UNA BRECHA

Si pretendes aceptarte tal cual eres tu alma ennegrece, si quieres desembarazarte de tu condición piensas en abrirte en canal. 

Quizás no haga falta llegar a tanto.  Tal vez baste con abrir otra brecha, una espacio-temporal, para huir cargado de virtudes y habiendo dejado atrás tus sentimientos indeseables, como agarrados a las vísceras que no quieres ver ni de soslayo.  Una brecha para burlarlos a todos, para hacer borrón y cuenta nueva.  La vida tiene la forma de una incesante letanía de días, pero esa naturaleza parsimoniosa no nos define.  Nuestra existencia se articula a través de eso, de brechas que nos reformulan de igual forma en que todas nuestras células, a excepción de las neuronas, se han regenerado al cabo de siete años, completando ciclos de seres tan iguales como diferentes entre sí.  ¿O acaso eres la misma persona de 2005?  ¿Acaso has vuelto a ser el mismo desde que te partieron el alma en dos?

Se me va la vida en identificar esos instantes decisivos.  Desde hace tres años, además intento congelarlos.  Y no es fácil.  Hay fotógrafos que lo hacen bastante mejor que yo; fotógrafos como Alberto Lizaralde, autor de la serie ‘Frágiles’, sobre “aquellos momentos cotidianos en los que todo se desmorona. Pequeños instantes en los que nuestra vida cambia, gira y se rompe”. 

Alberto Lizaralde

La sangre se nos hiela, nuestro vello se eriza ante la expectativa de algo que está a punto de ocurrir, rara vez un gran acontecimiento, normalmente un grito inesperado o un silencio revelador.  Una fracción de segundo en el que nos reconocemos a nosotros mismos e identificamos esa cíclica mutación.  Ese momento, casi a la altura de un trance ascético, no atiende a la estética, no es “el momento decisivo”, que decía Cartier-Bresson, “el reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo, del significado de un hecho, por un lado, y, por otro, de una organización rigurosa de formas percibidas visualmente que expresan este hecho”.  Ese momento al que hago alusión es cien por cien alma y como tal está contenido en las fotografías de Lizaralde, un fotógrafo que hace serios esfuerzos por quitarme el sueño.

Me muevo por el impacto.  Así como necesito reunir una fuerza sobrehumana para emprender cualquier cosa, así mismo estas cosas han de ser de una importancia suprema para que merezcan mi atención.  Por eso la crónica de sucesos expañola me aburre mientras los enfrentamientos en la ciudad libanesa de Trípoli me acongojan.  Y el impacto (aquí me acerco a las tesis de Cartier-Bresson) puede verse enriquecido con una estética.  El otro día volví a ver ‘El Expreso de Medianoche’, película indispensable para cualquier cinéfilo.  La cinta de Alan Parker es un angustioso viaje que se va complicando a medida que pasan los minutos.  Podría decirse que no ofrece ni un segundo de alivio al espectador, pero sí.  Contiene una secuencia, irrelevante en la trama pero enormemente enriquecedora en lo visual y espiritual, en la que uno se alegra de corazón por el desdichado Billy Hayes.  Se trata del momento en el que intima, o surge un conato de acercamiento, con uno de sus compañeros de cautiverio.  “Mi prisión, mi monasterio, mi claustro, mi cueva”.

Mi prisión…

El juego de luces es extraordinario, la música acompaña la escena a la perfección.  Toda una brecha en mitad del cautiverio, como ‘Affection’, el último tema de Crystal Castles.

A diferencia de Billy, los hay que sí logran convertir esa brecha en una vía de escape, aunque a veces esta les lleve a un territorio aciago en los límites de la conciencia.  Pienso en Antoine D’Agata, quien hace años recurrió a la fotografía para emprender un peligroso viaje que, como él mismo teme, amenaza con llevárselo por delante.  D’Agata es un reportero al que dicho calificativo se le queda pequeño.  Es reportero porque reporta sobre la realidad a su alrededor, si bien esta realidad descansa en los extremos de la condición humana.  Descansa en una noche eterna en la que las personas pueden follar y matar con la misma facilidad.  Lo peor y lo mejor del ser humano, por si hay quien todavía cree en la dicotomía entre el bien y el mal.

Antoine D’Agata (Magnum Photos)

El fotógrafo francés, miembro díscolo de la agencia Magnum, recurre a planos desconcertantes y velocidades de obturación bajas para pintar en la oscuridad esas imágenes del estupor, tan veraces, tan feas.  Feas con avaricia.  Porque el arte de D’Agata, no hay contradicción en esto, vive instalado en la fealdad inapelable.  Son caretas que frente a frente nos revelan nuestro interior, esas vísceras a las que no queremos ni asomarnos.

Cuesta imaginar que una vez, en una fría habitación en Camboya, ese instante surgió de la oscuridad y fue hecho eterno por la cámara de Antoine D’Agata.  Pero sí, profanos de la sordidez, esta es una versión de la realidad, quizá la más antipática.  Y a esta versión le importa tres cojones que esta noche nos abramos en canal para salir de nuestra prisión.

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