EN LOS MÁRGENES DE LA ZARAGOZA ANALÓGICA

Odio los centros comerciales por la misma razón por la que me gusta el desierto, porque me va lo turbio y desconcertante.  Un centro comercial es un entorno demasiado aséptico, todo en él está premeditado para motivaciones tan terrenales como el divertimento y la satisfacción de los vicios.  Los detesto por la misma razón por la que detesto perder más de cinco minutos en Photoshop, porque va de corregir imperfecciones, esas notas de discrepancia visual que dan personalidad a la imagen.  En los centros comerciales no existe la asimetría, hay que adentrarse en lo más profundo de un supermercado Día para encontrar algo parecido a la suciedad y el descontrol.  ¿Por qué no mantener ese caos que da carácter a los lugares y las fotos y desconcierta a quien las observa?

Lo decía hace poco un amigo mío: hoy viajar a China es como ir a Barcelona; encuentras las mismas tiendas, los mismos restaurantes de comida rápida.  El exotismo se desvanece en todo el mundo por culpa de Zara y Starbucks, pero eso no significa que no podamos encontrar esas notas discordantes, sino que hemos de buscar más cerca y entornar más los ojos.  Ahora que estamos convirtiendo los núcleos urbanos de todas nuestras ciudades en miméticos High Street debemos salir de ella y verla en perspectiva.  El otro día fui a un macrocentro comercial a las afueras de mi ciudad.  Aproveché para comprar un carrete y unas cámaras desechables, y tras un cuarto de hora dando vueltas sin rumbo superé mi umbral de angustia.  Sí, de la angustia provocada por pataletas infantiles y melodías de radiofórmula.  Salí del enorme edificio para perderme en sus inmediaciones.  Ahí, en los márgenes entre la civilización y el desierto, me encontré en una de esas situaciones en las que uno exclama: qué raros somos.  Como Martin Parr cuando pasa al otro lado de la barra en un local de perritos calientes, o como Txema Salvans al auscultar las afueras de Barcelona.  Como Fenrisolo tomando fotos a los bañistas que hacinados buscan un falso remanso de paz en Bierge.  Por ejemplo.

Y sin ser Martin Parr ni Txema Salvans ni la mejor versión de Fenrisolo.  Sin inventar nada, porque todo está ya inventado y solo nos queda copiar con estilo.  Sin sacar nada más interesante de un carrete de 24 tomas, el otro día, cuando salí del centro comercial ante el riesgo inminente de un derrame cerebral, hice esta fotografía:
Una fotografía normal dentro de los parámetros normales de la más absoluta normalidad, pero tampoco aspiro a ganar un Word Press Photo con un proyecto en el que, como ya expliqué en la anterior entrega, el medio es tan importante como el fin.  Me gusta esta instantánea porque su composición te dirige en un solo movimiento de vista al punto fuerte, que no es otro que la puerta del camión.  Si estuviera cerrada no tendría ningún sentido, pero al permanecer abierta ofrece un sinfín de interpretaciones.  Puede ser el fin de un largo viaje.  Tal vez el conductor esté durmiendo.  Quizás se la estén chupando apoyado en el capó.

Todo en los márgenes de la ciudad.

Y ya vale de jugar a John Berger.  Más Zaragoza Analógica en Flickr.

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3 respuestas a EN LOS MÁRGENES DE LA ZARAGOZA ANALÓGICA

  1. Jacobo dijo:

    A pesar de los centros comerciales, la idiosincrasia de los moradores de cada lugar del globo no cambia. No es lo mismo Barcelona que China, como no es lo mismo Portugal que Finlandia. O me va a decir el autor del blog que Grancasa es igual que el centro comercial de la zona olímpica de Stratford. Y tampoco son iguales al West Quay de Southampton, ni a Churchill square de Brigthon, ni a los Gunwharf Quays de Portsmouth, Festival Place en Basingstoke o The Podium en Bath. Si de cada persona se podría hacer una película, ya no le digo de cada centro comercial. Más en concreto de las vidas de las personas que los visitan.

    Si le gusta el desierto conviértase en un Lawrence de Arabia y vaya como agente occidental al norte de África o a Damasco y aproveche el Invierno árabe (yo creo que nunca han salido de la glaciación pero eso para otro día). Espero que escriba a la vuelta un libro tan bonito como Los Siete Pilares de la Sabiduría.

    Me parece de poco gusto una de las interpretaciones que el autor de este blog extrae sobre lo que le están haciendo al camionero.

    • fenrisolo dijo:

      Obviamente que todos esos lugares tan variopintos que usted menciona no son iguales entre sí, pero resulta igualmente innegable que la globalización ha homogeneizado nuestro entorno y arrebatado parte de las peculiaridades locales de cada lugar.

      No es esta una entrada de extremos, de verdades categóricas, porque no me gustan y me hacen desconfiar por sistema. Todo en su justa medida, comentarista Jacobo…

      • Jacobo dijo:

        Las peculiaridades residen en nuestras almas y en nuestros corazones. No hace falta verlas porque es ahí donde tenemos que buscarlas. Fuera de nuestro cuerpo lo único que haremos es homogeneizarnos con otras personas. Busque dentro de usted y viva acorde a su idiosincrasia, siempre sin hacer daño a los demás.
        Si cree que a nivel social las tradiciones se pierden, tanto las buenas como las malas, es porque todos seguimos a los demás, que a su vez nos siguen a nosotros. Si todos fueramos libres de verdad, dentro de un sistema social igualitario en términos económicos, en la manera de pensar, entonces seríamos capaces de emocionarnos cada uno de nosotros con sus peculiaridades, mientras fueran derechos y deberes lo que se homogeneizara.

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