UN MINUTO PARA LA PAZ Y UNA VIDA PARA LA GUERRA

Recordádmelo si es preciso, pero en una próxima entrada revelaré quién dice aquello de “Vendes paz, como los sepultureros”.  Hoy me limitaré a desmantelar este enunciado.

Es del todo imposible vender la paz, tanto como comprarla.  La paz es caprichosa, aparece de repente y en la mayoría de las veces apenas te acompaña unos minutos.  Se esfuma enseguida, sepultada por pensamientos inoportunos.  Es una novia díscola de la desorientación, y como tal hace acto de presencia cuando menos consciente es uno.  Basta con recuperar el sentido del tiempo y del espacio para que la paz se evapore en el ambiente, entremezclada con motas de polvo y partículas de CO2.  Que no os engañen: no hay fortuna en el mundo para comprar un minuto de paz.  Cuando esta te acompañe asegúrate de que aprovechas el momento.  Detente como si fueras una tortuga aletargada y toma una instantánea mental de la situación.  Así, cuando lleguen los vientos de guerra (y estos siempre llegan) podrás rememorarla y decir convencido que tú viviste la paz.

Hace poco lo dije en otra entrada.  Durante siete años viví en la ciudad de las mil atmósferas.  Lo que tendría que haber sido una vida plácida de estudiante fue en verdad un largo periodo de intranquilidad, y no lo fue por factores externos.  Toda esa desazón que me perturbaba me salía de muy adentro, la sentía pegada a mis tripas, como todas las emociones importantes.  Durante aquellos largos años mi tiempo estaba estructurado por épocas de exámenes y letárgicas temporadas en las que a toda costa trataba de zafarme, en vano, de ese sentimiento incómodo.  Entonces lo llamaba angustia.  A ella le atribuía mis andares pesados y mis noches en vela, y hoy sigo sin encontrar otro factor al que echarle la culpa.  Probablemente no nací para esa rutina de universitario, no en mis estudios ni en mi facultad, donde primaba la máxima de ver el tiempo pasar.  Las dos mejores decisiones que tomé durante mi etapa en la gran ciudad fueron (1) dejar de ir a clase para empezar a trabajar y (2) abandonar la ciudad, por ese orden.  Para hacer justicia y nivelar el discurso admitiré que fui feliz.  Refugiado en las artes y en amigos que se pueden contar con los dedos de una mano sobreviví más bien que mal a ese periodo de frustraciones no resueltas.  A lo largo de esos siete años viví en un colegio mayor y varias casas.  Una de ellas era una antigua frutería reconvertida en apartamento.  Terminé por conocerme varios barrios como la palma de mi mano.  Atravesé la ciudad de norte a sur incontables veces, más o menos sobrio casi todas ellas.  Conocí a gente de media Expaña y parte del extranjero.  Vi a El Guincho en concierto (¡El Guincho!) y a los Crystal Castles.  También disfruté en las exposiciones de arte, así como en los bares de Fuencarral.  Disfruté sentado en las plazas, bebiendo cerveza…

Y en medio de tal felicidad de andar por casa y de tanta angustia sin causa, yo también experimenté la paz.  Me vino de repente, como siempre lo hace, una mañana nubosa de octubre de 2007.  La paz me vino aquí:

Fue en una de las incontables casas en las que dormí esporádicamente, invitado por amigos, bien para no esperar al primer metro de la mañana, bien porque estaba buscando piso y no tenía donde caerme muerto.  Un edificio en ángulo cerrado que desde su extremo sur observa Madrid centro, y que con el paso de las décadas se ha convertido en testigo privilegiado de su transformación.  Frente al Reina Sofía, en cuya cafetería también asistí a un concierto de Rustie antes de su asalto a las listas de éxitos.  Por aquella vivienda, un quinto sin ascensor, había desfilado una lista inabarcable de padres divorciados, pensionistas, erasmus y camareros del Starbucks.  Uno de ellos era el amigo que amablemente me alojaba por unos días, y con el que la noche anterior había salido a conocer los rincones más ocultos del barrio La Latina.  Me desperté, pues, bastante tarde, y aun sin salir de la cama tardé un largo rato en desperezarme, prolongando ese dulce limbo en el que todos permanecemos de prestado nada más despertar.  Afuera las nubes amenazaban lluvia y teñían el dormitorio, completamente desconocido para mí, de un gris que le daba aspecto de estudio de arte.  El colchón descansaba en el medio de la amplia estancia.  Al alcance de mi mano no había nada a lo que asirme.  El curso comenzaría poco después y yo aún no tenía casa.  Estaba y me sentía desarmado, falto de ataduras.  Entonces, desde el salón contiguo comenzó a sonar:

Y llegó la paz, de repente, como siempre lo hace.  Vino tan rápido como se esfumó.  En esa minúscula fracción de mi vida mi mente se perdió en una trascendental conversación de vagabundos, una conversación que no existió, no existe y no existirá.  Unas neuronas rebeldes en un extremo de mi cerebro seguían proyectando el rostro de una estudiante asiática sonriente.  Ella disfruta de una fiesta en la Joy Eslava y asoma a través de las páginas de la InMadrid.  Curiosamente unas semanas antes había abierto mi primer blog, en el cual a duras penas conseguía hilvanar unos párrafos coherentes.  Han pasado unos cuantos años, pero creo recordar que aquella mañana fue mi última en Madrid antes de bajar a Zaragoza por Pilares.  Ya nada volvería a ser igual.  Al término de las fiestas volé a Reino Unido, donde permanecí tres semanas antes de empezar el nuevo curso.  Bastó con unos días y ese par de viajes ajetreados para sentir nostalgia de aquel momento, tristemente desplazado por las lágrimas.

Ayer domingo, mientras yacía en la cama como casi en coma, me sobrevino un recuerdo vívido de aquella experiencia ascética.  Por unos segundos sí logré zafarme de los pensamientos obsesivos que, como nubes proyectando oscuridad, nublan mi mente.  Aquí, Isobel Campbell vaciando botellas de ron y whisky en el lavabo.  Más allá, una joven con un par de rosas en la mano atraviesa el paseo Sagasta como una estrella fugaz.  Todo eso desapareció mientras mi amigo tocaba los acordes de Gymnopedie en el piano vertical del salón contiguo.

Ahora volveré a decirlo henchido de orgullo: yo sentí la paz.  Y ahora siento no tenerla.

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