VERGÜENZA DE SUS COMPATRIOTAS

El otro día solté estopa de la buena contra el pueblo llano al hilo de esta situación de crisis apocalíptica en la que dicen que estamos inmersos.  Planteaba que la clase dirigente no es más que un reflejo de la mísera actitud de la masa, y que es precisamente esa actitud la que nos ha llevado a la situación actual.  ¿Dónde está mi parte?  Así se llamaba la entrada, y con ese título creo que resumo la idea del texto.  No obstante, me parece injusto señalar con el dedo a la población en general y pasar por alto la parte de culpa que ostentan los políticos, quienes por definición han de cargar con la responsabilidad, pues ellos deciden por todos los demás.

Anoche sufrí un calentón inesperado, que me sobrevino con nocturnidad y alevosía, al descubrir una noticia de la página del Guardian sobre la situación de la Comunidad Valenciana.  Valencia’s hopes remain grounded as it bids for bailout.  Un artículo que no tiene desperdicio y cuya presencia en sí misma lanza un mensaje para la intranquilidad: En el exterior nos ven tal cual somos.  Sería más esperanzador que nos vieran de otra forma, esto es, mejor de lo que somos, pero no.  Me temo que la prensa extranjera conoce nuestros defectos mejor que nosotros mismos, y en cumplimiento de su deber los difunde para que la gente allende nuestras fronteras sepa de qué calaña estamos hechos los expañoles.  Dicha noticia del prestigioso diario británico me sirve de perfecto punto de partida para retratar ese mal patrio que aparece enconado en nuestros políticos de primera fila.

Como bien apunta Giles Tremlett en su artículo, la difícil situación que vive la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP desde hace 17 años, echa por tierra cualquier crítica que el Gobierno español, también del Partido Popular, quiera dirigir a sus predecesores en el cargo, los socialistas encabezados por José Luis Rodríguez Zapatero.  Es así porque mientras estos últimos pecaban de confiados a la hora de gestionar las arcas públicas los conservadores valencianos hacían lo propio y le añadían su particular dosis de magnificencia, como la que representa el Aeropuerto de Castellón (cerrado a cal y canto después de invertir 150 millones de euros), un error tonto por el cual nadie ha pedido disculpas, básicamente porque los responsables no lo toman como un error, sino como un acierto.  Tal y como se escucha en este vídeo que toda Francia tuvo ocasión de ver, el aeropuerto castellonense no es la única excusa que encuentra su principal responsable para marcar paquete.  La sede de la Cámara de Comercio provincial, de la que el propio Carlos Fabra es secretario general, también es motivo de orgullo.  “Impresionante ¿no?  Es una de los mejores de España”.  ¿A que les parece espeluznante?  Más espeluznante me parece a mí que tipejos como este, con esa soberbia, sean los que lleven años gobernando este país mientras los demás les dábamos pábulo a condición de que nos ofrecieran empleo fácil.  Los mismos tipejos que se cascan la Ciudad de las Artes y las Ciencias y las instalaciones de la Copa América (¿cuántos millones menos pedirían ahora al Gobierno central si se hubieran ahorrado esos decorados de postal?) convencidos de que la riqueza solo llega a través de obras faraónicas.  Los mismos que en Zaragoza tienen que organizar una pretenciosa exposición internacional dedicada al agua para que el Ejecutivo español se deje aquí la pasta que se tendría que haber dejado en los veinte años anteriores.  Los mismos que en Santiago de Compostela se dejan 400 millones de euros en un edificio que no se sabe para qué se hizo.   No les basta con desarrollar auténticos planes de futuro, potenciar sectores estratégicos que den estabilidad y garantías de que el día de mañana se podrán pagar las facturas de Sanidad y Educación.  No way.  Y yo les entiendo.  Quiero decir, para nada comparto su visión de la economía, pero bien es cierto que cuando se trata de enriquecer a constructores y caciques en general (no en pocas ocasiones, también a políticos corruptos) no basta con hacer las cosas, sino que además hay que hacerlas a lo grande, tirar la casa por la ventana, y encauzar esa riqueza para que, antes de repercutir en la población de manera indirecta y paulatina, haya caído sobre cuatro elegidos, esos cuatro que (si no lo digo reviento) retrató con tanto atino Rafael Chirbes en su libro Crematorio y encarnó con tanto talento José Sancho en la serie homónima.  No cabe duda de que el escritor y el actor encontraron inspiración de sobra en su lugar de origen: Comunidad Valenciana.

La tierra de la que también procede el arquitecto Santiago Calatrava, megalómano donde los haya, uno de esos hombres porfiados en abrirnos a todos los ojos con su rompedora visión del progreso, una visión que, huelga decir, curiosamente pasa a través de sus grandilocuentes proyectos.  Hace cinco años la figura de Calatrava era sinónimo de excelencia y orgullo de cara al exterior.  Ahora colinda con la del personaje abyecto de una película con mal guión.

La tierra antaño gobernada por Francisco Camps.  Inocente de cohecho impropio según el sistema judicial.  Culpable según las llamadas telefónicas que todos escuchamos en su día.  ¿Culpable de qué?  De estulticia, se entiende.  A mí particularmente no me haría nada de gracia que el presidente de mi región andara en tratos de cualquier tipo con empresarios mafiosescos de la talla de ‘El Bigotes’.  Junto a eso, el hecho de que pagara o no unos trajes me parece casi anecdótico, o al menos habría quedado en la anécdota si la derecha mediática de Spa no hubiera gestionado el caso de manera torticera.  En primera instancia cerraron filas frente a Camps, quien haciéndose el caballero ofendido pretendía erigirse como garante de honradez.  Más adelante, cuando ya nadie daba un duro por su inocencia, cambiaron el discurso de la noche a la mañana.  Quizás Camps no sea tan inocente, vinieron a decir, pero en ese caso, debemos preguntarnos quién más ha incurrido en el mismo error.   Cuántos políticos y familiares han aceptado agradecidos los regalos de empresarios corruptos, cuántas latas de anchoas ha recibido Zapatero de Revilla, absurdeces por el estilo con las que la extrema derecha (independientemente de lo que diga un jurado popular) dejó en evidencia la honorabilidad del señor Camps, quien dicho sea de paso finalmente tuvo la decencia de largarse a su señora casa.

Me he fijado en Valencia para retratar la indecencia patria, pero no les quepa duda de que ésta se extiende por todo el territorio español.  La Guardia Civil, El Corte Inglés y la indecencia, lo único que sigue vertebrando Expaña.

A los dirigentes no les quita el sueño nuestro futuro porque saben que saldremos de esta, y lo saben por sentido común, porque las sociedades son capaces de superar guerras, epidemias de gripe, sequías, hambrunas… lo que les echen.  Ahora también saldremos de esta.  Más pronto que tarde nos sobrepondremos al trauma de no salir todos los sábados y de volver a conducir el Kadett hecho mierda del tío Antonio.  En cambio, los dirigentes sí temen por su propio destino, porque si bien las sociedades sortean cualquier tragedia, la clase dirigente tiende a tambalearse.  En ocasiones caen desde lo más alto y pierden todo su poder.  En ocasiones, lo hacen pasando por la guillotina.  Ellos tienen más miedo que nosotros, pues son plenamente conscientes de que no les necesitamos.  Aunque ellos no cumplan con su cometido el pueblo llano siempre podrá encontrar a alguien que lo haga.  Por esa razón ahora intentan convencernos de lo contrario, tratan de inocularnos el miedo en el cuerpo para hacernos creer que son imprescindibles.  La solución será con nosotros o no será.  En esa tarea están quemando sus últimos cartuchos, y es de justicia admitir que hasta la fecha se están saliendo con la suya.

¿Estamos obligados a sufrir la mala administración de los políticos valencianos?  ¿Por qué?  ¿Quién les ha puesto ahí?  Muy sencillo: la gente.  Son los valencianos quienes han decidido que sean esos políticos y no otros los que les gobiernen.  En este enlace de la Junta Electoral Central están los resultados de los comicios autonómicos de mayo de 2011.  En ellos el Partido Popular consiguió 1.211.112 votos frente a los 687.141 que logró el Partido Socialista.  La fuerza de la Democracia es aplastante, faltaría más.  Retomo el artículo del Guardian para subrayar que la Comunidad Valenciana ostenta el récord nacional de desalojos, y de estos me temo que no podemos responsabilizar a los políticos, al menos no de manera directa.  El voto y el bolsillo, las armas más poderosas que a día de hoy tenemos los ciudadanos, están siendo empleadas para perpetuar el sistema que nos ha llevado hasta aquí, y así es que yo me pregunto: ¿Quién tiene más culpa? ¿El que mangonea o el que se deja mangonear?

Mucho me temo que las decisiones que afectan a nuestro voto y a nuestro bolsillo están determinadas por el miedo, ese mismo instrumento al que aludo arriba cuando describo la última estrategia de nuestra clase dirigente.  Que no cunda el pánico.  Saldremos de esta, y lo haremos de la única forma posible: sin ellos.  Porque no han hecho los méritos suficientes para salvarse de la quema y porque han demostrado ser unos inútiles avariciosos.  Vergüenza de sus compatriotas.  No se preocupen porque no les necesitamos.  Debajo de nuestra grave epidemia de codicia hay cantera, gente que de corazón quiere cambiar las cosas.  Por si fuera poco, también tenemos recursos.  Tenemos, en suma, potencia y control.  Solo falta concienciarse y cambiar el chip de una vez por todas.

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