JAVIER MORENO – CLICK

En mis años de EGB (suena viejuno, lo sé) tuve una profesora que cuando nos llevaba a la biblioteca del colegio hacía una peculiar distinción entre los niños y las niñas.  A nosotros nos hacía leer tochos infumables sobre la historia de Aragón, apenas salpicados por unos dibujos de reyes y califas.  En cambio, a ellas les dejaba leer ejemplares de la popular colección ‘Elige tu propia aventura’, en la que el lector decide qué camino seguir dentro de las opciones que el autor le ofrece, y que consisten en ir buscando páginas determinadas.  Así, cada lector crea su propio relato.  Eran una herramienta formidable para potenciar la imaginación de los escolares, y resultaban tremendamente adictivos y divertidos.  Estoy hablando de un auténtico libro interactivo, mucho antes de la aparición del libro electrónico al que ahora estamos de sobra acostumbrados.  ¿Qué habrá sido de esos libros?  Ya no los veo por ninguna parte.

No intentaré desentrañar la oscura razón por la que mi profesora entendía que las niñas merecían leer la colección de la editorial Timun Mas mientras a los niños nos correspondía aprender la historia de Aragón como Dios manda.  Hay cosas que es mejor que el hombre nunca sepa.  He recordado ese momento de mi vida porque la lectura de aquellos mamotretos se convertía para mí en una insoportable letanía de fechas y nombres, lo que provocaba la risa de mis compañeros de pupitre.  Nunca he sido un lector ágil ni he destacado por mi afición a la historia, pero el hecho de ser el alumno más retrasado en la lectura despertaba no pocas suspicacias en aquella biblioteca.  Y sabía leer razonablemente bien, que si no, a lo peor me habrían tomado por retrasado mental.  Como mis compañeros de pupitre tampoco eran precisamente unos yonquis de la historia regional, con el paso de los años he llegado a la conclusión de que hay personas con cierta facilidad para leer, aun sin enterarse de nada y aunque el relato en cuestión no les interese lo más mínimo.  Yo soy incapaz.  Como para todo en esta vida, necesito una fuerza sobrehumana que me empuje.  Llamadlo interés, pasión, redención, lo que sea, pero algo que me mueva y me haga sentir que no estoy perdiendo el tiempo.  Si no, ya me pueden poner ‘Teo desayuna’ que no voy a ser capaz de acabármelo.  Al contrario, su lectura dinamitará mi capacidad lectora.  Así pretenden luego, de manera torticera, aficionar a los niños a ese noble hábito.  Cuando era crío y no me quedaba otra que terminarme un libro para niños, uno de esos que subestima la imaginación de muchos escolares a los que toman por tontos, seguía las líneas con la vista y pasaba las páginas con parsimonia sin detenerme a leer siquiera una de sus palabras.

Quién se atrevía a revelarse, con la foto de los reyes vigilantes desde lo alto de la pared.

Con Click, de Javier Moreno, he sentido tentaciones de hacer lo mismo.  Ha resultado una decepción porque la carta de presentación era bastante buena.  Editorial Candaya, un respeto, la misma de Agustín Fernández Mallo y Miguel Serrano Larraz, autores ambos que se embarcaron en el mundo de la física con éxito desigual para después pasar a aplicar sus conocimientos a la literatura, dándole un nuevo giro nunca visto hasta ahora (sí, postmoderno a saco) e intentando hacer de este arte algo matemático.  Javier Moreno se mueve en los mismos parámetros, y de hecho cursó estudios de matemáticas.  En Click no oculta su interés por las probabilidades y las explota al máximo.  Es de justicia reconocer que estamos pues ante una novela valiente y sin fronteras, pero que finalmente no logra mantener su leitmotiv intacto.  Cuesta mucho sacar toda su enjundia literaria, como si esta se perdiera en alguna de las 262 páginas.  Una historia demasiado enrevesada, excesiva.  Por ponerse en situación, el protagonista, Quisque Serezádez, es un oficinista harto de la rutina que da rienda suelta a su juego mental con las probabilidades y a su concepto de belleza.  Es la búsqueda de ese concepto lo que le mueve en este mundo, casi a la manera stendhaliana pero con peligrosas consecuencias en su relación con varias mujeres que vienen y van a lo largo de la historia.  Por añadirle un poco de tensión, que por otra parte pasa bastante desapercibida en el relato de los hechos, a medida que narra la historia Quisque va apretando una pistola en la que ha introducido una única bala.  Los comentarios sobre el suicidio son una pauta en la estructura del relato.  Recuerda a aquella otra novela de Enrique Rubio, murciano como Moreno y para más imri igualmente aficionado a la ciencia.  Se llamaba ‘Tengo una pistola’ y era algo así como una historia viciada en la que el deprimente protagonista hace girar su pensamiento en torno a una pistola.  No estaba del todo mal la novela, que en realidad partió de un breve relato -premiado por Booket- del que Rubio logró sacar cuatrocientas páginas.

En el caso de Click el autor se puso desde el principio el listón muy alto, a saber, trasladar al lector una idea tan compleja y con tantas aristas como la belleza.  De haberle dado resultado estaríamos hablando de la gran novela de comienzos de siglo o algo así.  La verdadera regeneración literaria que algunos vieron en Nocilla Dream de Fernández Mallo.  Sin embargo, leyendo Click me he encontrado con una propuesta dispersa y poco macerada.  Moreno escribe con corrección, pero no puedo evitar la comparación con Serrano Larraz y su aclamado Órbita, una deliciosa compilación de relatos que parecen respirar un aire nuevo con su original escritura.

No quiero llevar a engaños.  Esta no es una filípica atroz.  Que no haya disfrutado leyendo Click no significa que no recomiende su lectura.  Merece la pena, como toda obra bien escrita y valiente que, aun quedándose en el intento, busca abrir horizontes para el lector.

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