ANTOINE D’AGATA Y LA BELLEZA DE LA FEALDAD

Aquí está el mandao’: un trabajillo de Antoine D’Agata que me ha tenido ocupado en los últimos días por unas cuestiones ajenas a este blog, y que subo aquí porque comulga a la perfección con la angustia que a veces domina este hipertexto.  Que D’Agata es el poko amo de la fotografía ya lo sabíamos desde hace tiempo, sobre todo desde la admiración que le profesé recientemente en una entrada en la que también caían adulaciones para otro amo más cercano y cabal, Alberto Lizaralde.  Ahora esa confesión se multiplica en estas tres mil y pico palabras con las que grosso modo trato de identificar el curso y discurso del genial fotógrafo francés.  Sin más dilación que el camino es largo, aquí está D’Agata multiplicado:

“It’s not how a photographer looks at the World that is important.  It’s their intimate relationship with it”

Un fotógrafo que rompe todos los moldes, quizás el más díscolo de la Magnum, agencia en la que encuentra tanto a convencidos defensores como a acérrimos detractores de su obra.  Los primeros entienden que en un mundo del fotoperiodismo cambiante se requieren artistas como él; los otros, en cambio, temen que la inclusión de figuras como Antoine D’Agata esté anticipando la muerte del género.  Al margen de opiniones, basta con echar un vistazo superficial a la nómina de miembros de Magnum para percatarse de que el artista galo se sitúa en un extremo de la cuerda, allí donde el fotorreporterismo resulta irreconocible y el desagrado comienza a presentarse en dosis difícilmente tolerables para el gran público.  Una figura fotográfica con una credibilidad incuestionable, el fotógrafo que ha dotado de una nueva dimensión a la fealdad, abriendo una brecha en un escenario artístico global obsesionado con la belleza.

Antoine D’Agata nació en la ciudad francesa de Marsella en 1961.  Hasta los 13 años quiso ser cura, pero pronto empezó a alejarse de los caminos del Señor.  Aún siendo adolescente abandonó los estudios y por unos meses trabajó en un matadero, una experiencia que, no cuesta imaginarlo, bien podría haber marcado su sentido de la corporeidad, habida cuenta del tratamiento que otorga a los volúmenes de la carne humana, a veces poco más que un piltrafa de nervio y vísceras, apenas la constatación física de un ser débil e inocente.

El joven D’Agata terminó enseguida viviendo en la calle.  En este periodo convulso de su vida se dio al alcohol y otras drogas, al tiempo que ocasionaba continuos quebraderos de cabeza a los gendarmes marselleses con sus jaleos de aspirante a yonqui.

Con apenas 22 años abandonó Francia para vagabundear por el mundo, empleándose en trabajos que nada tenían que ver con la fotografía.  No tomó su primera foto hasta que rondaba los 30 años de edad.  Entonces descubrió la magia de hacer perdurar cada segundo, entendió que este arte le serviría para redimirse, hasta el punto de pensar que gracias a la fotografía aún sigue con vida.  “Llegué tarde a la fotografía, como un intento desesperado por permanecer vivo”, dijo en una entrevista.  Asimismo, afirma que cuando comenzó con la fotografía no tenía otra elección.  Sentía la certeza de que era lo único que sabía hacer, que no había alternativa alguna.  Estaba muy cansado, física y emocionalmente, después de su largo divagar por innumerables países.  La fotografía le permitió reestructurar su vida, le ayudó mucho.

Aquel año 1990 se instala en Nueva York y entra en esta disciplina por la puerta grande: a través del prestigioso International Center of Photography, tal vez la mejor escuela de fotografía del mundo.  Ya nada volvería a ser igual para el joven trotamundos.  Dada la gran experiencia sobre la vida que había atesorado Antoine D’Agata durante su vida errante, sus maestros de la ICP consideraban que resultaba interesante mezclar a D’Agata con el resto de alumnos, quienes tenían muchas más experiencias en el ámbito de la fotografía y procedían de un origen bien distinto.  El propio D’Agata admite que fue un alumno un poco loco.  En el centro aprendió a revelar, así como la historia de la fotografía.  Además desarrolló el coraje de salir a la calle a hacer fotos.

Por aquella época Larry Clark y Nan Goldin eran profesores de la ICP.  En ellos el fotógrafo francés encontró dos referentes, sobre todo a la hora de elegir los temas en los que centrarse.  Larry Clark, genio de la controversia, hace pivotar su trabajo en torno a las drogas y la juventud; en suma, en torno a la decadencia de una generación extraviada que recurre a las sustancias para escapar del aburrimiento.  Nan Goldin, a su vez, se mueve por la cara B de las ciudades, retratando a sus protagonistas (mujeres maltratadas, transexuales, personajes proscritos) en entornos más o menos viciados, más o menos reconocibles.  La postura de Clark a la hora de fotografiar siempre se caracterizó por una gran sencillez, en una aproximación a la fotografía de aficionado, mientras que su contemporánea Goldin producía unas imágenes más depuradas sin perder ese halo de espontaneidad.  Es esta última actitud de la que se impregnó D’Agata, quien a su manera también busca una accidentalidad latente en sus imágenes sin que ello conduzca a una escena simple y carente de significado.

El francés y la americana coincidían en los temas que les interesaban, pero su conexión iba más allá de lo puramente formal.  Si algo acabó admirando D’Agata de su consagrada maestra fue su empeño en buscar el bien de su trabajo aun poniendo en riesgo su salud física y mental.  Esa es la mejor recomendación que pudo recibir el joven fotógrafo en su etapa de formación.  D’Agata nunca se dejó influenciar por muchos compañeros de profesión, lo que sin duda le ha servido para desarrollar un estilo que parece llevar su ADN impreso cual marca de agua.

Poco después de su paso por el ICP D’Agata trabajaría en el departamento editorial de Magnum.  A pesar de todos los conocimientos adquiridos en su etapa en Nueva York, al regresar a Francia en 1993 decidió abandonar su afición durante cuatro años.  Sobre sus comienzos admite que fueron difíciles, hasta el punto de no verse capaz de tomar una foto si no se emborrachaba antes.  Esa es la razón por la que siempre le salían movidas, aproximándolas al arte expresionista que siempre ha admirado y que siempre le ha perseguido a él.  Su genuino interés por el Expresionismo está encarnado sobre todo en la figura del alemán George Grosz, quien supo reflejar la monstruosidad de la sociedad en obras donde seres amorfos despuntan sobre fondos oscuros.

De esta forma tan empírica -a través del alcohol y las correrías nocturnas-  Antoine D’Agata descubrió cómo el movimiento arbitrario le ofrecía una novedosa forma expresiva, cargada de fuerza y tensión.  A fin de cuentas, se considera amante del arte que se grita o se vomita, mientras que desprecia el que es conceptualizado y mercantilizado.  Este planteamiento suena paradójico en boca de uno de los artistas que precisamente más reflexión teórica está aportando a la fotografía en los últimos tiempos.

El hallazgo del movimiento, unido a la asunción de que no disponía de la imaginación suficiente para desarrollar otros proyectos, le llevaron a la convicción de que solo podía centrar su trabajo en su propia vida, y que para tal empresa debía adentrarse en un lúgubre camino, dirección a la fealdad y la desazón, que terminaría por determinar su existencia.

D’Agata se reconoce obsesionado con la muerte y el dolor.  A pesar de recurrir a ambas como materia prima, huye de lo espectacular, de la transgresión sin causa.  El alcohol, las drogas y el sexo no le interesan por sí solas; son meros instrumentos para llegar a otro nivel de conciencia y nuevos espacios emocionales.

Miembro candidato de Magnum desde 2004, convirtiéndose en miembro de pleno derecho en 2008, hace unos años canceló todos sus encargos con la agencia, con la que ahora mantiene una sui generis relación profesional.  Apenas la emplea como una base, un punto de solidez desde el que entablar contacto con la sociedad fotográfica.  D’Agata siempre ha sido un artista liberado de los formalismos de la industria del arte.  No ha tenido reparo alguno en abandonar su actividad por años enteros ni tampoco por adentrarse en otra disciplina, el cine, con las películas documentales Le Ventre du Monde (2004), El Cielo del Muerto (2005) y Aka Ana (2006), algo así como una prolongación de su obra fotográfica.

La irrelevancia de la técnica y la producción

Su peculiar actitud hacia su trabajo no ha hecho sino demarcar su estilo y distanciarle de la técnica.  En las últimas dos décadas D’Agata habría tenido tiempo suficiente para desarrollar una técnica perfeccionista, para encontrar una nitidez excepcional en sus imágenes, para completar la transición al digital… pero no.  Todos estos años, plagados de viajes sin billete de vuelta, le han arrastrado en una senda que cada vez se distancia más y más de los tradicionales principios técnicos y estéticos.  Tampoco ha mostrado ningún interés por la tecnología digital.  De hecho, sigue disparando en carrete, con cámaras tan sencillas como la Contax T2 y T3, entre otras.  Para cambiar la luz de su entorno suele recurrir a luces pequeñas que mueve él mismo, lo que otorga un añadido de arbitrariedad y desconcierto a las improntas.  En general, no medita de antemano si va a disparar en blanco y negro o color, como tampoco reflexiona sobre ninguna otra consideración técnica.  Bien es cierto que, en el estado mental en el que suele trabajar, datos como velocidad de obturación y apertura de diafragma se le escapan a cualquiera.  Dispara por instinto y siente predilección por la fotografía más sencilla y directa.

“Me da igual, nunca pienso ni en técnicas ni en estéticas. Mis cámaras son las más simples y pequeñas, y las películas, las más corrientes. Mezclo”, dijo una vez el artista, para quien la composición, la luz y la narración dejaron tiempo ha de figurar en sus problemas fundamentales para pasar al lado de “mentiras superfluas”.

El revelado de sus carretes corre a cargo del Museo Niépce, en la ciudad francesa de Salon sur Chaône (en 2001 acabaría ganando el Premio Niépce, otorgado a jóvenes fotógrafos).  Precisamente allí, en el lugar de nacimiento de la fotografía, es donde se revela y positiva el trabajo de D’Agata, quien envía sus películas por correo desde cualquier punto del mundo en el que se encuentre.  Normalmente tarda meses en ver los revelados, pues reconoce que es una experiencia que le martiriza.  Le resulta muy difícil analizar su propia fotografía; él disfruta más tomándolas en mitad del trance.

Desde 2005 no tiene residencia estable.  Se limita a vivir viajando solo con lo necesario.  Cuando se queda sin dinero organiza una exposición o edita un libro, y con lo recaudado continúa su viaje.  Así ha visitado países tan dispares como Georgia, México, España, Camboya, Italia, Mali, Egipto, Estados Unidos…  A la hora de preparar sus trabajos hace muy poca investigación previa.  Escudriña las ciudades que visita de manera instintiva, sin lógica alguna.  Enseguida entabla contacto e intima con los personajes de sus proyectos, normalmente prostitutas hasta el día de hoy.

En sus últimas apariciones en los medios Antoine D’Agata ha admitido que detecta cierta evolución en su manera de trabajar.  Cada vez aprieta menos el disparador, al tiempo que cada vez pretende ser más sujeto, aparecer en la toma para sentirse más protagonista de su propio trabajo.  Al entender la fotografía como un simple medio, no resulta descabellado pensar que el doloroso viaje mental emprendido por el artista galo le lleve a desembarazarse de este noble arte para instalarse definitivamente en un nuevo espacio emocional, uno de esos que con tanto anhelo busca.

Valores de su fotografía

Antoine D’Agata no disocia su vida de la fotografía, con lo que a medida que dispara siente que experimenta vitalmente.  En su opinión se trata de un acto tremendamente personal, y por esa razón desmonta el leitmotiv del reportaje clásico que aspira a mostrar una realidad en su conjunto, haciendo del reportero un mero espectador.

A pesar de que su discurso teórico es bastante crítico con la manera tradicional de documentar fotográficamente, guarda buena relación con muchos de sus compañeros en Magnum.  A otros muchos no les gusta el particular hacer de D’Agata, y para su rechazo alegan razones morales.  Él piensa que se equivocan, al estimar que el problema no es de carácter moral, sino fotográfico.  Al margen del fotorreporterismo, D’Agata critica que muchos fotógrafos intentan tomar cosas del mundo para tomar una foto interesante.  El autor galo no se ve capaz de comulgar con esta actitud, siendo como es para él la fotografía un simple recurso, un lenguaje sobre cosas que no tienen nada que ver con el arte.

Lo verdaderamente importante es la experiencia en sí.  Esa obsesión por experimentar antes que fotografiar dota a su trabajo de sinceridad.  “La solidaridad tiene que atravesar la carne”, es una de sus premisas.  Así, cada vez con más frecuencia se mete en la escena, interactuando con los protagonistas de sus imágenes, convirtiéndose él mismo, por tanto, en un personaje más.  Con este nuevo rol crece la experiencia, mientras su mirada al mundo se vuelve más intensa.

“La fotografía es el único arte que necesita que uno se comprometa con el mundo real. Un escritor, un pintor, un escultor trabajan con la introspección o la invención para crear un territorio inmenso; mi campo exige mucha más implicación. No me gustan nada las fotos que son meros testigos u observadores externos, creo que el fotógrafo debe meterse dentro del mundo que está creando, tiene que ser un personaje más de su obra”.

En esta última transformación le está resultando difícil no pensar ni mirar como fotógrafo.  “La fotografía me importa cada vez menos”, remacha D’Agata, quien recientemente admitió que sus experiencias de crápula han acabado dos veces en el hospital.  No cabe duda de que estas experiencias extremas entroncan con otra de sus premisas: “El mundo no está hecho de lo que vemos, sino de lo que hacemos”.

Este interés por involucrarse en su propio trabajo le otorga un alto grado de credibilidad y sinceridad, valores muy importantes para D’Agata.  Ante aquellos que fotografía muestra respeto, amor y compasión.  En su obra los sujetos son retratados de manera honesta y respetuosa.  Muchos se preguntan cómo consigue intimar hasta ese punto con los personajes, algo para lo que él no parece guardar ningún secreto, más allá de ese alto concepto de la honestidad.

A todos aquellos que critican sus fotos por violentas les responde que la violencia que transmite su trabajo no es mayor que el de la élite económica y política, esa misma élite que doblega a sus personajes, personas de clase baja, supervivientes que llegan a vender sus cuerpos -si no sus almas- con el objeto de mantenerse con vida, a recurrir a las drogas para aguantar el día a día.  Son auténticos proscritos como él, y en su opinión nos transmiten un mensaje cargado de vitalidad por el ímpetu que ponen en burlar a la muerte a cada suspiro.

La belleza de la fealdad

En la dilatada obra de Antoine D’Agata resulta difícil identificar el origen de cada una de sus fotografías.  Da la impresión de que todas pertenecen a un universo aparte, el inhóspito universo de la noche, que no entiende de fronteras.  Sus habitaciones de Las Palmas de Gran Canaria podrían intercambiarse con las de Camboya, y éstas con las del oeste de Estados Unidos.  Cualquier referencia al lugar despistaría al espectador, mermando el mensaje directo que caracteriza el estilo de D’Agata.  Reducidas esas referencias a la mínima expresión, la atención se centra en las personas, deformadas hasta alcanzar niveles grotescos, como salidos de un cuadro de Francis Bacon.

No menos importante es la relevancia que da al vacío, herencia sin pretenderlo del arte oriental.  Los personajes de sus fotos suelen aparecer rodeados de una oscuridad que les oprime, resultando un elemento indispensable en su juego compositivo y centrando la atención allí donde se encuentra la persona.  Una oscuridad lacerante, cargada de presión atmosférica, terrorífica por la misma razón por la que tememos lo desconocido.

Pese a lo grotesco de estas instantáneas, D’Agata matiza que voluntariamente opta por dejar muchos elementos, en ocasiones los más aberrantes, fuera del encuadre.  Artistas como el propio Larry Clark o el japonés Nobuyoshi Araki hacen esfuerzos por reconcentrar la sordidez en sus composiciones, pero D’Agata se centra en desbastarlas, porque la sordidez no es en su universo un elemento pretendido, sino una realidad inapelable.  El fotógrafo francés no es ducho en la orquestación de tramoyas, no pertenece a la retahíla de autores en la búsqueda insistente de lo grotesco.  A él esas cualidades le vienen dadas porque se sumerge en ellas.  Ha hecho de sí mismo un elemento más y hoy solo se deja llevar por un objetivo, a saber:

Intentar mantener un equilibrio muy frágil entre la vida y la fotografía.

Análisis fotográfico

Antoinde D’Agata (Magnum Photos)

Esta foto pertenece a la serie de D’Agata sobre Camboya.  Este país en la península de Indochina fue escenario de uno de los regímenes de opresión más despiadados de los tiempos modernos, el de los Jemeres Rojos (1975-1979), un trauma colectivo del que los camboyanos todavía intentan sobreponerse.  La camboyana es una sociedad caracterizada por su alto grado de desesperación y su falta de expectativas.  Es en las catacumbas de ese entorno, en lúgubres habitaciones de motel y junto a los personajes más desvalidos, donde D’Agata se refugió durante siete meses para tomar las fotografías que después expondría en medio mundo, probablemente el trabajo del francés que más repercusión ha tenido entre el público y los medios, y que ha llevado a muchos a plantearse cuál será el siguiente paso del autor.

En esta foto en particular -una de las seleccionadas para su exposición de 2010 en la galería madrileña Rita Castellote- confluyen de una forma sencilla todos los elementos que definen el estilo del fotógrafo de la Magnum.

En un nivel morfológico, de haber un punto en la imagen este sería la cabeza, principal centro de atención gracias en buena medida a que en ella se centra la iluminación.  Ese foco que parece iluminar la escena, de origen incierto, consigue una especie de viñeteado extremo, dando la sensación de que el sujeto sale furtivamente de la oscuridad.  En la esquina inferior derecha aparecen los dedos de la mano izquierda, casi imperceptibles.  El color oscuro del cabello también contribuye en la composición general a enmarcar la cara por uno de sus lados.

La composición se sirve de líneas horizontales tanto en la posición de la cama como del propio sujeto, lo cual casa a la perfección con el encuadre apaisado.  Se trata de un primer plano de la mujer, nada convencional al estar en horizontal y mostrar también la parte superior de la espalda.  Para la toma se empleó una distancia focal intermedia, en torno a los 35 y 50 mm, y se disparó cerca del sujeto con un ligero picado.

La atención viene marcada por un punto (la cara) que encuentra su prolongación natural en una forma (el resto del cuerpo en escena).  Esta figura dispone de mucho volumen gracias al sencillo juego de luces y sombras difuminadas, destacando la contrastada sombra que la separa del colchón.  Ninguno de los elementos destaca por mostrar una textura especial.  Asimismo, la fotografía no goza de nitidez alguna.  Es más, D’Agata parece haber huido de ella en su interés por desconcertar al espectador.

Por último conviene destacar la homogeneidad tonal de la escena, en la que apenas si pueden distinguirse tres o cuatro colores.  De ellos, el más relevante es el de la piel.  Tanto el pelo como el colchón en las zonas oscuras presentan tonos azulados.  Esta es la enésima imagen de D’Agata sostenida en buena parte gracias a la oscuridad, la cual forma un angustioso claroscuro que, en este caso en particular, envuelve la imagen por todos sus flancos y nos plantea muchos interrogantes sobre el lugar y las circunstancias en las que se ha dado esta situación.  Ese contraste entre las zonas de luz y de sombra reduce la cantidad de información a la mínima necesaria para entender la imagen

A nivel compositivo, esta fotografía no descansa sobre patrón rítmico alguno.  Nuestra mirada se dirige directamente al rostro y percibe todo su movimiento.  Es esta última circunstancia la que llena de significado la instantánea, a pesar de que la composición radica en líneas horizontales, a priori mucho más estáticas que la vertical y diagonal.  El movimiento conseguido mediante una velocidad de obturación baja aporta una gran tensión, algo a lo que también contribuyen los ojos cerrados y, sobre todo, la deformación que presenta la cara.  La boca abierta deja entrever unos dientes que se prolongan hasta otorgar un aspecto monstruoso a la mujer.

Sin duda, observando esta foto nos encontramos ante el súmmum de la asfixia en la fotografía contemporánea, una imagen que no requiere de iconos ni referentes para ser comprendida, pues pivota sobre unos pocos elementos básicos, cargados de fuerza y contenido, que parecen conectar con nuestros instintos más primarios.

Conclusiones:

Una persona que lo ha abandonado todo en aras de la fotografía ofrece, cuanto menos, un ejemplo de compromiso.  D’Agata es un fotógrafo 24/7.  Desarmado de vanidad e ínfulas de artista, centra todos sus esfuerzos en la actividad fotográfica.  Solo sus tres hijas pueden lograr que se distraiga en su trabajo.

La fealdad constituye una fuente de inspiración cuanto menos más poderosa que la belleza.  Hablamos de un abisal universo artístico en el que aún queda mucho por explorar.  D’Agata pone de manifiesto el potencial de la fealdad y la reivindica como vía para conocer nuestra condición humana.

D’Agata procede de un entorno completamente ajeno a la fotografía.  Tampoco se inició prematuramente en esta disciplina.  De hecho, no fue hasta superada la treintena cuando comenzó a interesarse por ella.  Fue precisamente ese talento natural lo que le permitió destacar; no fueron los años, ni un generoso mecenazgo por parte de un fotógrafo consagrado.  Por este motivo Antoine D’Agata nos demuestra que los galones vienen de la mano del talento, la libertad y el sacrificio, y no tanto de los años dedicados o los apellidos.

El fotógrafo de la Magnum nos brinda además el enésimo ejemplo de cómo el talento queda siempre por delante de la técnica.  Esta no es más que un recurso, imprescindible en la fotografía comercial, pero completamente secundario en la fotografía de autor y ciertos ámbitos del fotorreporterismo.  La técnica se convierte no en pocas ocasiones en el refugio de los malos artistas.  Conviene domesticarla para tenerla de nuestro lado, pero la falta de conocimientos técnicos no condena a ningún fotógrafo si este tiene una buena idea y sabe cómo transmitirla.  D’Agata figura entre esos artistas con un desbordante genio interior, y le basta con sacarlo a relucir a través de su cámara para ofrecer un testimonio artístico y documental de primer orden.

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Una respuesta a ANTOINE D’AGATA Y LA BELLEZA DE LA FEALDAD

  1. Manumori dijo:

    Un análisis muy interesante, gracias

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