevo con ‘Arcadia’, de Costa-Gavras, al menos no sin dificultad.  La he visto por trozos hasta hartarme, es casi una obra maestra, una pieza de poesía visual cargada de significado social y mala folla.  Hoy la enjundia social bien se traduce en eso, en mala folla. A Medio Camino Arcadia Le Couperet Jose García Costa Gavras

El protagonista es un tipo, buen profesional y padre de familia, al que despiden a sus cuarenta y pico años.  Con el fin de encontrar un trabajo que se ajuste a su preparación y nivel de vida, se arma de frivolidad y maquina un malévolo plan para eliminar a su competencia en un mercado laboral que no guarda compasión con los más preparados, todo por culpa de una pragmática cuestión de edad.  No hay peros que valgan: el prota’ de ‘Arcadia’ es un cabronazo, un ser abyecto que de repente saca a pasear su cinismo.  Y tú quieres que a ese cabronazo le vaya bien.  Tal vez te sientes identificado con él, persona en periodo de transición, impedido por las obligaciones.  Temes albergar la misma falta de escrúpulos, solo que afortunadamente en tu vida aún no se ha dado la ecuación precisa para que esta salga a relucir.

Pues bien.  En una entrevista de trabajo nuestro prota’ ha de hacer frente a una empleada de recursos humanos, hierática y corporativizada hasta el asco, a quien le plantea su visión del momento de tránsito en el que se encuentra.  Hace mucho que no veo la peli’, pero el prota’ viene a explicar cómo esa transición se divide en dos etapas.  La primera, llena de confianza, marcada por el optimismo de encontrar pronto un buen trabajo.  Una vez pasada a la segunda etapa, en cambio, cunde el desaliento, y uno se empieza a convencer de que, a partir de cierta edad, la vida solo te tiene reservadas las miajas que los jóvenes dejan sobre la mesa.  “¿Y en qué momento se encuentra usted?”, le pregunta la chupatintas de turno, a lo que él contesta:

A medio camino.

A medio camino, ese extraño sentimiento que nos asalta en plena transición.  Demasiado tarde para volver atrás, hijo pródigo.  Demasiado pronto para instalarte con tus bártulos en otro lugar.  Sin colchón a las espaldas, sin chaleco antibalas.  Cargado, eso sí, de una experiencia que uno sabe terminará explotando y poniéndolo todo perdido de pus, de igual forma que antes ha abarrotado las paredes de tu dormitorio con libros, discos, revistas de fotografías y pósters de tías en bolas.

A medio camino.  Cuando te das cuenta de que eres mayor que aquellos que ayer te iban de padres.

Empatizas con el protagonista de ‘Arcadia’ aunque sepas que es un genuino hijo de puta.  Crees que se encuentra en la etapa vital para serlo, y tú mismo quieres ganarte ese privilegio, el de comportarte como un auténtico hijo de puta para salirte con la tuya.  ¿Cuándo si no?  Dentro de unos pocos palos, con la hipoteca a cuestas y un churumbel llamando a tu puerta, ya será demasiado tarde.  Hasta hace bien poco, bajo las órdenes de papá y mamá y haciendo lo que se consideraba preceptivo a tu edad…  entonces era muy arriesgado.  Hoy no, hoy harías una hoguera con los apuntes de Historia del Arte, y te ríes a escondidas de los que convencidos firman una hipoteca, cuando no saben que en verdad están firmando una cadena perpetua.

No me reconozco en mi propia edad, pero hay algo aún más vertiginoso: la certeza de que nunca volveré a reconocerme en ella.  Me identificaba con los veintitrés, si acaso con los veinticuatro, pero no más allá.  Lo empiezas a notar cuando tu generación asalta la fama.  A mi edad Rafa Nadal ha ganado siete veces el Roland Garros.  Con dos años menos Rihanna encadena éxitos en el pop internacional.  Con uno más, Ángel Carromero consigue un puesto de asesor en la Junta de Distrito de Moratalaz.

¿Estaré dentro de un año en la situación de José Luis Carromero?  No fucking way.

¿Y no tendrá esta extraña sensación nada que ver con la de sentirse, precisamente, a medio camino?  O cruzando un puente, o en tierra de nadie, llamadlo como queráis.  En un limbo entre la adolescencia tardía y la madurez del buen ciudadano.

Si nos sentimos así, a medio camino de algo, es porque nos enseñaron a esperar algo.  Estamos amaestrados en la cultura del progreso, en la cual la eficacia es una máxima que nos empuja a actuar sin rodeos, yendo al grano.  Pero en periodos de tránsito como este (¿acaso no lo es? ¿acaso el mundo actual no invita a plantear alternativas?) no hay postura más insensata que la de aferrarse a esos anticuados eslóganes de progreso, en la espera de ese algo intangible, y no entrever que la estabilidad se ha esfumado.  Hoy, esa estabilidad es la revolución.

Y hete aquí que esos aires de cambio nos asaltan a medio camino, a mí y a todos mis coetáneos.  En la edad perfecta para mandar al traste las lecciones inservibles, ahora que recuerdas cómo a las profesoras de primaria se les llenaba la boca de moralina mientras en casa criaban a hijos de la gran puta, lo cual, dicho sea de paso, no las deja a ellas en muy buen lugar.

La autoridad suficiente para maldecir también el instituto, la universidad y el colegio mayor.

La edad en que proclamas convencido tu victoria.  Tu victoria ante las drogas, el fracaso escolar, las golfas de discoteca, sus novios macarruzos.  Ante la estulticia universal.

Como al prota’ de Arcadia, así a nosotros nos llega un momento en que nos sentimos liberados para hacer putadas.  En teoría ese momento debería ser transitorio.  Enseguida tendrían que asaltarnos las preocupaciones del adulto, caérsenos encima el techo de una casa de pueblo a reformar, todo eso.

No f…

El tiempo se me va de las manos.  Hasta ayer temía que esa sensación del medio camino me constriñera por siempre.   Hoy la bendigo, porque sé que solo ella me salvará de esas obligaciones mundanas.

A medio camino, y yo siempre estoy en él.  Intentaré ponerlo a mi favor.  Al fin y al cabo eso es la vida, a saber -y esto no es mío-, aquello que ocurre mientras esperas a que algo ocurra.

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