SARA CARBONERO, ERES CABEZA DE TURCO

No se me da bien el Twitter.  Comencé a probarlo hace unos meses con la esperanza de que sirviera para aumentar las visitas de este blog, pero lo cierto es que ahora me ofrece tantas como antes de abrir la cuenta.  Ello se explica gracias a los usuarios que antaño me enlazaban alguna que otra vez en sus tweets.  Twitter no se me da bien porque no comulgo con su premisa de brevedad.  Si a veces no logro explicarme en 1.400 caracteres ¿cómo voy a hacerlo en 140?  Últimamente empleo mi cuenta como un contenedor al que arrojar enlaces interesantes sobre fotografía para futuros rescates, pues está visto que no estoy dotado con el don de la palabra precisa.  No se me da bien el Twitter, porque tampoco se me da bien el venderme, el ofrecer una imagen de inmediatez informativa que tanto se valora en mi sector profesional, dominado por la estrategia del Maricón el último, ducho en el arte de sepultar principios deontológicos.  No me gusta Twitter porque, a día de hoy, no me ha servido para saciar ese residuo de vanidad que todos llevamos dentro.

A veces, no obstante, me sorprendo navegando entre tweets por diversión, porque a diferencia de un servidor sí hay otros que consiguen enfrascar ideas ingeniosas en 140 caracteres.  Y cómo no, también los hay que confirman la función de Internet como corrala de La Pacheca.

Sara Carbonero es la periodista mejor pagada de España, sin título de periodismo. El rey, el funcionario mejor pagado, sin hacer oposiciones

Sara Carbonero es la periodista deportiva mejor pagada de España sin ser periodista. A todos los periodistas parados les gusta mucho esto.

Sara Carbonero cobra 600.000 euros anuales por ser periodista… y ni siquiera tiene el título. #ThisIsSpain #SpainIsDifferent

¡Sara Carbonero es la periodista deportivo mejor pagada de España y NO tiene el título de periodista! Increible

Para los de la promoción anterior era la Lara Croft de la universidad, para sus compañeros en los últimos cursos, la alumna ausente cuyo nombre los profesores omitían al pasar lista.  En efecto, Carbonero y yo estudiamos en el mismo lugar, igual que la mitad de los periodistas deportivos de este país y la (si nadie lo remedia) futura reina de Expaña.  Nunca coincidí en clase con Carbonero y tampoco recuerdo haberla visto nunca en los pasillos de la facultad.  Era una más entre quince mil alumnos, en la (dicen) facultad más grande de Expaña, tal vez la más inoperativa, y no me cabe duda que una de las más feas, con sus formas rectas y su hormigón a la vista. 

Una facultad en la que no se enseñaba una profesión, sino conocimientos dispersos, como garante de la doctrina que defiende una formación integral del individuo.  Renacentista, la llaman.  Sin embargo, muchos de nuestros compañeros se obcecaban en pensar que en aquellas aulas sí se preparaba para ejercer una profesión, la de periodista, y que todos los conocimientos adquiridos debían servir a tal fin.  Una visión limitada, que nada tiene que ver con la condición inquieta que se le presupone a un periodista, y que huelga decir que yo no comparto en lo más mínimo, porque mi escasa experiencia y los años transcurridos me han enseñado que el objetivo de esas jornadas de estudio y lecciones iban encaminadas en otra dirección.  Recapitulemos:

Tardé seis años en sacarme los cinco cursos de la carrera.  En ese largo periodo de mi vida apenas si escribí veinte noticias por orden de mis profesores.  Las prácticas de televisión y radio no venían acompañadas de sus pertinentes explicaciones sobre edición.  Contábamos con unas pocas salas de control para alrededor de 700 alumnos, separados en grupos grandes que, sin comerlo ni beberlo, teníamos que editar programas con calidad profesional sin directriz alguna.  No había tiempo para explicaciones.  En una ocasión uno de los técnicos de la facultad entró a la sala reservada a mi grupo y se descubrió ante nosotros.  No sé siquiera cómo sois capaces de comprender el programa por vuestra cuenta, nos vino a decir.  Afortunadamente solo había prácticas en primero y segundo curso.  De ahí en adelante, más y más clases impartidas a lo peor por profesores mediocres, en ocasiones sin una idea clara del temario, y diseminadas en una sempiterna sucesión de tardes mal aprovechadas.  Media hora libre entre clase y clase, una cafetería con aire viciado, casi en estado sólido, y la biblioteca como único refugio, con su sencilla hemeroteca y su amplia colección de novelas manoseadas desde tiempos inmemoriales.  No sé si lo he comentado con anterioridad, pero las dos mejores decisiones que tomé durante mis siete años en Madrid fueron estas:

1.  Dejar de ir a clase para empezar a trabajar.

2.  Dejar el trabajo y la ciudad.

Más claro, agua.  Los cursos en los que más aprendí fueron los dos últimos, porque en vez de perder mis tardes en la facultad las aprovechaba, y de qué manera, en una agencia de noticias.  ¿Significa eso que no merece la pena hacer la carrera de periodismo, una suerte de pérdida de tiempo institucionalizada?  En absoluto.  Hablo de una carrera útil en la medida en la que ofrece valiosos conocimientos, cosa bien distinta es pretender salir preparado para ejercer una profesión con tantas aristas como es la de relatar historias, narrar la realidad.  No se confundan.  Durante aquella etapa aprendí una barbaridad, sobre todo en asignaturas sobre sociología magistralmente impartidas.  Curiosamente, lo que más aprendí y más fresco se mantiene en mi memoria son todas aquellas ideas de pensadores locos que tan en entredicho ponen el papel de los medios.  Ideas para estar en contra del establishment, y no a favor, asintiendo con la cabeza (sí, guana) como hacen muchos de los otrora fanáticos estudiantes de periodismo.  Ideas antisistema para llevarle a uno a la ruina y a la cola del paro.

Acabé la carrera, tardíamente y con un regusto amargo, convencido de que no echaría de menos aquel aire viciado.  A dos años vista me digo a mí mismo con satisfacción: No la echo de menos.  Y creo que Sara Carbonero, tampoco.  A diferencia de Fenrisolo Sara no acabó la carrera, al menos no lo hizo entonces.  Cuando solo le faltaban unas pocas asignaturas empezó a trabajar en Radio Marca y debió de olvidarse bastante pronto de presentarse a los exámenes, habida cuenta de que en la redacción aprendía infinitas veces más.  Puso quinta y llegó en volandas adonde está ahora, no sin esfuerzo, pero sin la innegable ayuda de su rostro angelical y gesto lascivo.  Ella estudió, trabajó duro, supo estar en el lugar y el momento adecuados, y triunfó.  Y ahora muchos le echan en cara que no asistiera a esas pocas lecciones porque, a su entender, no está facultada para ejercer su profesión.  Para esos mismos críticos el título es condición sine qua non.  Creen que no se puede ejercer de periodista sin él; no ha lugar.  Porque la carrera te enseña el oficio, así como en la facultad de medicina se explican los conocimientos básicos para atender pacientes.  Mentira.  Periodismo no es, ni de lejos, la carrera de Medicina.  Ni repetida quinientas veces.  Antes de hablar del tema, infórmense, y si tienen oportunidad dense una vuelta por mi antigua facultad (de la Universidad Complutense) y comprobarán lo que les digo.  Hay otras muchas facultades de ciencias de la información en las que disponen de más medios y hacen más prácticas.  Hay másteres de periodismo hasta en la Universidad de Columbia.  Yo me pregunto qué enseñarán a los alumnos que se dejan una fortuna en esos sitios.   Quizás les pongan directamente a trabajar, que es la mejor forma de aprender, o quizás les ofrezcan una nutrida red de contactos y los mecanismos necesarios para empezar a rodar.  Premios otorgados por las universidades a sus propios alumnos, redes de comunicación en Internet… toda una industria del mamoneo y la vanidad para dotar a los alumnos de un nombre, de una forma antes de demostrar un fondo.  Todo eso está muy bien, al igual que perder seis años en mi facultad, en tanto en cuanto sirva para aprender, pero no se confundan, de ninguno de esos centros se sale preparado para trabajar de periodista; no iba a ser tan fácil.  Para aprender esta profesión hay que viajar, leer y escribir hasta dislocarse las articulaciones de los dedos.  Hay que hablar y preguntar, pensar.  Hay que emborracharse, hay que vivir y joderse.  En fin… muchas cosas que ustedes, por muchos másteres que tengan, nunca podrán experimentar si andan obsesionados con añadir más líneas a sus currículum.

Me temo que la corriente de opinión mayoritaria responde a un agudo episodio de titulitis, una enfermedad que lleva a pensar que los títulos son los galones de uno, por encima del esfuerzo y la valía demostrada.  Son armas arrojadizas, grandes tomos de Martínez Albertos que los unos lanzan contra los otros, contra nosotros, los proscritos de un sistema que quiere decidir los conocimientos de los periodistas en un vano intento por controlar su labor.  He tenido compañeros que se han llevado las manos a la cabeza porque Sara Carbonero y Matías Prats no están licenciados.  No soportan la idea de que alguien que no haya pasado por su mismo vía crucis se haya llevado la gloria.  Para ellos es una cuestión de justicia, como si en verdad el éxito tuviera que ser fiscalizado mediante títulos.  Son los mismos que se sienten estafados por un sistema que, tras pedirles que estudiaran duro, les ha dejado con una mano delante y otra detrás, sin mejor opción que la de emigrar.  Justicia poética es la que están sufriendo ellos ahora, al comprobar en sus propias carnes que el sistema no era tan de fiar como creían.

Y les convenceré con unos sencillos ejemplos que bastan para desmontar su postura.  Ejemplos como el de Gabriel García Márquez, periodista antes que escritor, quien en su juventud se presentó en un periódico de su localidad para pedir trabajo y acabó la jornada como un redactor más.  Así empezó Gabo, sin licenciaturas ni cartas de presentación.  Ejemplos como el de Walter Cronkite, de quien no me cuesta imaginar las críticas que despertó en sus compañeros de clase cuando abandonó los estudios.  Poco después cubriría los frentes europeo y norteafricano de la Segunda Guerra Mundial, ahí es nada.  ¿Habría sido Cronkite mejor periodista si hubiera terminado la carrera?  También nos vale el paradigma de Paco González.  Efectivamente, uno de los mejores periodistas deportivos de este país, si no el mejor, tampoco agotó sus días en la Complutense, una circunstancia que nadie está dispuesto a echarle en cara.  Pero estos tres ejemplos son relativamente recientes.  ¿Cuántos periodistas, por los siglos de los siglos, no tuvieron formación académica sobre el mundo de la información, básicamente porque por aquel entonces dichos estudios no estaban reglados?

Sara Carbonero solo es una en una larga lista de profesionales que no necesitaron acabar la carrera para hacerse un hueco.  Si hay que culparla de algo, es de haber sabido aprovechar la oportunidad que se le ofrecía.

¿De qué oportunidad estamos hablando?  Esa es la pregunta que trataré de responder en una próxima entrega.

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3 respuestas a SARA CARBONERO, ERES CABEZA DE TURCO

  1. Jacobo dijo:

    ¿Ese edificio no sale en la película Tesis? Completamente
    de acuerdo con la entrada.

  2. Seferin dijo:

    Si que sale… porqué lo fimaron en la compuntense

  3. Una misma dijo:

    ¿Y cuántos médicos, a lo largo de los siglos, han hecho operaciones sin los conocimientos que ahora se piden? No te jode. Ni que las universidades estuvieran ahí desde siempre… Las cosas evolucionan, los errores se corrigen, se descubren y se estudian nuevas teorías, nuevas maneras,…

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