THE WIRE; ANÁLISIS FÍLMICO DE UNA TRAGEDIA MODERNA

Luego dirán que los trabajos de clase no sirven para nada.  Ya que otras ocupaciones me tienen absorbido el cerebro aprovecho este mandao’ infumable para actualizar el blog, pobrecito él:

The Wire Fifth Seson en negro y con sombra

‘The Wire’ es la crónica de las tribulaciones de una ciudad post-industrial americana.  Eso leemos en la contraportada del DVD de la quinta temporada.  Lo cierto es que el leitmotiv de ‘The Wire’ trasciende los márgenes de esa ciudad, Baltimore, y se hace extensiva a cualquier ciudad, dentro y fuera de Estados Unidos.  Ese leitmotiv hunde sus raíces en los grietas de la estructura socio-económica que define este mundo, al tiempo que revela las debilidades, y ocasionales destellos de brillantez, de las personas que viven subyugadas por esa estructura inabarcable.

El Western es un género encorsetado en apariencia, pero de gran riqueza a nivel de contenido.  En dos o tres lugares comunes trillados, y a través de personajes que responden a clichés, se nos relata la búsqueda de la prosperidad, la lucha por el territorio, la dicotomía entre el bien y el mal.  No en el Lejano Oeste, sino en Baltimore Oeste, los autores de ‘The Wire’ encontraron el emplazamiento y los personajes adecuados para hablarnos de la vida.  Si la trama ocurriera en Nueva York, Washington o Los Ángeles, en definitiva, en cualquier ciudad fácilmente identificada en el mapa, hablaríamos de una historia de Nueva York, Washington o Los Ángeles.  Baltimore, sin embargo, representa aquí cualquier lugar, cualquier barrio en el que otros barrios del mundo pueden reflejarse.

La búsqueda de la prosperidad, la lucha por el territorio…  ‘The Wire’ no atiende a los elementos del Western y en cambio cobra la forma de un drama policial.  Una lectura más a fondo basta para retirarle ese apellido.  ‘The Wire’ es un drama con tintes post-modernos por lo que tiene de fragmentaria.  ‘The Wire’ es una tragedia que huye del maniqueísmo, cargada como está de moralidad e inmoralidad diluidas hasta resultar por momentos intercambiables.

La fórmula narrativa de ‘The Wire’, su profundidad de contenido y la poesía estética que propone en su conjunto dejan esta serie varios peldaños por encima del resto de televisión que se venía haciendo hasta ahora.  Al mismo tiempo, plantea un sinfín de interrogantes que sumen al espectador en un fabuloso ejercicio de reflexión y nos lleva a preguntarnos cómo debe ser la televisión y el cine por llegar.

Niveles de Signifación:

Baltimore y la ciudad post-industrial

Contexto histórico y social:

Contexto Histórico

Cuando David Simon comenzó a idear su nueva serie policiaca, la sociedad norteamericana vivía atenta a las escandalosas caídas de los gigantes Enron y Worldcom.  Las compañías energética y de telecomunicaciones, respectivamente, sufrían una estrepitosa caída tras descubrirse que sus cuentas habían sido manipuladas durante años, bajo el auspicio de las auditoras, con el fin de mantenerse en la senda del crecimiento y conservar la confianza de sus clientes.  Nada más lejos de la realidad, los responsables de Enron y Worldcom llevaron a cabo sendas estrategias de fraude que enseñaron a Estados Unidos, y por extensión al mundo entero, en qué consistía la estafa menor (más tarde, precisamente el mismo año en que terminó la emisión de ‘The Wire’, descubriríamos la estafa mayor, a saber, las hipotecas subprime y la consiguiente crisis), así como lo que hay de abyecto en el juego de las estadísticas.

Así llaman los policías de Baltimore la obsesión de sus superiores por reflejar en números el índice de eficacia del cuerpo, con el objeto de justificar las partidas presupuestarias destinadas al mismo y ganarse el favor de los políticos.  Esas estadísticas, muchas veces maquilladas, no serán suficientes para engañar al ciudadano que sufre la delincuencia a diario, pero sí convencerá a una opinión pública adoctrinada para dejarse llevar por las cifras.  El índice de criminalidad, la tasa de paro, los informes sobre el estado de la educación…  Recurrimos a los números para retratar realidades mucho más complejas, y juzgamos de acuerdo con esos números.  Como resultado, al final del día lo que menos importa es lograr una mejora en los ámbitos del empleo, la delincuencia y la educación.  En cambio, nos conformamos con que las estadísticas luzcan bonitas, conscientes como somos de que la sociedad -comenzando por su clase dirigente- no encuentra el arrojo para desentenderse de esos números y tomar las medidas necesarias para avanzar como colectivo.

Baltimore y la ciudad post-industrial

Baltimore es una ciudad cualquiera, pero precisamente es una de las ciudades más peligrosas y degradadas de Estados Unidos.  En las últimas décadas esta urbe de la costa Este, entre Washington y Philadelphia, ha visto cómo su población descendía hasta caer por debajo de los 700.000 habitantes.  El desmantelamiento de la industria trajo consigo el paro, y este, el aumento en los índices de delincuencia.  Ambos factores arrastraron a muchos habitantes a otras ciudades próximas, huyendo del crimen y buscando un futuro mejor.  La caída de la actividad industrial trajo consigo un drástico cambio en el modelo económico, cada vez más orientado al neoliberalismo.

¿Sabes cuál es el problema, Brucie?  Solíamos hacer cosas en este país, las construíamos.  Ahora solo metemos la mano en el bolsillo del de al lado.  Ese es el lamento que Frank Sobotka, el líder sindical de los estibadores que aparece en la segunda temporada, le traslada al cabildero al que había contratado para conseguir favores políticos.  Cuando la producción de objetos tangibles no ofrece el rédito suficiente y el Estado no presta bienestar a los ciudadanos, estos pueden llegar a recurrir a la presión, cuando no a estructuras al margen de la ley como las que representan el crimen organizado.  Al fin y al cabo, estas estructuras se limitan a desarrollar un modelo capitalista alternativo, comandado por aquellas personas que no pueden, o no quieren, acceder al modelo tradicional.

Por arrojar algunos datos comparativos, en 2011 se registraron 387 asesinatos en toda España.  Solo en Baltimore, durante el mismo año, esa cifra llegó a 196.  Buena parte de este drama recae sobre ciertos distritos empobrecidos, habitados por población negra sin recursos.  Baltimore es una urbe dividida en dos mundos, y entre ambos se despliega, a lo largo de las medianas de la calzada, una invisible línea roja que sus habitantes saben no deben franquear.  A un lado abunda la desesperanza, en una suerte de ciudad fantasma, plagada de casas y fábricas abandonadas.  La mitad de la población negra adulta de estas áreas está en el paro.  Mientras, al otro lado de esa línea la población progresa al abrigo del desarrollismo económico auspiciado por el sector terciario.

Podríamos concluir que ese desmantelamiento de la industria, unido a la falta de un Estado del bienestar, ha derivado en un desmantelamiento social para muchos norteamericanos.  Las autoridades, huelga decir, no han logrado, en el caso de haberlo intentado, paliar estos males.  “Lo que no ha sido destruido por la droga en nuestras ciudades, ha sido destruido por la droga contra ellas”, afirma un siempre incisivo David Simon, quien a su vez aclara que ‘The Wire’ no versa sobre América, sino sobre “la América que fue dejada atrás”, en referencia a los millones de personas no preparadas para adaptarse a la tecnocracia de la economía.  Todo se reduce a una filosofía de mercado insolidaria, pues dispone que lo rentable es marginar a toda esa población vomitada por el sistema.

‘The Wire’, una obra documental

Para ilustrar ese drama, David Simon y Ed Burns confiaron ciegamente en la capacidad de la realidad para ofrecer relatos que, como suele decirse, no en pocas ocasiones superan a la ficción.  La realidad es la materia prima del guión de esta serie de la Home Box Office (HBO), y como no podía ser de otra manera, aporta un grado de verosimilitud que acaba convenciendo al espectador más escéptico.  Tras una larga carrera como reportero policial en ‘The Baltimore Sun’ -precisamente, el diario en el que acontecen algunas tramas de la quinta y última temporada-, Simon se propuso darle una vuelta a la ficción televisiva norteamericana.  Junto al ex policía y ex profesor de primaria Ed Burns escribió la miniserie ‘The Corner’, algo así como banco de pruebas para ‘The Wire’, que el propio Simon presentó ante la HBO como una “serie antipolicial”[1].  Buena parte del trabajo previo radica en la documentación e investigación de situaciones reales.  Aquí, el papeleo que abarrota escritorios en la redacción del Sun, las secretarías de los tribunales, el Ayuntamiento, las comisarías y los colegios, entre otros, tienen mucho que decir.  “Si escribes algo tan creíble que el que está dentro te sigue, entonces el que está fuera te seguirá también”, aseguró Simon en una entrevista.

Esta búsqueda de lo verosímil habría sido imposible en la industria de Hollywood, en la que por norma predominan las producciones comerciales, impulsadas por el impacto en detrimento del realismo.  Esa industria cinematográfica nos tiene acostumbrados a los golpes de efecto, pues parten de la premisa de que el espectador busca evadirse, y para nada quiere observar situaciones reales que le hagan pensar.  Afortunadamente para los seguidores de ‘The Wire’, Simon y Burns siempre estuvieron fuera de la órbita de Hollywood.  Igualmente, el resto de guionistas, productores y directores se dejaron llevar por otras influencias, como son la novela negra.  Sin ir más lejos, Dennis Lehane, escritor de ‘Shutter Island’ y ‘Mystic River’ -llevadas al cine por Martin Scorsese y Clint Eastwood, respectivamente-, escribe el guión de varios capítulos.  Así no es de extrañar que este serial guarde la forma de una novela con muchos puntos de vista, más que de una serie de televisión.  Simon admite que concibió ‘The Wire’ como una novela filmada[2]El productor, con una larga trayectoria literaria a sus espaldas, mantiene como influencia a las grandes tragedias griegas, algo de lo que a su entender se alejan otros muchos compañeros de profesión.

Producción

Las labores de producción ejecutiva pasan por la mesa de Paul Simon.  El antaño reportero presentó su propuesta de antiserie policial a la HBO.  Esta productora y canal de TV por cable y satélite -propiedad de Time Warner- ha dado salida a otras series como ‘Los Soprano’, ‘Hermanos de Sangre’, ‘Sexo en Nueva York’ y ‘Juego de Tronos’.  Gracias al sistema de emisión por cable la HBO ha conseguido, con series como ‘The Wire’, llegar a un público exigente, aunque bien podría decirse que ha sido este el encargado de llevar a cabo la difícil búsqueda de formatos de calidad en la mejorable oferta televisiva convencional.  ‘The Wire’ ha reforzado la marca HBO, y viceversa, algo esencial para que la gente se tome la molestia de perder el tiempo en ver una temporada de trece horas de duración.  Sobre la reputación de HBO habla mucho su lema, con el cual la compañía pretende definirse frente al resto de programas de la parrilla:

It’s not TV, it’s HBO[3]

La obra apadrinada por Simon y Burns, sin embargo, nunca ha estado sobreprotegida por Home Box Office.  De hecho, fue un editorial del ‘New York Times’ lo que la salvó de la cancelación tras la tercera temporada.  ‘The Wire’ ha ido ganando adeptos lentamente, sin verse beneficiada, y no necesitar, una gran campaña de promoción.  A principios de 2007, cuando comenzaba la grabación de la quinta temporada, Simon vaticinó que la audiencia tardaría años en encontrarles, y que por tanto el éxito tardaría en llegar.

La serie fue estrenada el 2 de junio de 2002 y llegó a su fin el 9 de marzo de 2008.  Pasó mucho tiempo entre el estreno de una temporada y otra.  Por ejemplo, el último capítulo de la tercera fue emitido en diciembre de 2004, y los seguidores tuvieron que esperar hasta septiembre de 2006 para continuar con la trama.  Ello se explica por un proceso de producción muy largo, no tan sujeto a exigencias comerciales.

Estructura

‘The Wire’ consta de cinco temporadas, cada una de ellas centrada en un tema diferente, aunque no de manera exclusiva.  El narcotráfico y la lucha contra el mismo está presente en todos los capítulos, y algunos personajes pertenecen a varios ámbitos, como  ‘Bunny’ Colvin y Roland ‘Prez’ Pryzbylewski.  Ambos van a parar a una escuela pública tras una dilatada carrera en las comisarías de Baltimore, tal y como ocurriría a Ed Burns en la vida real.

A continuación, las temáticas, lemas y número de capítulos para cada temporada:

– Temporada Uno, ‘Listen Carefully’: La guerra por y contra la droga, 13 capítulos.

– Temporada Dos, ‘A new case begins’: El contrabando en el puerto, 12 capítulos.

– Temporada Tres, ‘Rules change, the game remains the same’: La lucha por el

poder en el ayuntamiento, 12 capítulos.

– Temporada Cuatro, ‘No corner left behind’: Las escuelas, 13 episodios.

– Temporada Cinco, ‘Read between the lines’: Los medios de comunicación, 10 episodios.

Estructura por Temporadas

Ritmo

A lo largo de estos 60 episodios apenas si encontramos verdaderos cliffhangers, o ganchos al final del minutado con los que se pretende despertar la atención de cara a la emisión del siguiente capítulo.  Sí cabe destacar que al inicio de las distintas temporadas no se pierde excesivo tiempo en la presentación de los nuevos personajes, que el espectador irá conociendo sobre la marcha.  La acción ya parece haber dado comienzo varias horas atrás, y somos nosotros quienes debemos hacer el esfuerzo de introducirnos en la trama.  De esta forma, los guionistas ganan tiempo y consiguen que en cuestión de unas pocas horas las historias lleguen a su fin o den giros inesperados.  Solo en la última temporada, la más corta y al tiempo la que más personajes contiene, somos testigos de una suerte de aceleración del ritmo, dada por la multitud de acontecimientos que se desencadenan en las distintas esferas.  El capítulo final tiene la duración de un largometraje (hora y media, o media hora más que un capítulo convencional) y es el máximo exponente de este fenómeno.

Solo encontramos un flashback en las 60 horas de ‘The Wire’.  Curiosamente ocurre al final del primer capítulo, cuando D’Angelo Barksdale observa el cuerpo de un hombre asesinado en el barrio e ipso facto recuerda que se trata del testigo que había testificado en su contra en el juicio.  También en la primera temporada, y también con D’ en la acción, vemos una ralentización notable del ritmo, en una visita que su tío, Avon, hace a los projects en los que el joven D’Angelo se encarga de la venta de droga.  El capo se abre paso por el patio mirando de lado a lado, mientras una música diegética, aunque montada en post-producción, escupe bombos y cajas como acompañamiento a la inesperada presencia del capo del narcotráfico.

Así y todo, ‘The Wire’ presenta un ritmo más bien constante, siempre sujeto a la realidad.  En cierto modo recuerda a cintas como ‘Entre les Murs’, de Laurent Cantet.  Si bien esta es una obra mucho más sencilla, coincide con ‘The Wire’ en la manera franca de contarnos los hechos.  Muchas de las secuencias protagonizadas por el arriba mencionado Roland Pryzbylewski en un colegio de Baltimore Oeste tienen su paralelismo en las de François Bégaudeau, escritor de la novela ‘Entre les Murs’, guionista y protagonista de la película homónima.

Habida cuenta de lo ambicioso de esta serie de la HBO, de su espíritu totalizador, no es descabellado buscar símiles entre grandes obras de la literatura universal.

El ritmo de una gran novela

El tempo, aunque acelerado respecto a ellas, recibe en ‘The Wire’ tanto respeto como en las novelas de Gabriel García Márquez.  Con el mismo tempo García Márquez es capaz de narrar en ‘Cien Años de Soledad’ épocas de tedio y masacres de esas que hacen encoger el alma a quienes las presencian.  Es lo cotidiano de cada día y los momentos que le parten a uno en dos, es la vida y la muerte.  Asimismo, los responsables de ‘The Wire’ han sabido dotar a la serie de un tempo incorruptible, independientemente de la acción mostrada.  Como diría Gabo, el ritmo es un recurso de primer orden a la hora de mantener al lector -en este caso, espectador- paradójicamente adormilado.  Si en medio de la narración le asaltara una arritmia, el espectador despertaría, perdería el hilo de la historia y difícilmente volvería a adentrarse en ella.  De ahí la importancia de mantener ese tempo estable.

Esta estrategia no riñe con el empleo de ciertos recursos empleados para impactar al espectador.  Cuando estos tienen lugar, son tan inusuales que reciben una gran atención, dando a entender que algo importante está pasando o está por ocurrir en los minutos siguientes.  Uno de los ejemplos más notorios lo encontramos en la parte final del capítulo 2×12.  A través de la combinación entre distancia focal y acercamiento a los sujetos, los operadores de cámara logran mantener el plano en la conversación entre Sobotka y su sobrino Niko, pero cambiando el ángulo.  Es el llamado travelling compensado.  Así se multiplica el dramatismo de la escena.  No menos importante es el uso de una música que parecen escuchar solo algunos de los sujetos, precisamente quienes al concluir la temporada saldrán airosos.  En el ínterin, un pasaje de la poesía visual de las llamadas telefónicas, los faxes y los comunicados, refuerza la idea que descansa en el núcleo del leitmotiv de ‘The Wire’.

Otra secuencia de interés, aunque sin efectismos, ocurre a partir del minuto 26 del capítulo 3×06.  De manera imprevisible se desata un tiroteo en una esquina de Baltimore Oeste.  En todo momento, el espectador observa los hechos como uno más de los sujetos.  Un rayo oblicuo del sol casi ciega la imagen.  El impacto del vehículo solo merece una toma desde un punto de vista, a diferencia de los complejos montajes que son habituales en el cine de acción.  Observamos el acontecimiento, de gran carga dramática, sin ningún tipo de adornos ni edulcoración.

No son raros los movimientos de cámara orientados a mostrarnos las tribulaciones mentales de los personajes.  Encontramos dos casos muy claros sobre la figura de Avon Barksdale.  Precisamente tras el tiroteo arriba mencionado, en el minuto 38 del mismo capítulo, vemos un primer plano de la cabeza de Barksdale mirando su pistola.  Acto seguido viene un plano de la mano con el arma.  Hace entonces unas leves sacudidas, como sintiéndose desacostumbrado a empuñar una pistola.  De igual modo, en el minuto 38 pero del capítulo 1×07, un travelling hacia delante acompañado por un leve cambio de zoom nos acerca a Avon mientras, por primera vez en la historia, sospecha abiertamente que algo está pasando.  Como más adelante descubriría, todos los extraños acontecimientos se deben a la escucha policial.

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En toda la serie conviene destacar el recurrente empleo del montaje interno, consistente en el cambio de escenas a través del movimiento de la cámara.  También pueden verse cambios en los planos enfocados para dirigir la atención del espectador.  El montaje, en todo caso, está al servicio de la narración, y no son pocas las veces en las que dejamos de ver un asesinato, o de escuchar una conversación importante, y solo observamos sus consecuencias.  Entonces es nuestra imaginación la encargada de hacer el trabajo para completar la historia.  No es difícil pensar que ese asesinato velado, o esa conversación, serán más cruento y más trascendental en nuestras mentes, lo que nos lleva a un serial aún más dramático.

Por otra parte, la serie de David Simon nos ofrece una estructura multilineal, con personajes que no siempre se conocen entre sí, y con tramas que parecen tener vida propia.  Lo que se muestra o intuye en un capítulo de la primera temporada termina desencadenando la muerte de uno de los protagonistas al final de la tercera.  En el ínterin, un incontable número de líneas narrativas se han solapado, convergido y distanciado en momentos clave.  Resulta imposible no interesarse por ninguna de esas incontables líneas, que al final del día, y en esencia, están más relacionadas entre sí de lo que parece.  Los paralelismos son frecuentes, entre profesores y policías, policías y narcotraficantes, entre los ‘número dos’ en el consistorio y en el mundo de la droga.  En no pocas ocasiones esas líneas narrativas presentan además puntos en común a nivel de forma y de contenido.

Fotografía

Participación activa del espectador

‘The Wire’ está íntegramente rodada en formato con relación de aspecto 4:3, tradicional en la televisión.  Dicho formato no se presta a la panorámica ni los grandes angulares, y de hecho estos últimos apenas aparecen.  En cambio, predominan los primeros planos y planos medios.  Normalmente se percibe cercanía con los sujetos en la escena.

En cuanto a la iluminación empleada, y en línea con el resto de los aspectos formales y de contenido, se busca un estilo natural.  Son luces filtradas a través de las ventanas en los interiores, que por otra parte siempre son emplazamientos reales.  Hay, además, muchas tomas nocturnas en exterior, donde el tono anaranjado del tungsteno domina el ambiente.  Se trata de una luz de mala calidad, que anula buena parte de la variedad cromática de la escena, pero que en definitiva es la que ilumina nuestras calles por la noche.

Por lo general, en ‘The Wire’ encontramos imágenes difíciles de leer, pues la luz no siempre facilita esta tarea, y siempre hay mucha información contenida en la pantalla.  Detrás de ello hay un gran trabajo de producción que asegura los detalles.  Cuando la campaña para las primarias a alcalde está por comenzar, las calles de Baltimore se inundan de carteles electorales de uno u otro candidato.

Pese a las limitaciones del formato 4:3, los creativos de ‘The Wire’ sacan el máximo partido a mesas, marcos de las puertas y ventanas cuando buscan planos más alargados.  Además, esta técnica sirve para añadir realismo a la toma, pues de alguna manera nos deja dentro del espacio, a media distancia de los personajes.

Personajes:

Jimmy McNulty

McNulty

Interpretado por Dominic West -oriundo de Sheffield (Inglaterra)-, McNulty es un agente de Policía de origen irlandés, alcohólico y pendenciero, con una visión íntegra de lo que debe ser el trabajo policial.  No duda en enfrentarse a sus superiores cuando no está de acuerdo con las decisiones tomadas.  Siempre trata de buscar una vía alternativa para salirse con la suya, bien a través de su sagacidad, bien gracias a contactos como el juez Phelan, con quien guarda una estrecha relación al comienzo de la serie.  Detective infatigable, sigue a los sospechosos adonde quiera que se encuentren, estrecha vínculos con todo aquel trapichero que pueda ofrecerle información y siempre arroja luz sobre casos en apariencia imposibles de resolver.  Su dedicación constante, así como su particular personalidad, le provocan no pocos problemas con las personas a su alrededor.  No eres bueno para la gente a tu alrededor, le había dicho su colega Bunk; unas palabras que él mismo recuerda al final de la serie.

Aunque el papel de Jim McNulty obedece al patrón de antihéroe de serie policial, en ningún momento es presentado como héroe díscolo, o como un modelo a seguir para alcanzar el éxito.  Al contrario, resulta un sujeto imprevisible.  Rezuma demasiada libertad como para ser encasillado en cualquier perfil.  McNulty es, en suma, un policía inteligente que hace la guerra por su cuenta, un hombre capaz de cometer grandes fechorías con tal dar con su objetivo, siempre dentro de unos estrictos límites morales.

Russell ‘Stringer’ Bell

Stringer Bell

Interpretado por el también británico Idris Elba, quien pasó varios años viviendo en Nueva York para empaparse del acento de la comunidad negra norteamericana, no sin dificultad, como más tarde reconocería.  Lo cierto es que en ‘The Wire’ no hay rastro británico en Idris Elba.

En una partida de ajedrez String’ sería la reina.  Siempre al servicio del rey, Avon Barksdale, dándole consejo y protección, pero con el poder suficiente para llegar más lejos, comer fichas dondequiera que estas se encuentren y desplegar estrategias tácticas que dejan al resto del tablero patidifuso.  Mientras Barksdale, un capo cuya condición de rey le viene dada de familia, se deja llevar por los impulsos y se siente a gusto en el papel de gángster, Stringer es más cerebral e intenta, a su manera, poner un poco de orden en la sempiterna guerra de la droga.  Es un hombre cultivado y calculador, a quien el control de cuatro esquinas no le quita el sueño, pues su objetivo se encuentra mucho más allá: el mundo entero.  Él que tanto ha tenido que luchar, cree que ese mundo le pertenece.

Aunque evite a toda costa que sus secuaces dejen cadáveres en las calles de Baltimore, no duda en ordenar acciones de asalto cuando lo considera pertinente.  String’ guarda la apariencia de un hombre de negocios, y como muchos de estos en su misma ciudad, estima que el fin justifica los medios.  La convicción de que se pueden hacer las cosas de otra manera le llevan a impulsar una cooperativa de narcotraficantes que casi todos terminarán celebrando.  Al final, y cuando ya palpaba ese futuro de orden y progreso por el que tanto había luchado, las decisiones tomadas en el pasado se vuelven trágicamente en su contra.

Omar Little
Omar Little

Otro hombre que en el caos de Baltimore hace la guerra por su cuenta.  Michael Kenneth Williams se mete en la piel de este ladrón de narcotraficantes, quien no duda en descerrajar un tiro con su escopeta a cualquiera que se interponga en su camino, siempre y cuando sea alguien dentro del juego.  Con esta palabra –the game, en inglés- se conoce al submundo que gobierna muchos barrios empobrecidos de Norteamérica.  Omar es un jugador discordante en este juego, pero como él mismo se empeñará en recordar, todo hombre ha de tener un código, y en éste figura la norma no escrita de dejar a un lado al ciudadano de a pie, ahorrar el sufrimiento a cualquier víctima y cuidar de los suyos.  El cruento asesinato de su novio, el joven Brando, por parte de los soldados de Barksdale, generará en Omar una sed de venganza que condicionará su destino.  Él es un ejército de un único soldado.  Así y todo, un año tras otro logra zafarse de todos aquellos que sueñan con ajusticiarle, sin duda respaldado por el respeto que él mismo ha sabido ganarse en las calles de la ciudad.

Tommy Carcetti

Tommy CarcettiInterpretado por el irlandés Aidan Gillen.  Al comienzo de la tercera temporada Carcetti es un concejal centrado en la mejora de la seguridad en Baltimore.  Tiene ideas, es ambicioso y buen intencionado.  Así y todo, no pasará mucho tiempo antes de verse engullido por el tráfico de influencias, la escasez presupuestaria y el sempiterno juego de las estadísticas.  Una vez llega a la alcaldía, y tan dominado por esas circunstancias como por la influencia de los ‘número dos’ en la sombra, Carcetti encarna la inoperatividad de un sistema político en el que los gobernantes son poco más que títeres, y como tales poco pueden hacer para cambiar las cosas.

Shakima ‘Kima’ Greggs

Kima GreggsPapel interpretado por Sonja Sohm.  Greggs comienza su andadura en la Policía de Baltimore a las órdenes del teniente Daniels en la Unidad de Narcóticos.  Años después pasaría a Homicidios.  En un departamento y otro destacará por su eficacia e integridad.  Al igual que McNulty, ‘Kima’ es una persona independiente y visceral, obcecada en su empeño.  No ambiciona cargos de mayor relevancia, sino que se conforma con trabajar buenos casos.

Rhonda Pearlman

Rhonda PearlmanDeidree Lovejoy se mete en la piel de esta ayudante del fiscal en asuntos de Narcóticos.  Día tras día se coordina con los detectives, ofreciéndoles toda su sapiencia en materia jurídica y legal.  Rhonda hace de punto de unión entre estos ámbitos y el estrictamente policial, y gracias a ella descubrimos los entresijos de un sistema siempre burocrático y por momentos ineficaz.  El personaje de Pearlman está dotado de una nueva dimensión al tratarse de una persona con grandes aspiraciones.  No se conforma con su cargo, y siempre evita adentrarse en arenas movedizas con tal de congraciarse con jueces, fiscales y abogados.  No obstante, su buen hacer está fuera de toda duda.

Augustus Haynes

'Gus' HaynesEl actor a cargo de este personaje, Clark Johnson, dirigió los capítulos uno, dos y cinco de la primera temporada, así como el capítulo final de toda la serie.  En la quinta temporada se mete en el papel de ‘Gus’, veterano periodista en la redacción del ‘Baltimore Sun’, sujeto a un estricto código moral que solo le servirá para encasillarse en lo profesional, sobre todo a raíz de sus diferencias con un reportero novato que se dedica a fabricar las noticias para conseguir reconocimiento.  ‘Gus’ observa con escepticismo el futuro del periodismo.  Saca a pasear su sarcasmo ante la hipocresía y los ejercicios de bajeza espiritual que percibe en los demás, con quienes no duda en enfrentarse si la dicha es buena, convencido como está de que la algarabía, las discusiones, el sano intercambio de opiniones, nunca deberán desaparecer de una mesa de redacción.

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Estos son solo algunos de los personajes en una obra tan coral como ‘The Wire’.  Hablar de todos ellos haciendo justicia a la profundidad de sus perfiles sería una tarea ardua, pues cada uno de ellos tiene un fondo muy trabajado.

A pesar de la presencia continuada de figuras como el carismático McNulty, ninguno de los personajes recibe el protagonismo necesario como para sobresalir por encima de la idea global de la serie.  Aquí, el protagonista indiscutible es el sistema.  Los demás son solo peones en el tablero del ajedrez, y muy pocos de esos peones consiguen llegar al extremo opuesto para convertirse en reina y ganar así su redención.

Al final, muchos de los roles son reemplazados por otros.  En la despedida del último capítulo de la quinta temporada vemos cómo ‘Bubbles’ rehace su vida.  Una vez ha dejado atrás su drogadicción, sube el largo tramo de escaleras que separa su sótano de la casa de su hermana y va a comer con ella y su sobrina.  El antaño drogadicto y confidente de la Policía se ha ganado el cielo.  En cambio, el desprotegido Duquan, quien había sido adoptado por un paupérrimo chatarrero, comparte jeringuilla con éste, dando comienzo previsiblemente a la vida de otro heroinómano, uno más entre miles, en las calles de Baltimore.

Entretanto, y poco después de que un niño cargado de odio liquidara al ladrón Omar, el joven Michael huye de la pandilla de Marlo y roba a su tesorero.  No cuesta imaginar que Mike -en la vida real, el actor que lo encarna es primo segundo del actor que interpreta a Duquan- pasaría a esa clandestinidad permanente, en la que sobrevive robando con astucia a los trapicheros del barrio, haciendo la guerra de un solo hombre.

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En cuando al casting, llama la atención la presencia de actores británicos en una obra en la que los acentos cobran un significado especial.  En este sentido, ‘Prop’ Joe es uno de los que tiene el acento de Baltimore más marcado.  Es precisamente este actor, Robert Chew -fallecido hace apenas un mes-, quien preparó a muchos de los actores jóvenes de la cuarta temporada, a quienes pedía que buscaran inspiración en ellos mismos.  En ello podría resumirse la clave del trabajo de actores, a saber, en dotar de realismo a los personajes.

Actores como Elba y West se han hecho muy populares en el mundo de la interpretación, pero casi ningún actor de ‘The Wire’ es conocido, lo que ayuda, y de qué manera, al fin de la verosimilitud.  Aquí no hay Adonis, ni Venus de Milo; no hay mujeres florero, tan solo gente un poco más guapa que otra.  Abundan, además, los actores secundarios que se interpretan a sí mismos.

Es el caso de Felicia Pearson.  Más conocida como ‘Snoop’, hija de drogadictos y trapichera desde muy joven, con tan solo 14 años asesinó a otra joven de su barrio, Baltimore Este.  Tras pasar seis años y medio en la cárcel, y por mediación de Michael Kenneth Williams, logró entrar en el equipo de ‘The Wire’.  Entretanto, el célebre cantautor Steve Earle -que interpreta la canción de cabecera en la quinta temporada- se mete en la piel del heroinómano rehabilitado Walon, el cual trata de ayudar al personaje de ‘Bubbles’ a dejar las drogas.  Por todos es sabido el antiguo historial de adicciones de Earle, así como sus empeños por ayudar a otros en su situación.

Banda sonora

La banda sonora de la serie viene marcada sobre todo por esos acentos de los ciudadanos de Baltimore.  En una sociedad tan bipolarizada como la de esta ciudad de Maryland encontramos dos jergas diferenciadas.  La primera, hablada por la población negra, cargada de coloquialismos y contracciones.  La segunda, de los parlantes de raza blanca, herencia de un clásico acento de Baltimore.  Unos y otros no escatiman en palabras malsonantes, que llegan a intercalar entre las sílabas de una palabra.  Al fin y al cabo, hablan la lengua del día a día, y aunque los diálogos sean fruto de un depurado trabajo de guión, ninguna frase suena ripiosa.

Pero estos acentos solo llenan los momentos de conversación.  Al margen de estos encontramos un sinfín de silencios.  A veces, estos silencios ocupan secuencias enteras, paradójicamente llenas de significado.  Son silencios atronadores, que aportan tensión, o sosiego, según el caso, y que obligan al espectador a centrar la atención en la escena.  Los personajes hablan tanto por sus palabras como por sus gestos.  Una transición, un pensamiento atravesando la mente de un personaje, se nos revela a través de su rictus en soledad.  El silencio del departamento de Policía desde el que investigan los agentes, solo interrumpido por la entrada de llamadas a través del sistema de escuchas, es una buena muestra de cómo la ausencia de ruido puede ser magistralmente empleada.

Diálogos y silencios conviven en ‘The Wire’ con equilibrio, sin imponerse los unos a los otros.  ‘The Wire’ es, en suma, un serial en el que se dice y se calla mucho.

Banda Sonora

A lo largo de los sesenta capítulos nos cuesta encontrar música no diegética, esto es, que los propios personajes no estén escuchando durante la acción.  Ocurre al final de cada temporada, cuando cubierta por una canción, se da paso a una sucesión de imágenes que glosan el desenlace.

Por lo demás, la música es diegética, y casi siempre es presentada como una cuestión de raza.  Los negros del guetto conducen sus enormes todoterreno con las ventanillas bajadas, a través de las que se escucha rap gangsta’.  Esta música hace la vez de carta de presentación, así como de reivindicación identitaria.  Además les sirve para evitar posibles escuchas.  Si los negros en cuestión pertenecen a una generación anterior bien pueden escuchar funk, o incluso soul.  Es el caso de Prop’ Joe y otros.  En cuanto a los blancos, sobre todo los policías, se dejan llevar más por el rock.  Varias veces vemos a McNulty escuchando rock ‘n’ roll, un género musical predilecto entre varias generaciones de norteamericanos blancos.  Normalmente, sin embargo, los policías no escuchan música en el coche, cuando están atentos a las escuchas y las direcciones.  Los integrantes de la banda de Marlo hacen alguna que otra referencia al Bmore, una música de club que toma su nombre de Baltimore, ciudad en la que surgió, y que se caracteriza por un tempo acelerado y un carácter gamberro.  La música y la jerga, en uno u otro caso, contienen siempre una referencia más que evidente a la raza de quien la escucha y habla.

‘Way down in the hole…’: Conclusiones sobre una serie con valor documental

El cable como estructura y la estructura como protagonista

Si atendemos a su significado literal hemos de traducir la voz anglosajona wire por la castellana cable.  Para el público español, la serie de HBO fue traducida como ‘Bajo Escucha’, entroncando así con el tema de la serie -la escucha policial- e interpretando el nombre original mediante su desarrollo wiretap, esto es, intervención telefónica, escucha, grabación.  Así y todo, no puedo dar por concluido este análisis sin subrayar la importancia que en ‘The Wire’ cobra esa primera acepción, la del cable.  Este cable, tan largo como indiscreto, atraviesa las entretelas de la superestructura que define nuestra época, y en el entretanto, recurre al sano ejercicio de poner oreja para darnos a conocer las pequeñas miserias de quienes sufren dicha estructura.

Cuesta pensar cómo a partir de un leitmotiv tan simple -un cable-, el equipo de David Simon desarrolla un drama de esta magnitud.  Y sin embargo no podemos desvincular la fuerza de contenido de ‘The Wire’ con esa idea central, con el sutil atractivo estético de un cable que va uniendo las distintas tramas y ámbitos de acción.  Ese cable, instrumento propio de un mundo tecnificado, refleja como ningún otro el pensamiento que apunta a la proximidad existente entre los seres humanos.  Pensamiento que, por otra parte, deriva en la agorera predicción de que nunca lograremos escapar del destino, pues nuestras acciones del pasado generarán sus propias tramas en derredor, llegando en un futuro a interponerse en nuestro camino.

En ‘The Wire’ forma y fondo comulgan a la perfección.  Esa compleja idea encuentra su reflejo en los aspectos formales de la serie.  Los continuos planos subjetivos, la transición y paralelismos entre secuencias, la cantidad de escenas basadas en grabaciones -en un ascensor, en la calle…-, los ocasionales puntos de vista alejados del sujeto, los silencios…  Además, la metáfora de ‘The Wire’ no se limita al cable.  También es el papeleo, las estadísticas, la burocracia…  El mejor ejemplo lo encontramos al comienzo de cada capítulo, en una cabecera compuesta a partir de tomas cuidadosamente seleccionadas del serial.  Este encabezamiento tan aséptico a la par que ilustrativo resume el funcionamiento mecánico detrás de esa estructura, de la cual solo podemos concluir que funciona como protagonista.

El poder en la sombra

Nada de superestructuras diseñadas en una servilleta.  Nada de amos del mundo conspirando desde una sala de conferencias, parapetados tras hombres paja, jefes de Estado sin poder real.  Vivimos en una sociedad obsesionada con teorías de la conspiración hasta la neurosis.  Con ellas tratamos de dar explicación al mecanismo que mueve el mundo, pero la realidad es mucho más sencilla.  ‘The Wire’ así lo plantea: el mundo funciona como si tuviera vida propia, no gobernada por una mano que desde las alturas lo mece para darnos media vuelta y robarnos de los bolsillos.  La sociedad, el conjunto, es la suma de las partes, y como tal presenta unas características que las partes, por sí solas, no contienen.

Solo los más sagaces y los más faltos de escrúpulos son capaces de trascender ese sistema atroz, y será solo de forma provisional; en este mundo todo lo es.  Al margen de aquellos, el resto somos, de nuevo, figuras de ajedrez.  Abundan los peones.  Los alfiles, caballos y torres son menos numerosos.  A los reyes ya los conocemos: son hombres paja.  Y detrás de éstos, no un ser superior, sino precisamente quien está debajo y por detrás, en la sombra, las reinas, sempiternos ‘números dos’ lo suficientemente discretos como para no tener que asomar la cabeza, lo suficientemente inteligentes como para no hacerlo.  En la incesante nómina de casos de corrupción que estos días llenan los telediarios percibimos cómo los escándalos son cosa de una multitud silenciosa, precisamente de esos hombres y mujeres moviendo los hilos desde un escalón por debajo.  Olvídense de los presidentes de Gobierno, olviden a Rajoy, él es solo un títere con aires de bonhomía, quien a pesar de su pretendida autoridad fue incapaz de arrebatar el poder a sus propios ‘números dos’.

‘The Wire’ está salpicado de acólitos, aunque no siempre nos percatemos de ello.  Encontramos un personaje especialmente abyecto en el Departamento de Policía.  Es ‘el ángel de la muerte’, como en la primera temporada se atreven a calificarle, el responsable de Asuntos Internos que cancela y aprueba investigaciones a placer.  Un hombre a quien apenas se le oye hablar, cuya presencia pasa desapercibida a primera vista, pero es bien notoria habida cuenta de lo alargado de su sombra.

Más ‘números dos’:  En el 1:07:52 del 13×04, esto es, los minutos finales de la cuarta temporada, nos sorprendemos de ver a los asesores de los últimos candidatos a alcalde, Carcetti y Royce, hablando tranquilamente en la barra de un bar.  Lamentan las decisiones de sus jefes con cierto sentido paternal.  Hablan de ellos con una superioridad mal disimulada y hacen cábalas sobre a qué candidato apoyarán en las próximas elecciones.  Ellos se sienten los mandamases en la sombra y actúan como tal, si bien no soportan sobre sus hombros el yugo del cargo y la notoriedad pública.

La hora de los documentalistas

Roberto Bolaño decía que para escribir no hace falta imaginación, sino memoria.  De ser más popular, este pensamiento del malogrado escritor chileno podría servir de carta de presentación para cualquier documentalista, todo aquel que tenga el realismo como primera referencia.  La realidad es una fuente de inspiración inagotable.  ¿Por qué recurrir a la imaginación cuando se hace cierta la dicha de que la realidad supera cualquier ficción?  Ni siquiera es necesario forzar las tramas ni idear personajes poco creíbles.  No hay por qué adentrarse en el realismo mágico.  La realidad es mágica por naturaleza.

El poder de lo verosímil, tal y como ocurre con la calidad, no tiene competencia.  No hace falta inventar universos paralelos ni galaxias lejanas para evadirse.  El espectador disfruta poniéndose en la piel de un personaje más en el peligroso Baltimore, y recordemos que de acuerdo con David Simon, si el vecino de Baltimore Oeste se cree la serie, así se la creerá el espectador desde otro rincón del globo.

Ya comenzamos a inmunizarnos ante la incesante cadena de tropelías que ocurren a nuestro alrededor.  La actual crisis no ha hecho sino destapar episodios de corrupción y de bajeza moral.  Si tenemos en cuenta la facilidad con la que hoy en día accedemos a información de cualquier lugar del mundo, esa lista de desagravios se multiplica exponencialmente a diario.  Los creadores de ‘The Wire’ no han visto necesidad de inventarse un mundo paralelo para retratar este.  Se han quedado en el planeta Tierra, concretamente en tres o cuatro barrios de una ciudad (llama la atención que en toda la serie la acción rara vez suceda en otra urbe, y solo en dos ocasiones -al final del capítulo 5×03- fuera de Estados Unidos) y con unos pocos emplazamientos han desarrollado una tragedia de magnitudes apenas vistas en el formato televisivo.

La televisión por cable ha contribuido a ello.  En los tiempos de la televisión generalista un proyecto como ‘The Wire’ no habría salido adelante, pues todo quedaba condicionado por las audiencias en las primeras emisiones.  Sin embargo, hoy en día no son las cadenas las que van buscando a las audiencias a través de un contenido ‘intelectualmente asequible’ para cualquier público, sino que es este público el que busca el contenido acorde a sus gustos, y lo encuentra gracias a plataformas como Internet.  No cabe duda de que las propuestas basadas en guiones y personajes poco convincentes suelen tener más seguidores, y que por tanto los autores rigurosos con la realidad, como los de ‘The Wire’, se han quedado históricamente al margen de las grandes inversiones en la industria del entretenimiento.  Esta situación podría cambiar a partir de ahora, cuando a raíz del rotundo, aunque lento, éxito de este serial ha quedado suficientemente demostrado que este tipo de propuestas gozan de un nicho nada despreciable de espectadores.

‘Way down in the hole…’

En sus primeros visionados ‘The Wire’ impacta por su falta de belleza.  Hay fealdad -moral y física- en muchos personajes.  Las calles y esquinas de Baltimore son feas con avaricia, como así lo son las dependencias policiales, los oscuros bares en los que los personajes ahogan sus penas, muchas de las viviendas en escena…  El valor documental de la serie llega al extremo de mostrarnos la realidad en su aspecto habitual: fea.  El mundo es feo a primera vista, y sin embargo, dentro de él alberga capas cargadas de poesía visual.  Hay belleza en el cable que conecta los distintos espacios de ‘The Wire’.  La serie se apoya en un bello montaje que responde a esa particular estructura.

Igualmente, hay belleza en la desesperanza que marca la existencia de muchos personajes.  Son personas machacadas por la vida, víctimas de la pobreza, el racismo y la indiferencia.  El mayor exponente de esta circunstancia radica en la figura de ‘Bubbles’, el toxicómano que recorre los lugares más deprimidos de Baltimore mientras hace de confidente de la Policía.  A medida que avanza la serie, y hasta su merecida salvación final, ‘Bubbles’ se va desinflando moralmente.  Tiene razones para ello, pues solo es un individuo aplastado por el sistema, en uno de los ejemplos más palmarios de las tensiones generadas entre el sujeto y la superestructura.  En un entorno que cuesta imaginar más hostil, este carismático personaje lo pierde absolutamente todo, incluidos aquellos a quienes tiene más cerca, así como la confianza en sus propias capacidades de salir adelante.  Y sin embargo él sigue avanzando.  Él sí sabe estar a la altura de su tragedia, como algunos personajes destacados en los esperpentos de Valle-Inclán.

De igual forma que la superestructura planteada en sus imágenes, la música que acompaña a la cabecera suena como un canto a la desesperanza.  Es ‘Way Down In The Hole’, canción original de Tom Waits que cada temporada es interpretada por un artista diferente.  En la segunda, el propio Waits se hace cargo, y en la quinta será obra de Steve Earle.  “Has de mantener a tu demonio al fondo del agujero…”, donde el demonio podrían ser los fantasmas del pasado, el arrepentimiento, o bien podría representar ese sistema sin piedad.

La fealdad y desesperanza de Baltimore han trascendido fronteras gracias a la producción de la HBO.  Como no podía ser de otra forma, ‘The Wire’ no solo ha recibido elogios, sino también críticas por parte de ciudadanos de la urbe norteamericana que lamentan el, en su opinión, evidente desprestigio que esta ha sufrido.  El creador de la serie se defiende.  Como Simon afirmó en una entrevista[1], ‘The Wire’ es, a su manera, una carta de amor a Baltimore.  Y a través de una imprevisible parábola, al final del día la fealdad de Baltimore se convierte en la belleza estética y conceptual de ‘The Wire’.  Hasta este extremo esa fealdad constituye un punto a favor del serial de la HBO, porque en ‘The Wire’ lo único malo es que acaba.

Eso es imperdonable.


[1] Entrevista de David Simon para Bill Moyers Journal, programa de la Public Broadcasting System (PBS), 17 de abril de 2009.


[1] Artículo sobre ‘The Wire’ en la revista Rockdelux, noviembre de 2008.

[2] ‘Los Dioses Indiferentes’, Mario Vargas Llosa, diario ‘El País’, 23 de octubre de 2011.  En su artículo el escritor peruano también diría: “The Wire tiene la densidad, la diversidad, la ambición totalizadora y las sorpresas e imponderables que en las buenas novelas parecen reproducir la vida misma (en verdad, no es así, pues la vida que muestran es la que inventan), algo que no he visto nunca en una serie televisiva, a las que suele caracterizar la superficialidad y el esquematismo”.

[3] ‘Las teleseries de la década’, Rockdelux, número especial 25 Aniversario, noviembre de 2009.

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4 respuestas a THE WIRE; ANÁLISIS FÍLMICO DE UNA TRAGEDIA MODERNA

  1. Gorka dijo:

    Fantástico análisis sobre una fantástica serie

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  3. Tamara Tamaral dijo:

    Me ha parecido una de las mejores series de la televisión americanas Las interpretaciones son excelentes Los temas están muy bien entrelazados Únicamente no me gusta y esto lo hago extensivo a varios filmes americanos es la utilización de lenguajes muy groseros que son tan exagerados que provocan crispación

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