SCORAIG, CAMINO HACIA LA AUTOSUFICIENCIA

Una pequeña comunidad escocesa saca partido de su aislamiento y se dirige a la autosuficiencia gracias a la energía eólica

Antiguo faro de Scoraig, hoy reconvertido en centro de visitantes / Enrique Cardoso

Los cerca de 70 habitantes de Scoraig, en la costa noroccidental de Escocia, experimentan por igual las ventajas e inconvenientes de vivir aislados por carretera.  Para acceder a su remota península apenas disponen de un angosto y largo camino que rodea un precipicio y que no es apto para vehículos a motor, así como un pequeño barco que solo opera en servicio regular tres veces a la semana.  Ni siquiera los vehículos todoterreno son capaces de transitar por muchos de los caminos que atraviesan el territorio.  Por si fuera poco, las ráfagas de viento casi ininterrumpidas imposibilitan el crecimiento espontáneo de los árboles y dotan al territorio de un aspecto inhóspito y lunar pese a las frecuentes lluvias.

Estas circunstancias han convertido a Scoraig en un laboratorio de la autosuficiencia, en un ejemplo de cómo es posible vivir alejado del tráfico y las infraestructuras básicas de cualquier núcleo poblacional.  Toda persona que decide levantar aquí su casa debe instalar sus propios sistemas de generación de energía, suministro de agua y vertidos.  El agua procede de manantiales y pozos, los vertidos residuales van a parar a fosas sépticas y los molinos eólicos y paneles solares se encargan de generar la electricidad que luego es almacenada en baterías.   “La mayoría de los que llegaron pensando que era un lugar ideal para vivir se han acabado marchando”, relata una de las habitantes más veteranas de Scoraig, quien no duda en señalar que no se trata del lugar más bonito de Escocia, ni tampoco del que cuenta con mayores facilidades.  No es poca la gente que llegó tratando de huir de la rat race (“carrera de ratas”, término con el que los británicos aluden despectivamente a la vida en la ciudad) y poco después volvieron a esta, dejando tras de sí sus pertenencias en casas y caravanas hoy abandonadas.  La amplia mayoría de las personas que sí lograron adaptarse al aislamiento se muestran en contra de construir una carretera, al señalar que cambiaría la esencia del lugar.  La ausencia de tráfico rodado les aleja del ruido y la contaminación, al tiempo que crea un buen entorno para los niños y fomenta la comunicación entre las personas.

Embarcadero de Badluarach, al otro lado del Little Loch Broom / Enrique Cardoso

La comunidad que habita el lugar se ha ido forjando en las últimas cinco décadas.  Durante el siglo XIX la población se contaba por cientos.  Huían de las expulsiones ordenadas por latifundistas que pretendían destinar sus campos a la actividad ganadera.  En Scoraig encontraron su refugio, pues se trataba de un territorio demasiado indómito para trabajar la tierra y mantener los rebaños.  Sin embargo, con la Segunda Guerra Mundial gran parte de los habitantes emigraron para no volver nunca.  En los sesenta apenas quedaban dos familias que vivían aquí de forma permanente.  Hoy Scoraig presenta otra cara bien distinta.  Dispone de una guardería y un colegio de primaria con siete alumnos que disfrutan de unas instalaciones envidiables.  También hay una sala de reuniones y un pequeño centro de visitantes, este último instalado en el antiguo faro gracias a las aportaciones de los propios vecinos.  Hasta hace pocos años disponían además de instituto de secundaria, pero en la actualidad los adolescentes a partir de 14 años deben alojarse cinco días a la semana en un albergue de la cercana Ullapool para asistir a clase.

Con el fin de reducir sus desplazamientos, muchos de los habitantes de Scoraig cultivan en huertos, crían gallinas y mantienen hatos de vacas, ovejas y cerdos.  También pescan en las generosas aguas que rodean su península y en ocasiones cazan ciervos que se adentran en sus parcelas.  Son personas avezadas en la permacultura, esto es, la producción sostenible de todo lo necesario para subsistir, minimizando así su impacto en el entorno natural.  Una de sus prioridades es la plantación incesante de árboles para obtener leña y evitar que el viento dañe sus huertos.  Entre las personas se ha establecido un sistema de trueque mediante el que logran abastecerse de lo imprescindible sin necesidad de cruzar el fiordo.  Asimismo, a la hora de transportar cualquier carga pesada todos los habitantes colaboran unos con otros para llevar a su territorio elementos indispensables para la fabricación de turbinas y paneles solares, materiales de obra, el alimento del ganado y tractores.  En ocasiones han de juntar varias barcas y aliarse con las mareas con el fin de evitar que la carga caiga al fondo del mar.

Algunos vecinos de la península desempeñan actividades laborales que les han hecho ganarse un nombre al otro lado del

fiordo.  Entre ellos se encuentra un fabricante de violines, uno de calcetines de lana y varios constructores especializados en roca, materia prima abundante en la zona y que dota a las viviendas de Scoraig de cierta peculiaridad, una vez la roca ya no es empleada por el sector de la construcción en el resto de las Británicas al ser sustituida por materiales más ligeros y prácticos.

El impulso de las turbinas eólicas

Pero si hay alguien que ha trascendido los límites de Scoraig y cuya labor ha resultado determinante para el crecimiento de la población ese es el experto en molinos de viento Hugh Piggott.  Tras su paso por la Universidad de Cambridge llegó a la península en 1974 con la intención de vivir de la forma más autosuficiente posible.  El propio Piggott cuenta cómo enseguida se dio cuenta de que no era ducho en el cultivo de hortalizas, al tiempo que crecía su interés por las energías alternativas.  Con el transcurso de los años sus rudimentarias turbinas se fueron haciendo cada vez más populares entre sus vecinos, necesitados de energía para iluminar sus hogares en los largos inviernos del norte de Escocia.  “Pocas personas tenían electricidad, y si tenían provenía de un generador y solo lo empleaban un rato por la noche”, recuerda Piggott sobre Scoraig.  “Era más aislado en los setenta.  No veías tanta gente (…) En aquellos días si tenías agua corriente y caliente eso era algo muy, muy cómodo”.

Hugh Piggott en su pequeño taller de Scoraig / Enrique Cardoso

Tras décadas de investigación, éxitos y fracasos, Piggott se ha convertido en un experto con reconocimiento a nivel internacional.  Ha viajado por medio mundo para mostrar y producir a gran escala los sistemas que previamente ha desarrollado en Scoraig, donde es responsable de cada uno de los molinos que se alzan sobre las casas.  Las hélices son cuidadosamente perfiladas a partir de madera de alerce, muy dura y resistente.  Las torres son antiguas tuberías fijadas a la tierra con multitud de alambres de acero.  Piggott calcula que para instalar un sistema doméstico basta con siete hombres trabajando cinco días.  No obstante, matiza que suelen producirse fallos.  “Tienes que contar con que habrá que hacer algunos arreglos”. Casi todos los miembros de la comunidad disponen además de generadores que emplean cuando el viento y las horas de sol no son suficientes para cargar las baterías.  “Es ruidoso (…) contaminante, también es bastante caro por el precio del combustible.  No es una buena forma de generar electricidad pero a veces tengo que hacerlo”, reconoce Piggott sobre su generador diesel.

Pese a estos problemas puntuales, se muestra optimista ante la mejora experimentada recientemente en el campo de las turbinas domésticas, y va más allá al señalar que los usuarios “pueden ahorrar dinero de su propia electricidad y gastos y además pueden vender energía y cobrar solo por generar energía renovable con la Feed-In Tariff”, en referencia a la tarifa que contempla el pago de primas a quien produzca energía a través de estos sistemas, aunque sea para consumo doméstico.

Al tratarse de un sistema que se está haciendo cada vez más popular en poblaciones aisladas, los precios de producción están bajando considerablemente. “Pero al final no va a ser tan barato como las turbinas realmente grandes, porque es como trabajar en un servicio de mensajería con motos en lugar de hacerlo con grandes camiones”, ilustra Piggott, quien respalda de plano las políticas mediante las que el Gobierno escocés pretende dar un empuje histórico a la energía eólica, precisamente en una de las regiones de Europa con más  viento.  “Siempre va a estar ahí, siempre ha estado ahí y si no lo empleamos lo estamos perdiendo porque el viento que sopla hoy no estará ahí mañana (…) Vale la pena porque así conservamos la riqueza de la tierra para la gente que venga en los próximos siglos”, comenta, no sin mencionar las reservas de gas y petróleo en el Mar del Norte, cada vez más escasas.

El interés de este experto por las energías renovables responde a una actitud vital que comparte con la mayoría de habitantes de Scoraig.  Según sus palabras, se trata de intentar “vivir una vida más simple”.  “Es algo que todo el mundo debería plantearse (…) Quizás podemos ser felices con menos y entonces el mundo podría seguir funcionando, porque si la gente cada vez quiere más y más cosas y cada vez hay más y más gente, no va a funcionar”.

Bill Burstall, conductor del único barco que ofrece servicio regular a Scoraig / Enrique Cardoso

Con el paso de los años, los vecinos de Scoraig han visto cómo su nivel de vida aumentaba considerablemente.  El embarcadero al otro lado del fiordo está lleno de coches, y son frecuentes sus viajes a las grandes ciudades del sur.  Sin facturas por pagar y una vez han aprendido a abastecerse de alimentos, disfrutan de una vida tranquila al tiempo que piensan en ampliar sus casas y dotarse de mayores facilidades.   El propio Piggott admite: “No he cambiado de mentalidad, he cambiado de hábitos.  Quizás he sido menos exitoso intentando llevar una vida sencilla”.  Por último, remacha que es el aislamiento lo que hace de Scoraig un lugar único para sus habitantes: “No sé por qué es algo atrayente, es algo que no puedo explicar”.

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2 respuestas a SCORAIG, CAMINO HACIA LA AUTOSUFICIENCIA

  1. Seferin dijo:

    La evolución de la energías renovables, así como la progresiva eficiencia de los últimos años de la energía fotovoltaica, Eolica a pequeña escala y de formas de almacenamiento de estas (baterias de almacenamiento, rectificadores de onda, etc) a sido gracias a grandes inversiones de I + D en diversos centros de investigación por todo el mundo. Supongo que sitios como este son los ideales para probar la eficacia real y con necesidades reales, así para poder percibir pequeños errores.

    Supongo que la gente de este pueblo deben de ser muy expertos en utilización de energia solar y eolica en viviendas aisladas a nivel técnico, ya que por el mundo no esta muy implantado. Aunque por España existen zonas ilegales donde se ha edificado, y se han implantado estas formas de energía.

    Quiero también añadir que si dimensiona de forma correcta las baterias de almacenamiento según un cálculo relacionado con las horas de sol y viento durante el año; no hace falta la instalación de generadores diesel auxiliares.

    • fenrisolo dijo:

      Lamentablemente en el norte de Escocia los rayos solares tienen poca fuerza y las placas necesitan más tiempo para acumular esa energía. Además, al ser los días muy cortos en invierno y sufrir muy mal tiempo, suelen necesitar sistemas alternavos para emergencias.

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