ALBERTO OLMOS: ‘TRENES HACIA TOKIO’ Y LOS BLOGS SIN PUDOR

La blogosfera ha terminado por convertirse en un refugio de lectores malheridos y escritores letraheridos.  La acelerada desaceleración que viven los medios de comunicación no ha hecho sino añadir adeptos a la causa.  Lo primero que hace un profesional que se precie tras recibir el finiquito es abrirse una bitácora.  Reflexiones de uno más en el dique seco, podríamos llamar a cada una de esas nuevas páginas.  Los medios es un sector en el que hay mucha frustración en general, y en los blogs esa frustración encuentra una vía para canalizarse y no hacer sangre.  La blogosfera es el espacio idóneo para foguearse, un regalo de la tecnología, y como tal tenemos que sacarle el mayor partido, en honor a todos aquellos que nos precedieron y que suspiraban por una ventana desde la que hacerse oír.

Se trata de un fenómeno vibrante, en el que todo cabe y en el que el pudor es el primer obstáculo a derribar.  Como diría mi madre:

La vergüenza, para lo malo.  La vergüenza, para robar y para matar.

En mi blog puedo hablar de vicios que resultan inconfesables en el cara a cara, pero ello no me acongoja al encabezar mi currículum con un enlace en negrita: Fenrisolo.  Y ahí sí se identificará mi perfil en la red con mi cara en la calle.  O me amas o me odias.  Si vas a contratarme has de saber, que yo también me pillo borracheras si la dicha es buena, que también me arrastro por el barro cuando corresponde y que la sinceridad es una de mis máximas.

Me entero en Internet de que una gurú del maquillaje ha decidido cerrar su canal en Youtube tras ser reconocida por una compañera de trabajo.  Al parecer, ésta se burló de ella en una comida por algo tan superficial como hacer vídeos sobre imagen personal.  La gurú en cuestión entendió que su afición, al margen de su carrera profesional como médica, podía perjudicarle si su jefe y el resto de compañeros supieran el notición.  El notición, a saber, que una persona desarrolle una actividad en la red de redes sin rubor alguno.  O según pensarán muchos cortos de entendederas, que toda una médica se dedique a tamañas chuminadas.  “No sé qué haré o qué no haré pero no sé si me merece la pena pasar por esas cosas (…) Sé que ese tipo de gente no merece nada, pero no sé si a mí me merece la pena volver a pasar por algo así”.  Si quieres, y solo si quieres, te contesto, gurú del maquillaje.  Sí merece la pena, porque bastantes tontos que se las dan de listos hay ya en el mundo como para que los listos nos quedemos calladitos.  Estamos dispuestos a dejarnos ver a través de la pantalla del ordenador porque somos consecuentes.  Sabemos que la estulticia puede asaltarnos a la vuelta de la esquina.

O dicho en otras palabras: No me importa dar la cara porque estoy dispuesto a que me la partan.  O porque llevo tantas tonterías escritas en mi haber que el poco pudor que conservo está a punto de desvanecerse por el sumidero.  Dicho esto, está claro que uno debe fiscalizar sus propias palabras y silencios de manera escrupulosa (Un hombre es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla), pero en cuanto se le pilla el truco te das cuenta de cuán libre puede ser el género blogueril.

Los blogs parecen un formato efímero, perdido en un hipertexto infinito que a duras penas soporta el paso del tiempo.  Sin embargo, paradójicamente sirven para pasar página y ponerse a prueba en la valentía de dejar que el resto, un público potencial de cientos de millones de lectores, se asomen a nuestras idas de olla particulares.  Mientras, los folios amarillean en el cajón, víctimas de las ideas incompletas, y amenazan con apoderarse de las ganas que el escritor pone en su tarea.

Alberto Olmos lo cuenta en el prólogo de ‘Trenes Hacia Tokio’, una compilación de cuentos publicados en su blog Hkkmr (Hikikomori) durante los tres años que pasó en Japón dando clases de castellano e inglés.  La editorial Lengua de Trapo nos deleitó el año pasado con una nueva edición -la primera salió en 2006-, y en ella nos enteramos de cómo Olmos se percató de que los blogs generan ese cauce que le invita a dejarse llevar sin plan predeterminado.  Los blogs son, apunta, un motivo para el entusiasmo, para seguir haciendo con pasión.  De hecho, ‘Trenes Hacia Tokio’ fue en su momento la vía de escape para toda la inspiración que el autor se guardaba en sus adentros, sin saber muy bien cómo plasmar en una novela.

Va mal el libro, me dice, porque a la hora de ponerse a escribir se hace un lío, y es que le funciona mejor darle a la grabadora y contarlo todo a viva voz.  Le digo que es lo normal, que cuando te sientas a escribir se te pone un poco cara de ministro y no te salen más que decretos ley.  Le digo que se lo tome con humor, que lo desmitifique.

Hay un poco de metaliteratura, pero de la pedagógica.  Son casi 40 historias breves en las que Olmos deja entrever la rapidez de una escritura que se siente libre, y que juega a los desafíos.  Así nos narra aspectos llamativos de la sociedad nipona, su relación con las enigmáticas mujeres de aquel país y con los que, como él, llegaron a Japón procedentes de culturas bien distintas.  En ‘Trenes Hacia Tokio’ desfilan muchos compañeros de vagón, o lo que es lo mismo, muchos madrugones, mucha camisa sudada a las ocho de la tarde y muchos sueños de fuga.  Son en su conjunto pasajes relatados con una sinceridad sin igual.

El escritor segoviano -cuya última novela, ‘Ejército Enemigo’, cosechó estupendas críticas y además comenté aquí– subraya el punto revolucionario que hay en influenciar la propia escritura por medio del feedback que trae consigo un blog.  A través de sus comentarios los lectores pueden, sin saberlo, modelar el curso que siguen los textos del bloguero.  Escribir en un blog es, en definitiva, un ejercicio de valentía.  Cruzar un primer aro de fuego.

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