QUE LE JODAN AL DIABLO

Es una de esas cámaras de visión nocturna, de las que lo tiñen todo de tonos verdosos.  La imagen no es de gran calidad, pero entre las líneas borrosas que la forman destacan dos círculos claros y bien nítidos, casi tan brillantes como la mirada de un gato en la penumbra.  Esos círculos son mis retinas, y la cámara está situada en uno de los vértices de mi cuarto, aquel en el que sobresale una viga del tejado.  La viga me recuerda dónde estoy: en la última planta de un viejo bloque de viviendas.  Al otro lado de esta pared a mis espaldas, y de esta otra a mi derecha, la gran ciudad se corre la madre de todas las juergas.  Son las tres de la mañana, del uno de enero de dos mil trece, y me siento observado a través de la cámara.  Observado por un dictador.  Por un diablo.

Un fino hilo de luz entra a través de la persiana, lo suficiente para vislumbrar las filas de libros y discos, la ropa sobre las estanterías a la vista.  La mesa está llena de hojas y artículos electrónicos.  Sobre mi pequeño armario ropero descansan cajas apiladas hasta rozar el techo.  Apenas queda espacio libre en el suelo, la mitad de él ocupado por pesas, zapatillas y una bicicleta plegable.  De las paredes cuelgan Robert De Niro en ‘Taxi Driver’, Uma Thurman en ‘Pulp Fiction’, Miss Mayo 2005, un mapa de Aragón, la Tierra vista desde la Luna, carteles del Zaragoza Ciudad, los Crystal Castles y Ladytron, Robots In Disguise, ‘El Grito’ de Munch.  El colchón, de uno noventa, parece empotrado en el rincón que deja libre el escritorio.  Si me muevo un poco hacia la izquierda me estampo contra la pared.  Si me giro en el otro sentido, corro el riesgo de clavarme la punta de la mesa en el ojo.  Mido 1,88 y calzo un 46.  Apenas quepo en mi propia cama, pero se me hace enorme.  De ser ciertos los principios del Feng Shui, en mi dormitorio debe de concentrarse todo el mal rollo de este mundo.

Siento las pulsaciones recorriendo el omoplato, cada vez más fuertes, a punto de estallar mis venas.  Me incorporo e ipso facto me paso una mano por la cara, deteniéndome en las sienes, los dedos pulgar y corazón presionando sobre ellas.  Pretendo así dejar de hiperventilar.  Planto los pies en el suelo y me pregunto quién soy, qué hago aquí y por qué.  Toda la vida me pasa por la mente y no puedo dejar de recrearme en los malos momentos.  Voy a mear, bebo agua de la nevera.  Dentro de un rato volveré a ir a mear.

Yo no temo la oscuridad.  Yo temo la noche.  Porque con ella llegan los malos recuerdos que me gustaría amputar de mi ser.  Roberto Bolaño decía que para escribir no hace falta imaginación, solo memoria.

Mañana se cumplirán diez años desde que corté con mi primera novia.

Y qué noches tan largas para unos días tan cortos.  Está claro que un diablo disfruta viéndome sufrir.  Anoche, mientras trataba en balde de conciliar el sueño, absorto en una de mis habituales crisis de claridad, maldije a ese diablo, os maldije a todos vosotros como estirpe humana que sois.  Que les jodan a las putas y a los machacas de discoteca, a los profesores de la universidad, que os jodan especuladores, ignorantes, pecadores que dormís con la conciencia tranquila.  Tened cuidado conmigo, porque la próxima vez que nos crucemos, podría clavaros un tenedor en el ojo, o a lo peor, un cuchillo en el corazón. 

Que le jodan al diablo.

Y entonces mis párpados empezaron a cerrarse.  Me descubrí solo a las tantas de la madrugada, tan incapaz de administrar mi angustia como de soportarme a mí mismo.  Pensé, a medida que me dormía, cuán infinitas eran las posibilidades que se presentaban ante mí.  Bien podía caer en un sueño profundo, o bien podía bajar a la calle y quemar la ciudad.  Hoy, uno de enero de dos mil trece, las opciones siguen siendo infinitas.  El tiempo pasa con rapidez, la misión es sacarle el máximo partido.

No lo olvidéis…  Feliz año a todos.

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