SALIR CORRIENDO, UNA FORMA DE ENCONTRAR LA LIBERTAD

Bradford es la ciudad de todo Reino Unido en la que las tensiones sociales están más enconadas.  Es un giro de tuerca, una espiral de problemas de convivencia entre distintos grupos étnicos y religiosos.  Descansa en el condado metropolitano de West Yorkshire, el corazón de la isla de Gran Bretaña.  En Bradford reside una nutrida comunidad de asiáticos.  Por poner un ejemplo, tres cuartas partes de los habitantes del distrito de Frizinghall son paquistaníes.  Hay un 16 por ciento de bradfordianos que profesan la religión musulmana.  La tasa de desempleo está por las nubes en comparación con la media nacional, y se ceba sobre todo con los jóvenes de las minorías.  También se registran unos altos índices de criminalidad.

Estos problemas no son extrapolables a otras ciudades británicas donde sí impera una convivencia pacífica.  La lacra del conflicto social y la delincuencia en Bradford viene de lejos.  Se remonta, al menos, a los años ochenta.  Fue entonces cuando entraron a robar en la casa de Anna.

Anna era joven, no alcanzaba los 25 años.  Entonces tuvo una casa, un coche, un curro.  También tuvo ropa, muebles, y comida para alimentarse.  Tuvo estabilidad, en medio de un degradado barrio de Bradford, ciudad a la que se había mudado procedente de alguna otra zona anodina de Inglaterra.  Anna era feliz, se felicitaba por su modo de vida.  Tomó esa estabilidad económica por la libertad más genuina.  Todos los días acudía  despreocupada a su trabajo.  Disfrutaba de sus amigos y de los no pocos clubs de reggae de la ciudad y se permitía alguna que otra escapada.  Una vez, a la vuelta de unas breves vacaciones, encontró su apartamento desvalijado.  Durante su ausencia alguien había entrado a la fuerza.  Se lo habían llevado todo, hasta las plantas.  Su pequeño domicilio parecía una cáscara hueca, vacía de una vida que apenas si empezaba a asentarse en ella.

Anna me cuenta todo esto 25 años después.  Sentada frente a mí en la mesa de la cocina.  En la cocina de su granja en el inhóspito norte de Escocia.  Hoy, para acceder a la casa de Anna hay que recorrer cientos de kilómetros por estrechas carreteras, aparcar el vehículo a un lado del mar, junto a las rocas, y echar a andar durante horas, a través de un camino estrecho que bordea un precipicio.  Antes es preciso consultar el parte meteorológico.  Una ráfaga de viento huracanado o unas lluvias más persistentes de lo habitual harían el camino intransitable.  Una vez superado el peligro hay que seguir caminando a través de una pista de tractores, la única conexión entre la granja y el mundo exterior.  Anna vive frente a un fiordo, sin el ruido del televisor ni la nevera.  Muchos días, en ausencia de Chris, su única compañía son las focas que la observan cuando baja hacia la playa empedrada, donde recoge algas con las que más tarde hará compost vegetal.  Mientras me habla de sus días de vino y rosas parece contener el llanto.

Trató de rehacer su vida.  Cobró el seguro y fue comprando una a una las pertenencias que le habían arrebatado.  Un secador de pelo, una lavadora, el papel de las paredes, esas cosas.  Enseguida le volvieron a entrar a robar.  Poco después, le robaron una tercera vez.  En estas últimas ocasiones no le desvalijaron la casa, sino que apenas se llevaron algunos objetos de valor, pero ese tercer incidente tuvo en Anna el impacto de una herida mortal.  Ante la mirada incrédula de sus vecinos -en su mayoría familias paquistaníes y abuelas británicas resabiadas- Anna observó cómo los pilares sobre los que había cimentado su vida se venían abajo ¿Qué sentido tenía poseer cosas?  Qué sentido cuando alguien puede llegar, irrumpir en tu apartamento y arrebatártelas con pasmosa facilidad.  En un arrebato de valentía, y una vez cobró los varios cientos de libras que el seguro le ofreció tras el último robo, Anna desmanteló su vida en la ciudad de Bradford y puso tierra de por medio.

¿Adónde fuiste?, le pregunto.  A México y Centroamérica.  A Jamaica.  Anna recorrió multitud de países, descubrió un mundo nuevo, en el que una joven británica podía vivir con menos de nada y vagabundear sin preocupaciones.  Cuando Centroamérica era más seguro que una ciudad del centro de Inglaterra.  De su año y medio de viaje le queda un conocimiento básico del castellano, así como el recuerdo de cuando rompió las cadenas y fue libre y feliz de verdad.  Qué sentido tenía poseer cosas.  Cuál si le retienen a uno en el sitio, como las plantas a las que hay que regar.

Transcurridos unos meses de huída, ya sin dinero en el bolsillo, y con un futuro incierto, regresó a Reino Unido para emplearse en cualquier trabajo y juntar unos ahorros.  Poco sé de qué fue de ella en los años siguientes.  Probablemente vagaría de una ciudad a otra, escapándose esporádicamente para reconciliarse con ese espíritu del desarraigo.  Un día conoció a Chris a través de unos amigos, y se fue a vivir con él al enclave más remoto de toda la isla de Gran Bretaña, un lugar donde los árboles no sobreviven al viento y el apetito de los venados, y en el que no cabe más que labrar la tierra, recoger sus frutos para poder vivir de ella hasta el fin de los días.

El rostro de Anna se arruga, consciente de que no ha superado ese momento en que descubrió la puerta de su apartamento forzada, el papel de las paredes hecho jirones, el hueco del televisor.  Hoy ronda los 50 y parece rota de dolor por esos hechos.  Lo cierto es que hoy Anna es feliz.  Tiene el pelo cano y encrespado.  Presenta un rictus envejecido por el viento ártico y las tareas engorrosas de la huerta, pero la ligereza de sus movimientos revela su jovialidad de espíritu.  Da una apariencia de fragilidad, pero lejos de ser frágil ha encontrado el equilibrio que le permitiría sobrevivir a una nueva tragedia.

Junto a su nuevo hogar hay casas abandonadas.  Todas tienen la puerta abierta, y durante años los únicos que se han aventurado a entrar en ellas son los ciervos.  En esas casas hay comida y libros en las estanterías, cuadros en las paredes, camas por hacer.  Son los restos de familias que intentaron instalarse en este aciago lugar y no lo consiguieron.

Se pregunta a si misma: Qué haría si algún día tiene que mudarse.  Cómo transportaría todos sus enseres a un nuevo domicilio.  ¿Reservaría un mes para hacer lentos desplazamientos en su vetusto tractor?  ¿Cargarían a su máxima capacidad la pequeña barca de Chris y navegarían hasta un puerto cercano?  Anna contesta en voz alta.  Abandonarían todo a su suerte, sabedores de que no podrían, no necesitarían, no querrían llevárselo consigo a otro lugar.  En el mundo de Anna las pertenencias tienen un valor efímero.  Anna es libre por eso.

Anna encontró el amor en la compañía de Chris.  Lo demás le sobra.  Y como estos días no está Chris, me pide que corte la leña con la que el próximo invierno encenderán su estufa. 

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