¿DÓNDE ESTÁ MI PARTE?

Lo sé, estamos en agosto.  Lamento perturbarles en este mes que tanto se presta a la sana holgazanería mental con una entrada densa de las mías, pero he vuelto a caer en mi adicción a las estadísticas.  Justo cuando creía que levantaba cabeza he sufrido una recaída y he entrado a analizar uno de los estudios estrella del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), a saber, qué nos reconcome por dentro a los expañoles.

Este estudio, todo un clásico dentro de los que realiza el CIS, lleva varios años registrando cambios interesantes.  Lo más notorio es que la preocupación por el terrorismo se va deslizando al cajón de la historia.  Y lo hace sigilosamente, como debe ser.  En la encuesta de junio de 2012, solo una persona entre las 2.482 entrevistadas elige ‘El Terrorismo, ETA’ en la pregunta sobre el ‘Principal problema que existe actualmente en España’.  A mi entender, este es el mayor logro alcanzado por nuestra sociedad en los últimos años.

Las tres principales preocupaciones según el sondeo: El paro, los problemas de índole económica y la clase política y los partidos políticos.  Con unos porcentajes de 57´2, 17´8 y 8´9, respectivamente.  Otra de las opciones entre las veintiocho ofrecidas es ‘El Gobierno, los políticos y los partidos’, prácticamente lo mismo que la anterior (¿a qué responde esta duplicidad? ¿o no lo es tanto?).  En este caso el resultado es de apenas el 1´4 por ciento, pero independientemente del enunciado parece claro que la clase política preocupa, y mucho, a la población española.

Y yo me pregunto: ¿Qué hay de la clase humana?  Parece evidente que los políticos tienen un plus nada desdeñable de responsabilidad, pues para ello ejercen el sufragio pasivo y por tanto son elegidos para representar a sus conciudadanos.  Sin embargo, no creo que esta circunstancia deba hacernos escurrir el bulto y restar importancia a la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos.  Ostentamos responsabilidad, sí, como electores y consumidores.  También como seres que razonan y además de votar -o no votar- y consumir libremente educan a sus hijos y en definitiva interactúan con sus contemporáneos.  ¿O es que no tenemos nada que hacer y que decir, y por ello esperamos que los políticos asuman el cien por cien de las culpas?  En ese caso, también deberían apuntarse el cien por cien de los avances sociales, y por esa sí que no paso.  A mí la política del Papá pupa me pone los pelos de punta.  Me recuerda a otras épocas y otros países en los que la clase dirigente hace esfuerzos por mantenerse fuera del alcance del pueblo, como una deidad dotada de poderes supremos.

Afortunadamente en nuestro entorno las cosas dejaron de funcionar así hace mucho tiempo.  En mi opinión la clase política no es más que un trasunto de la sociedad, que lejos de estar cargada de virtudes lo está de vergüenzas que muchos tratan de ocultar a toda costa.  Los políticos encarnan los defectos que nos definen como sociedad, y muchos de nosotros correríamos el riesgo de acabar igual de intoxicados en su misma situación.

O como en el fútbol se suele decir: Sal tú a jugar, si tan bueno te crees.  Si crees que el poder y el dinero no te modelarán hasta hacer que tus principios se desvanezcan.  Si crees que estás hecho de una materia especial, sal tú a jugar.  La mayoría de la gente, es de justicia decirlo, demuestra cada día la maleabilidad de sus principios sin necesidad alguna de arañar el poder.  Lo ves en las oficinas, en la universidad.  Instalados en la cultura del diles que vas de mi parte.  No sin mis hijos.  Que lo limpie otro, a mí qué me cuentas.  Me preocupa especialmente ver esta actitud en los mi generación, los chóbenes.  Cuando estos andan desmoralizados, sin abandonar una actitud oportunista y cómoda ante la vida.  Recién salidos de la escuela técnica.  Cuando descubren que el futuro que les habían prometido se ha esfumado, como si tales promesas fueran de cumplimiento preceptivo habida cuenta del esfuerzo realizado y el respeto a las órdenes de sus padres, madres, profesores, tutores legales en general.  Alzan la cabeza y señalan con su rictus de insatisfacción a las altas esferas de poder, por vez primera y molestos por verse en la necesidad de hacerlo.  Entonces preguntan:

¿Dónde está mi parte?

No quiero ser miembro de la generación perdida, parecen pensar.  Generación perdida.  Como si efectivamente estuviéramos perdidos, pues se nos debía algo, el maná, la herencia de generaciones de esfuerzo, y ese algo se ha esfumado, y ahora debemos coger la lanza y salir a la arena nosotros solitos.  Una situación que a mi entender debería tomarse por normal, por un ejercicio de regeneración, en realidad está siendo asimilada como una depresión social que linda con lo suicida.  Me preocupa, y mucho, la actitud de esos jóvenes, esos mismos que defienden que no conviene que la gente trabaje muchos años para abrirles espacio a ellos.  Lo he escuchado, estos oídos han sido testigos de proclamas a favor de la lucha intergeneracional.  Se sobreestima a la juventud -la más preparada de la historia, dicen con grandilocuencia, sin demostrar nada más allá de su agudo caso de titulitis, esto es, que la preparación se mide por el número de diplomas- mientras se subestima a la generación anterior y a lo peor se le despacha antes de tiempo.  Me parece repugnante dada la cantidad de gente que superada la cuarentena se ve en la calle, con una familia a su cargo, una relación difícil con el banco y sin casi posibilidad de reengancharse al mundo laboral.  Repugnante si pensamos que hay gente que sí lo está pasando realmente mal, ahora, hace años, y seguramente en el futuro.

En el fondo todo responde a principios bien básicos.  Somos la herencia de una estirpe forjada durante miles de años a base de zancadillas.  El más violento, el más cobarde, el más mentiroso.  Ellos son nuestros ancestros, pues gracias a su falta de escrúpulos lograron sobrevivir y diseminar su ADN contaminado de indecencia.  ¿Qué nos hace pensar que los supervivientes, por los siglos de los siglos, fueron aquellos con más sentido de vida en comunidad?  El hombre, por muchos informativos que veamos, no está mentalmente preparado para asumir que forma parte de una comunidad de 7.000 millones de miembros, los cuales han de organizarse para repartirse los recursos de una Tierra que muestra serios síntomas de agotamiento.  La condición humana nos impide percatarnos de este hecho determinante y actuar en consecuencia.  Nuestra especie, sencillamente, aún no ha evolucionado hasta llegar a ese estadio.

¿Pero acaso no es así?  ¿No vivimos en un sistema globalizado?  Pues bien, en ese sistema los hay que trabajan el doble y tienen la mitad.  No imaginamos, ni por asomo, cómo están las cosas ahí fuera.  En ese juego global Expaña ha decidido meterse hasta el tuétano.  Salvaguardamos el saqueo que el dictador de Guinea Ecuatorial ejerce sobre su país.  Promovemos el libre intercambio de alimentos sin preocuparnos lo más mínimo por la ecología.  Consentimos la opresión de los pueblos.  Mantenemos el estatus de intocable para empresas y personas.  Nada de esto fue elegido en referéndum.  Hablo de situaciones que nos han venido dadas, pero de las que hemos de reconocer sin tapujos que se han traducido en beneficios económicos.

No estoy insinuando que no hay razones para quejarnos.  Sencillamente creo que estamos apuntando mal.  Si la clase política no lo está haciendo bien se debe a que la sociedad tampoco está mostrando su mejor cara.  Ella solita, con su voto, decide que un bipartidismo alérgico a cualquier cambio real se perpetúe, y ella es la que con sus hábitos de consumo obliga a que prevalezca todo lo demás.  Muchos quieren ver vientos de cambio en la actual oleada de indignación ciudadana.  Bienvenida sea en la medida en que ésta sirve para echar a la gene a la calle y mantenerla inquieta.  Hay manifestantes que están en la calle por convicción, sabedores de que tienen una función por desempeñar como ciudadanos responsables y a los que la crisis solo les ha hecho medrar ante la adversidad, pues ya entraron en la lucha cuando ésta no era moda.  Pero francamente, a mí lo que más me inquieta es pensar dónde estábamos cuando en Expaña atábamos los perros con longaniza y ocho millones de personas vivían en la pobreza.  La clase política de aquel entonces era la misma que ahora.  ¿Por qué no la señalábamos con el dedo?  ¿Eran los Gobiernos de Aznar un conjunto de superhombres que, ellos sí, representaban una auténtica deidad cargada de virtudes supremas?  Me temo que no, me temo que en aquellos días de vino y rosas todos estábamos en nuestras señoras casas.  No pocos jóvenes sin ningún interés por la arquitectura se hacían pajas pensando en el momento de llevárselo crudo por dibujar planos.  Otros ahorraban de su salario en la obra para el Golf TDI.  Y así cada uno con sus pequeños sueños de progreso impostado, de ese que de tanto recalentarse ya huele.

Como diría un amigo mío, viva España pero sin españoles.

Hete aquí que despertamos del sueño. Y en este punto de la trama es cuando convertimos a los de arriba en el blanco de todas las críticas y les espetamos: ¿Dónde está mi parte?  No estamos pensando en transformar el sistema de arriba abajo, caiga quien caiga, para corregir nuestros defectos y avanzar como sociedad.  Lo que nos nubla la vista es dónde está nuestra parte.  Nuestra parte de carroña, se entiende.  De la noche a la mañana nos hemos descubierto luchando a uñas y dientes por los despojos de un sistema que se viene abajo.  Así somos.  Nos peleamos hasta por carroña.   ¿Me van a decir que nosotros, la sociedad, encarnamos valores más nobles que la clase política?

En lo que a mí respecta, si me dais a elegir prefiero no tomar parte en esa sociedad.  Prefiero ser una de las ratas que abandona el barco antes del hundimiento.

Debemos pisar el freno y preguntarnos en qué estamos fallando como colectivo.  Me recuerda a ese colega que uno encuentra siempre quejicoso por sus propios males.  Si no es una cosa, es la otra, pero no hay día en que no le asalte una preocupación.  Ante esa concatenación incesante de fatalidades solo queda asumir que algo estará haciendo mal.  Quién no ha dicho alguna vez a un amigo: Tú no tienes problemas.  Tú eres el problema.  Cuando cunde la picaresca y las personas mostramos nuestra peor cara no podemos menos que auscultarnos a nosotros mismos e intentar en la medida de lo posible amputar nuestra condición ruin, que en buena medida es la que nos gobierna.  Será mejor que lo asumamos cuanto antes.  La necesidad de cambio es perentoria y ya no hay tiempo que perder.

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3 respuestas a ¿DÓNDE ESTÁ MI PARTE?

  1. Jacobo dijo:

    +1 para el autor del blog. Me ha gustado la entrada y estoy de acuerdo. Aunque seguramente no compartamos el mismo criterio de hacia donde debe ir la sociedad al menos creemos que hay que ir hacia otra parte.

    • fenrisolo dijo:

      Entonces estamos de acuerdo en la idea principal. Normalmente en esta vida no se trata de tomar una decisión correcta, sino de tomar una decisión. Aunque luego resulte errónea, al menos tenemos la certeza de que siempre es mejor que no tomar ninguna.

      No sé por qué, pero esperaba una reacción airada del comentarista Jacobo, pero me complace ver que no ha sido así.

  2. Seferin dijo:

    +1 + 1 para el autor del blog, porque a mi también me ha gustado la entrada y estoy 100 % de acuerdo. Aunque soy esceptico, por ver que si de verdad habra algún cambio en la sociedad en el futuro cercano.

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