WERTHER, UNA PELÍCULA DE PILAR MIRÓ

Tenía 15 años y estudiaba cuarto de la ESO.  Estaba en una clase poco numerosa gobernada por el ruido de adolescentes vitandas, cuya estulticia primitiva desembocaba en los sentimientos más despreciables y me recordaba que el fin último del instituto no es la formación académica, sino la socialización, mezclarnos con los futuros ingenieros, administrativos, defraudadores de Hacienda y putas.  Siempre he agradecido pasar aquellos años en un instituto público, por muy cuesta arriba que se me pusiera, pero ante semejante panorama no hacía más que evadirme a toda costa, y el único camino que encontraba era la lectura, y a duras penas.  Movido por mi siempre anárquica inquietud literaria llegué a ‘Las Penas del Joven Werther’, de Goethe, obra cumbre de comienzos del Romanticismo.  Una novela maldita, cuya publicación se relacionó con un notable repunte en el índice de suicidios en algunos países de Europa, y contra la cual el Vaticano arremetió con toda su fuerza.

Una mañana entré en el aula y me sorprendí al ver sobre mi pupitre un libro:

‘Los Sufrimientos del Joven Werther’ 

Los Sufrimientos, no Las Penas.  Aquel viejo y maltratado ejemplar de biblioteca distaba mucho del mío, correspondiente a una pulcra edición de Austral.  Enseguida pregunté a quién pertenecía, a lo que alguien me contestó: Anastasia.  De alguna forma esperaba esa respuesta.  Anastasia era una compañera de origen bielorruso y con gusto por la literatura, o por el arte en general.  Su inteligencia y discreción despertaban suspicacias y no poca envidia en el resto del grupo, que como antes he explicado con otras palabras estaba gobernado por una ignorancia supina y arrogante.  Anastasia era la única persona en toda la clase a la que podía imaginar en la oscuridad de su dormitorio leyendo la trágica historia del joven Werther, cuyo amor no correspondido le arrastra a lo más hondo del dolor.

En el momento de su publicación, en 1774, Goethe tenía 25 años, los mismos que yo ahora.  A esa edad supo escribir una novela que conectara con todas las generaciones de quinceañeros atribulados, diletantes que a toda costa buscan refugio en la literatura sentida.

Pilar Miró debió de ser una entre todos esos quinceañeros atribulados, y en 1986 -año de mi nacimiento, por cierto- rodó Werther sobre una libre interpretación de los personajes de J.W. Goethe, como se nos dice al principio de la cinta.  La cineasta escribió mano a mano con Mario Camus (menudo plantel de lujo, rezuma Curro Jiménez por los cuatro costados) una historia que sirviera para trasladar las ideas del escritor romántico.  Eusebio Poncela interpreta a Werther, un profesor de griego que acepta dar clases particulares a un niño retraído, el cual parece hundirse en una depresión.  Con el tiempo el profesor acaba intimando con la madre del niño -interpretada por Mercedes Sampietro-, quien a su vez sufre un tormento inexplicable.  En la película hay muchas emociones pero casi ninguna explicación, porque eso es precisamente lo que nos intenta transmitir.  ¿Acaso podemos explicar todas las desgracias del prójimo?  Hay muchas mentes a las que no podríamos ni asomarnos.

Con este leitmotiv, está claro que la historia no resulta muy alegre.  La trama ocurre en una fría ciudad del norte de España, en emplazamientos casi vacíos dominados por el bosque y siempre bajo un cielo encapotado.  Se trata del lugar y la trama ideales para que Poncela, que como viene siendo habitual borda su papel, nos comunique su visión de la tragedia.  No podemos infundir nuestras energías al moribundo.  No podemos ponernos en la piel de quien en un arrebato de ira mata por amor.  Werther, una historia sobre el amor incondicional y sobre, en definitiva, las emociones que nos hacen grandes, esas mismas que también nos arrastran a infligir daño sin piedad.  De eso yo estoy tan convencido como el propio Werther, tanto el del libro como el de la película.  Que yo sería tan capaz como ustedes de matar a sangre fría.  No sean tan mojigatos como para pensar que son personas puras de corazón.  Esas se cuentan con los dedos de una mano.  La amplia mayoría nos movemos por instinto y saltamos cuando nos aprietan los resortes indicados.  Afortunadamente, antes de que llegue ese momento solemos morir, pero otros no corren tanta suerte.  Los hay que en vida se ven superados por las circunstancias, aunque hasta entonces nunca hayan tenido dificultad alguna en controlar sus pasiones.  Werther opta por no juzgarles y se compadece de esos seres; añade incluso que quizás deberíamos envidiarles.

La película también ofrece en cierto modo un debate sobre la educación.  Los profesores que imparten clase con Werther se plantean qué hacer con los alumnos más rezagados, aquellos que, por decirlo así, no entran en el molde.  Jóvenes con dificultades pero no por ello menos capaces que el resto.  Ante esta situación el director opta por expulsar a algunos, dando a entender que no merece la pena perder el tiempo con las personas con problemas.  Si acaso, que estas se curen antes por su cuenta y luego que vengan a vernos.  De nuevo surge la intolerancia, la incomprensión.  No entendemos los problemas del ajeno así que preferimos no ayudarle, sino convencernos de que la culpa es suya por no saber hacer frente a sus desgracias.

Más quinceañeros para el ejército de atribulados.  Más razones para morir y para matar.

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