ANDREW MILLER – LOS OPTIMISTAS

Vivimos rodeados de capítulos de ‘Los Serrano’.  Los vemos en televisión, los escuchamos por la radio y los leemos en libros.  Cuando menciono esta serie protagonizada por el omnipresente Antonio Resines -está en todas partes; debe de hacer más caja que un actor español de doblaje- en realidad me refiero a los productos culturales ideados única y exclusivamente para entretener.  No tienen ningún otro fin.  No busquen un leitmotiv profundo ni un arriesgado planteamiento estético porque no los van a encontrar.  Son comida rápida, productos de usar y tirar.  Como cultureta de medio pelo que se precie siento lástima al comprobar que son esos productos los que se ganan el favor del gran público.  Junto a ‘Los Serrano’, El Canto del Loco y Carlos Ruiz Zafón encontramos propuestas que más allá de ofrecer entretenimiento plantean ideas, dan que pensar, y no se comen ni una mierda.

No hagamos sangre.  La industria cultural también ofrece buenos productos pensados solo para gustar.  Las librerías están llenas de novelas inocuas.  ¿’La Sombra del Viento’?  Esa sí hace sangre.  Sufro espasmos cada vez que recuerdo cómo, hace años y ante la insistencia de una fanática, traté de encontrarle algún atractivo a esa insípida historia.  Recuerdo cómo intentaba escalar sobre sus páginas sin apenas oxígeno.  Una cosa es ver de tanto en cuanto las paridas de Resines y las intervenciones de Verónica Sánchez; otra bien distinta leerse el guión de una temporada completa de ‘Los Serrano’.  Además de best-sellers infumables también hay libros modestos que realmente hacen pasar un buen rato y enseñan algo de léxico.  Libros como este, ‘Los Optimistas’, de la editorial Salamandra:

Confieso que la única razón por la que escogí esta novela de la biblioteca fue porque el protagonista es un reportero de guerra.  Enseguida me di cuenta de que el reporterismo bélico es solo un telón de fondo para la trama.  Clem Glass vuelve traumatizado de un viaje a un país africano, inspirado en la Ruanda del genocidio, e intenta contribuir a la recuperación de su hermana Clare, profesora universitaria que, sumida en una depresión, es incapaz de valerse por sí sola.  El fotógrafo británico se hunde poco a poco en sus propias pesadillas.  Duerme mal, bebe peor, lo típico.  Se nota que el escritor, el bristoliano Andrew Miller, habla de la profesión desde fuera.  Publicado en 2005, este libro bien podría haber contenido alguna de las problemáticas a las que cada vez más se enfrentan los reporteros gráficos de todo el mundo, como la falta de encargos.  Aquí no se habla de la trayectoria que sigue un hombre para acabar publicando en el Times.  Miller se limita a relatar las decisiones tomadas por Glass con el fin de ayudar a su hermana y de encontrar al responsable de una masacre.  Además incluye una ración de sexo bien dosificada, y poco más.  En algunos momentos trata de aferrarse a un cuadro que sirve de elemento recurrente.  Se trata de ‘La Barca de la Medusa’, del pintor romántico francés Théodore Géricault.  En este famoso óleo el protagonista cree ver el desasosiego del que son partícipes tanto él como su hermana.

Para historias sobre reporteros intrépidos ya tenemos a Ryszard Kapuscinski.  Quién mejor que él para narrarnos, en primera persona y sin ambages, las aventuras y desventuras de un periodista en el continente africano antes del declive de los medios.  Aunque realmente el objetivo del corresponsal polaco no era otro que relatar los conflictos con rigor.  Para historias crudas sobre reporteros intrépidos -sin lecciones magistrales- ni siquiera hace falta acudir a la biblioteca.  Basta con recordar al malogrado Kevin Carter.

‘Los Optimistas’, en cambio, es un libro sobre un reportero de guerra pensado para gente que no quiere saber nada de reporteros de guerra, sino que se conforma con leer una historia medianamente bien escrita.  En las últimas páginas del libro Miller pretende aportar todo el significado que no ha querido, o no ha sido capaz, de incluir en las anteriores.  En boca de un sargento de Policía hace una suerte de revelación sobre los remordimientos de conciencia de Glass y, por extensión, de los lectores que se den por aludidos.  Una forma demasiado pueril de contarnos el sentido general de la historia.  Quien busque algo de enjundia en ‘Los Optimistas’ pensará que con ese párrafo final era suficiente.  No era necesario en absoluto entretenernos con un relato sobre una familia poco unida y unos fotógrafos atribulados.  Ya que hemos tenido que leer las 279 páginas previas, merece la pena concluir que, al menos, ‘Los Optimistas’ es en su forma un buen libro, aunque el fondo sea prácticamente inexistente.

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