JOOST VANDECASTEELE – POR QUÉ EL MUNDO FUNCIONA PERFECTAMENTE SIN MÍ

Segunda acepción del vocablo hipérbole en el diccionario de la RAE:

2. f. Exageración de una circunstancia, relato o noticia.

La hipérbole es un arma arrojadiza de primer orden para los exagerados, los que no sabemos de mesura y vaticinamos, como agoreros que somos, que bien podríamos morir esta noche al salir a la ciudad, arrollados por un tráiler de diez ruedas.  Las letras son un territorio minado de presagios distópicos.  En la tele hablan de predicciones mayas, pero ellos no inventaron nada.  Acudan a las bibliotecas y a los blogs pasados de rosca, comprueben cómo crece el número de descontentos empeñados en que todo va a ir a peor irremediablemente.  El aire que hoy nos parece viciado mañana será irrespirable, tomates demasiado sulfatados propagarán a gran escala una enfermedad sin cura, la democracia habrá muerto, subsistiremos a duras penas bajo el yugo de un sistema a lo 1984 y todo eso.  Pensamos en todas las alternativas y nos atormentamos con las más pesimistas.  Es una forma de estar en el mundo.  Así como Stendhal vivía sumido en la belleza y los que sufren el síndrome de Diógenes sobreviven sumidos en la mierda.  Así vivimos nosotros atormentados, las 24 horas del día, inconformes, insomnes y desconsolados.

Joost Vandecasteele es de los míos: un amante de la hipérbole.  Seguramente el escritor flamenco también tuvo que oír a su madre decirle una y otra vez de crío: hijo mío, eres un exagerado.  No, mama, lo que pasa es que tú no te das cuenta…  Qué tiempos.  Vandecasteele ha sabido aprovechar todo ese pesimismo, reconducirlo a ideas graciosas y dejarlas escritas en los diez relatos de ‘Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí’, editado en Expaña por Tropo, casa de Zaragoza, como la cerveza Ámbar y las bombas de racimo Instalaza.

Son relatos de extremos.  El autor, que al parecer es bastante famoso en Bélgica como humorista, sabe sacar punta a esa visión apocalíptica y sitúa en ella a personajes que deambulan en la incertidumbre, entre la tardoadolescencia y la madurez, porque a fin de cuentas forman parte de una generación llamada a cambiar el mundo, pero que aún no sabe cómo hacerlo.  Jóvenes cerca de los treinta años que buscan su sitio, se sobreponen a los fracasos profesionales y sentimentales y bregan con sus ganas locas de meterla en caliente.  Mucho vicio hay por aquí, como hace poco destacábamos de ‘Ejército Enemigo’, última novela de Olmos.

‘Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí’ no figura entre la mejor literatura -tampoco era fácil, el listón está muy alto- y se ve además lastrado por una traducción que deja un tanto que desear, pero tiene pasajes geniales y arranca alguna que otra carcajada.  Merece una lectura, y no solo por los logros arriba citados, sino por la visión de una Europa Central superpoblada, que tras estrujar las ubres de la vaca ya no da más de sí.  Así nos sentimos los de espíritu agorero en la vieja Europa, en regiones como Inglaterra, donde ya apenas hay opción de subir a por aire.  ¿Cómo se sentirán once millones de belgas repartidos en un territorio de 30.000 kilómetros cuadrados?  No sé, pero parece que hay razones para la asfixia.  Es esa misma falta de espacio la que emana de esta narración sobre rascacielos que no tienen fin y ciudades pensadas para morir en ellas.

Resulta que el propio Vandecasteele pasó recientemente por Zaragoza para presentar su obra con motivo de la Feria del Libro.  El acto tuvo lugar en el patio de Capitanía General (cuando en los medios hablan de normalización democrática, deben de referirse a esto, a hablar de libros en un edificio de las Fuerzas Armadas sin pasar por ningún detector de metales).  Yo figuraba entre la veintena de presentes.  Aquí está la prueba:

De izda. a dcha., el escritor zaragozano Miguel Serrano Larraz, el propio Vandecasteele y uno de los responsables de Tropo Editores (lo siento tío, no sé cómo te llamas).

El escritor aprovechó el breve acto de presentación para trasladarnos algunas ideas interesantes.  Para él, un libro tiene que ser una bomba.  Es cierto que cuando uno lee suele estar cómodamente sentado en el sofá, tumbado en la cama, pero a su entender un libro debe hacerte sentir incómodo.  Debe ser excitante, vibrante.  Divertido a la par que venenoso.  Un libro no tiene que susurrar, sino hablar alto.  A tal fin, toma la realidad y la lleva al máximo exponente.  Convierte la realidad en ficción, y con ésta como base narra los hechos.  Asimismo, defendió que a los diez relatos de ‘Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí’ se suma un undécimo, escrito sin letras entre los otros, que compone la novela definitiva.

Sobre el choque intergeneracional, opina que el mundo de hoy está pensado por la generación previa, y por eso los jóvenes se sienten fuera de lugar.  Y por eso este artefacto bombástico nace de sentimientos amargos, de frustraciones, incertidumbre, y  de una profunda sensación de opresión. 

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