Y MÁS ZARAGOZA ANALÓGICA

El efecto túnel.  Si alguna vez lo han experimentado no hace falta que se lo explique, si no, no tiene sentido que lo intente.  Nunca podrían comprenderlo.  Llevo años sumido en un bucle de imágenes que parece no tener fin.  Sonaría hasta interesante si no fuera porque no tiene ni poka gracia.  Primero fue una sugerente imagen de Isobel Campbell vaciando botellas de alcohol a dos manos sobre el lavabo.  Rápidamente fue sustituida por otra visión al menos igual de tortuosa, que fue reemplazada por una tercera, y así hasta la actualidad.  Miles de imágenes encadenadas que con el tiempo comienzan a cobrar vida, tímidamente, auspiciadas por mi afición a la fotografía (quiero pensar que es por mi afición a la fotografía, y no por una suerte de brote psicótico).  He llegado a un punto en que primero imagino las escenas para poco después verme ante ellas de manera fortuita y pulsar el disparador.  Imágenes como esta y como esta otra habían nacido en mi mente meses antes de ser materializadas, lo crean o no.  Por eso me gusta la fotografía, porque es un medio de reconvertir todas esas imágenes mentales en un archivo de bits.

Con la fotografía analógica esas mismas imágenes pasan directamente al papel.  No son grandes fotos.  De hecho, aún no domino la técnica, pero son mis fotos, las imágenes que me quitan el sueño.  Salvando las distancias, me siento como Will More en Arrebato, grabando películas pretendidamente malas para horrorizarme con su visionado en la intimidad del dormitorio.  Un viaje a la introspección, como el de Antoine D’Agata que amenaza con llevárselo por delante.

Tampoco quiero desmadrar.  Ya quisiera yo tener una pequeña parte del talento de Zulueta o D’Agata.  Mis fotos analógicas de la ciudad del viento son bien sencillas, y revelan sin rubor su condición de proyecto de aprendizaje.  Sin flash, sin lente de zoom, sin pantalla lifeview, con un exposímetro bien simple, sin opción de modificar las ISO… La vieja cámara del papá es toda una escuela de fotografía por sí sola.  Cómo nos tiraniza, la cabrona, cómo nos obliga a pensarnos cada foto.

Dentro de las limitaciones que nos impone el proceso fotoquímico, noto cómo después de gastar unos cuantos carretes las imágenes son más eclécticas.  Ya no hay por dónde coger esta serie de postales nada convencionales de Zaragoza.  Estoy desvariando cosa mala.  Por primera vez veo que ante mí se abren distintos caminos y no sé cuál tomar.  Si hay algo que tengo claro es que quiero trasladar a mi selección esas limitaciones del analógico.  Ante ustedes un inútil que a veces acciona el disparador automático sin querer.  Pues bien, no pienso renunciar a esas instantáneas involuntarias, como tampoco quiero dejar a un lado errores de revelado como este:

Estaba temiendo que hubiera subexpuesto esta foto, la última del rollo, y al final el error me ha venido por un problema en el revelado.  ¿Y por qué habría de deshacerme de ella?  ¿No se llama el proyecto Zaragoza Analógica y hunde su razón de ser en el medio utilizado?  En este caso, tan importante es el medio como el fin.  Ahora que hasta los fotógrafos veteranos se olvidan de la película fotográfica un proyecto como este es guay (guay en los dos sentidos, el de cómo mola y el de cool, de outsider, de el dolor de la nostalgia, en fin…).

Una vez vistas las copias me he dado cuenta de que muchas tomas las tendría que haber realizado con la digital para incluirlas en el proyecto hermano, Zaragoza Cara B.  Son imágenes más plásticas y variopintas que se quedan fuera, porque sencillamente el medio no comulga con el fin.  A estas hay que sumar otras dos que consagré a los colegas (qué pasa, brothers), con lo que me doy por satisfecho con haber seleccionado seis de un total de veinticuatro.

Zaragoza Analógica toma aire y se difumina.  Poco a poco, un trabajo de esta naturaleza no atiende a prisas ni ideas preconcebidas.  Es libre, como este verano que se esfuma a fuerza de cierzo.

Observa la galería completa en Flickr.

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