EL MANANTIAL

Cruzando el Paraíso

No me olvido de Crematorio, la mejor serie española de las últimas décadas, y no lo es de toda la historia de nuestra televisión porque ahí está ‘Curro Jiménez’, amén de otras delicadas producciones semienterradas en la memoria, aún por descubrir para este bloguero diletante.  Resulta difícil sacarle faltas a la serie protagonizada por Pepe Sancho, pero Crematorio no destaca por su condición de casi perfecta, sino porque en esa cuasi-perfección hay tanto grandes como pequeños aciertos, y entre estos últimos, una nota a priori discordante, su canción de cabecera.

Escucho ‘Cruzando el Paraíso’, de Loquillo, y en cascada recuerdo el perfil de un lobo estepario, a lo Hermann Hesse pero más rodado, más pasado de rosca.  Un hombre que trata de no engañarse, que a punto de caer al precipicio, de bajar a los infiernos, se aferra al roquedal y los brotes de tomillo, como quien se precipita al Huerva que estos días baja marrón y virulento.  O un tipo que, por pura tozudez, a lo largo de su vida no ha cedido ni un centímetro en sus principios, convencido como nadie de que en el respeto a los mismos descansa su libertad.  Vender los principios propios es el primer paso para venderse a sí mismo.  “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”, decía Groucho Marx.  El lobo estepario que huye de lamentaciones.  Baja a los infiernos y contempla a los demás cruzando el paraíso, después de atravesar una vida que les lleva en volandas, sin la pesadez de los principios, mientras a él solo le dispensa las amarguras del íntegro, marcas en su rostro y en su cuerpo.  Una cana por cada muerto en incidente violento en la Franja de Gaza.  Una yaga por cada mujer que te mandó a la mierda.  En fin…  una canción es como la realidad: aunque solo tenga un significado, luego cada uno puede darle el que más le convenga.  Se entiende lo que quiero decir cuando hablo de la canción de Loquillo ¿verdad?

El Criterio

La incertidumbre, oíd esto, es una señal de inteligencia y humildad.  La inteligencia de quien sabe tanto que es consciente de todo lo que desconoce.  La humildad de quien, a pesar de su inteligencia, es capaz de admitir su grado de ignorancia.  Las ocasiones en las que me siento seguro de algo al cien por cien son excepcionales en mi mente.  Por norma, me asaltan dudas, y como ser dubitativo (también me tomo por inteligente y humilde, mal está que yo lo diga) desconfío por sistema de todos aquellos personajes que actúan como si nunca dudasen, como si, efectivamente, ellos estuvieran en disposición de acertar siempre y por tanto despacharan sus errores como piedras en el camino.  A la postre ellos son los que más se equivocan.  ¿Habéis conocido a alguien lo suficientemente inteligente como para merecer comportarse con esa falta de humildad?  Seguro que no, así que mejor que empecéis a sospechar de ellos.

Pasó en mi temporada de plomo y fuego en la ciudad de las mil atmósferas, cuando el día comenzaba a las cinco de la tarde y se prolongaba hasta las nueve de la mañana.  Buena parte de mi vida se me iba en despachar teletipos.  Seleccionarlos, traducirlos, editarlos, darles forma.  En esa tarea mecánica me entretenía cada noche no sin incertidumbre, que me asaltaba casi a cada noticia.  Una noche, al desencadenarse uno de esos sucesos a los que uno nunca sabe qué relevancia atribuir, desde el otro lado de la mesa se oyó una voz que reclamaba: Si lo da ‘El Mundo’ o ‘El País’ lo tendremos que dar nosotros también.  En esta piel de toro ‘El Mundo’ y ‘El País’ son los putos amos.  Cuando a ellos les pica, nosotros nos rascamos.  Para que luego haya una marabunta de teóricos de la información planteándose cómo funciona la agenda Setting.  Desfilen por una redacción de medio pelo y comprueben cómo el peso de esos dos tótems desequilibran la balanza a la hora de elegir los temas, por muchos errores que puedan cometer.

Al escuchar esa línea de actuación propuse que, en lugar de seguir el criterio de unos redactores que no tenían nada que ver con nosotros (y que además ni siquiera tenían por qué estar mejor preparados), nos guiáramos por el nuestro propio.  “¿Y cuál es nuestro criterio?”, me preguntaron con virulencia, a lo que yo respondí con definitiva parquedad:

-Ninguno.

Con esa actitud, ninguno, porque aquí el criterio de uno no importa, aquí solo se impone la postura del “Sí, guana”.  Si no tenemos criterio, copiémoslo a la competencia, al vecino de arriba… dejémonos llevar por la opinión pública.  A fin de cuentas el método más seguro para moverse entre arenas movedizas es copiar al de al lado, ya sean teletipos o tesis doctorales.  Si resulta que el de al lado se ha equivocado y se descubre el pastel, al menos podremos alegar que el engendro parido no es nuestro, sino que responde a la ineptitud del de al lado.  El de al lado, recuerden, échenle a él la culpa de todo.

Y si nos dedicamos a trabajar en grupo, hasta el punto de conseguir que el fruto de ese trabajo sea colectivo, entonces resultará prácticamente imposible depurar responsabilidades, porque en definitiva nuestra obra será resultado de una especie de mente colectiva, algo que, por mucho que nos quieran convencer de lo contrario, no existe. En la anterior entrada me pronunciaba a favor de recuperar la actitud asociativa que nuestra sociedad perdió en décadas pasadas.  Nos hace falta para enfrentar los males que nos afligen.  Debemos pensar en plural, de acuerdo, pero siendo conscientes de que esa cosa del cerebro colectivo no existe.  El fruto del intelecto se presta a ser compartido, como compartidas son muchas veces las ideas ¿pero acaso esto resta mérito al individuo, ser pensante emancipado del colectivo, que en igualdad de condiciones da con la clave del asunto, él, y solo él, armado únicamente con su inteligencia?

En el colegio mayor nos enseñaban a ser uno, a trabajar en grupo y sellar las brechas provocadas por cualquier atisbo de individualismo.  En ese entorno endogámico no podía haber cabezas que sobresalieran, solo un bloque uniforme cuyas partes fueran fácilmente identificables de cara al exterior por cuatro patrones básicos.  Éramos los mejores en rugby, los más briagos en los bares de Metropolitano y quienes más cachondas ponían a las golfas de los colegios femeninos.  Ahí aprendí ese mecanismo fascistoide que anula al individuo a favor del colectivo, un mecanismo que he venido reconociendo desde entonces en distintos sitios.

Entre ellos, una oficina en la ciudad de las mil atmósferas, aquella lejana noche en la que despachaba teletipos como otra cualquiera.

¿Cuál es nuestro criterio?  Si somos tan cortos de entendederas que nos vemos incapaces de desarrollar juicio propio, quizás debamos copiar al de al lado, pero… ¿y si lo tenemos?  ¿No deberíamos fiarnos de él?  ¿Qué le ocurre a esa gente que prefiere someterse a la opinión de los demás en lugar de hacerse valer por sí misma?  No libran ni una sola batalla, ni la del honor, antes de blandir la bandera blanca y ofrecerse como carne del cañón a un mecanismo que nos tiraniza.  Ese mecanismo, el sistema, tiene las de ganar, y como seres débiles de espíritu que somos acabaremos cayendo.  El problema es que nos estamos rindiendo antes de tiempo, y a partir de esa derrota permitimos que la opinión dominante nos pase por encima como un rodillo.  Hoy en día las conquistas ya no son responsabilidad de los ejércitos, sino de los medios de comunicación, que con su fuego a discreción constante nos ametrallan el intelecto y penetran en él con una laxitud pasmosa.  En estos tiempos en los que solo se crean esclavos doblegando su voluntad, mantener la actitud aquiescente que aquella noche intentó colarse por mi redacción me parece un suicidio colectivo.  De caer sistemáticamente en esa trampa acabaríamos creando un ejército de redactores, a imagen y semejanza de un ejército de soldados obedientes.  Me repugna.  Más me repugna saber que escribo en condicional con el ánimo de concederle a la verdad una ranura por la que escaparse, consciente de que las redacciones de los medios fueron tomadas por ejércitos obedientes tiempo ha.

Fijémonos por una vez en los grandes genios que las pasaron putas, derrotados, alcohólicos, endeudados hasta las cejas.  Algunos acabaron viviendo de la indigencia, otros, repudiados por sus contemporáneos.  Pero al final de la película se salieron con la suya, porque demostraron tener razón y con ello contribuyeron a la estirpe humana, esa misma que tanto asquito les tenía.  En este mundo no basta con hacer buenas fotos.  Además tienes que ser lo suficientemente constante como para encontrar tu propio estilo.  Dejándose influenciar, por supuesto, pero sin caer en la trampa de reblar ante el gusto mayoritario.  Has de ser capaz desde el principio de identificar qué camino toma tu fotografía, y blindarlo frente a voces discrepantes, no caer en la tentación de hacer lo fácil o lo que dé dinero.  Y esto no es suficiente.  Una vez tengas un estilo identificable, deberás reunir el arrojo para convencer a todo el mundo de que tus fotos son buenas, y en esa tarea te puede ir el resto de tu vida.  Por eso hay que ser paciente y aprender a trabajar en la más absoluta independencia, porque si no, a lo peor, te dejas engullir por la espiral atroz de la opinión pública y ahí te quedas para no levantar cabeza jamás.

El Manantial

De eso mismo habla ‘The Fountainhead’ (traducida al español como ‘El Manantial’), película basada en la novela homónima de la teórica del objetivismo Ayn Rand.  El film dirigido en 1949 por King Vidor y protagonizado por Gary Cooper y Patricia Neal es una oda al individualismo, aquí expuesto como la actitud que empuja al hombre a abrir nuevos caminos solo armado con su visión.  Cooper interpreta al arquitecto Howard Roark, defensor de los edificios funcionales frente a la moda de emular la belleza clásica en las construcciones neoyorquinas.  En su periplo por los despachos de Manhattan, Roark sufre en carne viva la cerrazón mental de unos colegas de profesión que se limitan a seguir la corriente mayoritaria.  Con suma serenidad observa cómo su nómina de clientes mengua a pasos agigantados, a la vez que se pone a la prensa especializada en contra, pero persiste.  Entiende que solo encontrará satisfacción en ver sus obras acabadas tal cual las diseñó.  Lo contrario supondría un daño irreparable a su integridad.  “Para hacer las cosas, te tiene que gustar hacerlas.  No la gente, tu propio trabajo”, le dice a un compañero del gremio que decide tomar el camino sencillo.  Hacer las cosas por gusto es el método más seguro de garantizarse el éxito porque éste llega desde el primer día, a través de la gratificación personal, y no años después en forma de contratos de trabajo eventuales.

En el momento de su estreno ‘El Manantial’ no cosechó críticas favorables.  Es un relato con unos guiones muy evidentes, y parece ser que Gary Cooper ganaba empaque en el Far West, pero en los rascacielos de la Gran Manzana se le veía un poco perdido.  La fuerza de esta rareza cinematográfica reside en su leitmotiv, desgranado sin pudor en unos diálogos que no dan lugar a segundas interpretaciones.  Roark se muestra como un tipo que no atiende a segundas opiniones.  No lee la prensa, no anda preguntando por el salario del prójimo.   Y como sin chica no habría historia, por ahí aparece la horma de su zapato, la crítica de arquitectura Dominique Francon, cuya avidez por mantenerse libre le lleva a renunciar al amor y a todo lo hermoso, en suma, a todo aquello capaz de atarla a un lugar y una persona en particular.  Tras conocer a Roark, Francon y quien acaba por convertirse en su marido, el magnate Peter Keating,  constatan que aún existen hombres íntegros, lo que les rompe los esquemas mentales y les deja por completo desconcertados.  Aún quedan motivos para la esperanza, piensan.  A lo mejor podremos abrir una pequeña vía de escape y librarnos de tanto mamoneo.

Cocinar mucho y cazar poco

Casi al final de la trama, Roark sentencia: “El creador produce, el parásito roba”.  Ahora no caigo en quién comentó esto, pero creo que fue David Beriain, uno de los mejores reporteros expañoles, quien no tuvo reparo alguno en recorrerse Afganistán junto al cámara Sergio Caro en busca de los talibán que dan estopa de la buena a nuestras tropas.  Harto de la costumbre del copia-pega, Beriain resumió que en esta profesión de juntapalabras se cocina mucho y se caza muy poco.  Y es así porque, insisto, los que tenemos que cazar claudicamos antes de la cuenta y nos dedicamos a recalentar el producto del trabajo de otros.  Más alarmante es pensar que esta estrategia se reproduce en cualquier otro ámbito.

Sé que en este mundo necesitamos camareros, oficinistas, obreros, hacedores en general, pero cuánto ganaríamos si todos nosotros derramáramos lágrimas, sangre y saliva por intentar que el mundo avanzara por otra senda diferente.  Cómo de creativo sería este, qué piel luciría.  Cuántos cachivaches electrónicos realmente útiles podrían haber inventado los programadores que se desviven por asomar la cabeza en una empresa de software.  ¿Y los arquitectos? ¿Acaso ellos, con un mínimo arrebato romántico, no habrían sido capaces solucionar los problemas de la vivienda? Una vez hecho la intentona, podríamos acomodarnos en nuestro agujero para ver pasar la vida; después, y solo después, de hacer un mínimo sacrificio.  Intentar cazar algo, aunque esté jodida la cosa.

Seres Especiales

Ahora que he entrado en mi segunda adolescencia y luzco un brillo de inocencia en la mirada, confío en que ante mí solo se abra un camino plagado de personas honestas e íntegras.  La escalera a la que apuntaba Ramón Lobo, y en cada escalón, un amigo experto dispuesto a darme una palmadita en la espalda para ayudarme en mi subida.  Desprovisto de la incredulidad de Keating, espero que así sea.

Mi mayor miedo, al igual que Francon, el amor.  Porque el amor ata, y el amor solo se cura con defenestración.

Hace años, en mi primer blog, escribí un largo texto que titulé ‘Seres Especiales’.  En él intentaba diseccionar la razón de ser de cierto tipo de personas, en el cual me incluía, y que tuve a bien calificar de especiales porque, a diferencia del resto, caminaban sin seguridad, vivían en una constante caída al vacío y nunca encontraban la vía de escape adecuada a sus inquietudes.  Aprovechaba además para arremeter contra los que nos criticaban y marginaban englobándonos bajo el calificativo de modernos, marcianos, bichos raros.  Según ese planteamiento que ahora redescubro con una mezcla de extrañeza y orgullo, para nosotros los especiales la humanidad nos tenía reservado un sigiloso exterminio, una extinción basada en los principios de la eugenesia.  Igual me salí un poco de madre con todo aquello.  El otro día, en una de mis rutinarias búsquedas de talentos fotográficos por Internet, fui a parar a la página de una fotógrafa que planteaba cómo el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro, el del pensamiento lógico, ha ido desplazando en importancia al derecho, origen de las emociones y la percepción.  Tanto la dinámica evolutiva que rige la naturaleza como la educación que recibimos contribuyen a tal fin.  Cada vez nos queda menos espacio para imaginar, percibir, y para centrarnos en el momento presente, porque la mitad derecha de nuestra mente también es la que se encarga de los asuntos del pasado y el futuro.

La muerte de nuestro criterio responde a razones evolutivas, y por tanto naturales.  No debemos temer este proceso, a través el cual acabaremos por convertirnos en una especie más pragmática, una suerte de hombre 2.0, bien pensante y gobernado por el raciocinio colectivo.  Si acaso, debemos abrazarlo como un fenómeno que nos preparará mejor para lo que venga en el futuro.  Atrás quedará el criterio, junto a la duda, las emociones y la felicidad.  Aunque aquí nadie ha hablado de ser feliz ¿verdad?

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2 respuestas a EL MANANTIAL

  1. Jacobo dijo:

    Dios quiera que alguien cuente la caída de los seres especiales y su desaparición de manera tan bonita como se cuenta la caída de la aristocracia en El Gatopardo. ¿Quién los sustituirá? Quizá la muerte de la imaginación pueda dar lugar a una bella obra. El Ocaso del Hemisferio Derecho sería un título acorde con la moda imperante. Mejor sería Vida y muerte de la elegía.

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