LA GUERRA FUERA DEL ENCUADRE

Meter la guerra en el encuadre de la foto es difícil, pero más aún es dejarla fuera.  La guerra es por naturaleza un acontecimiento inabarcable.  ¿Cómo plasmar tanto drama entre los márgenes de una fotografía o un vídeo?  Desde los medios hoy nos bombardean con masacres en Siria, ayer era el genocidio ruandés, y mañana serán batallas intergalácticas, pero resulta inevitable reflejar la guerra y al mismo tiempo dar una imagen reducida de la misma.  Así es que el reporterismo bélico tiene que buscar nuevos métodos para cumplir con su cometido.

Aquí cabría un debate sobre si realmente necesitamos ver escenas de la guerra, si verdaderamente el bombardeo con imágenes desagradables que llevan a cabo los medios no raya en lo inmoral.  Hace poco Arturo Pérez-Reverte, que no es santo de mi devoción, defendía precisamente la necesidad de seguir poniendo el infierno de la guerra en primera plana.  Arremetía directamente contra quienes querían ocultarla.  Aunque no la mencione, le cae lo suyo a María Antonia Iglesias, su antigua jefa en TVE, por negarse a emitir imágenes del horror de los Balcanes.  El ejercicio de echar la mirada a un lado o cambiar de canal es tremendamente egoísta, pues no solo no queremos ponernos en el pellejo de las víctimas, sino que ni siquiera queremos verlas.  Cuando alguien se abalanza sobre el mando cuando en pantalla aparecen las masacres de Homs a mí se me parte el alma en dos.  Ya que mueren al menos enterémonos de ello, como si así les descargásemos de una fracción mínima de su tragedia.  Y ojalá fuera tan fácil.

Las crónicas de una guerra son duras por definición.  Aquí no caben paños calientes.  Ahora bien, hay muchas formas de reflejar la tragedia.  Así me lo hizo saber un profesor de fotografía cuando le revelé mi admiración por los corresponsales de guerra.  Hay mucho más, me dijo, hay gente fotografiando los márgenes que nadie ve, que escudriña el conflicto entre bastidores para explicar el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué, y no tanto el qué.  No todo se reduce a hileras de cadáveres.  Una guerra es consecuencia de un conjunto de preliminares que van macerando hasta que salta la chispa, y para entender eso hay que encuadrar desde todos los ángulos.

Hay que encuadrar, como haría Robert Capa, dejando la guerra fuera del plano:

Corría el año 1937 y los avisos de bomba se hacían frecuentes para los barceloneses.  ¿Cuál es el mérito de esta fotografía? ¿Lo encontramos en el apartado técnico, o responde más bien a lo que no enseña y se limita a sugerir?  En la pantalla del televisor aparece un prado verde y es igual para todos los telespectadores.  Un locutor de radio dice “un prado verde”, y en la mente de sus oyentes se genera un prado verde irrepetible, como por arte de magia, y a la misma velocidad a la que la voz se ha multiplicado a través de las ondas.  Robert Capa fotografía a una niña cruzando la calle de la mano de su madre, mientras alzan la vista al cielo expectantes.  Ipso facto uno se imagina un bombardero que amenazante desciende sobre las calles de Barcelona.  Se imagina la guerra, en suma, pero es su guerra, distinta de la que imagina el de al lado.

Aunque la más difícil, en el fondo es la mejor estrategia, pues caben más cosas fuera del encuadre que dentro de él.  Es lo ideal para dar contexto a la guerra, una vez admitimos que no basta con retratar a las víctimas.  A veces los Gobiernos luchan a toda costa contra esa contextualización.  Prefieren dejar a la guerra y sus protagonistas en un estadio distinto al nuestro, más básico, intentando así que no empaticemos.  Pero los profesionales de la fotografía deben hacer frente a esas imposiciones y tratar de mostrar todas las aristas.  Tienen que poner cara a los verdugos, entre otras cosas, porque luego no comprendemos ni sus juegos de novatadas en pleno escenario bélico.

Tanto unas fotos como otras son necesarias.  Es preciso que la maquinaria del reporterismo gráfico esté bien engrasada, y si no lo está, ahí encontramos a innovadores como Adam Broomberg y Oliver Chanarin, quienes con su proyecto The Day Nobody Died trascienden la fotografía y llevan a las galerías de arte el reporterismo bélico, entendido, eso sí, de un modo muy sui generisEs una nueva dimensión en el género, tan rompedora como eficaz por la notoriedad que ha recibido.

Escribo sobre todo esto inspirado por una interesantísima conversación entre Paul Lowe y Harry Hardie que apareció en el número 25 de la revista Ojo de Pez, cuya versión extendida se puede consultar aquí.  Referencia obligada.

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