LA MAGIA POLAROID EN THE POLAROID BOOK

El concepto que hoy tenemos de instantaneidad en la fotografía nació con la era digital.  En nuestros días la instantaneidad es más instantánea que nunca, valga la redundancia, porque las cámaras ofrecen visionar las fotos al momento en una pantalla LCD de tres pulgadas, hacer ampliaciones, e incluso retocar al gusto antes de volcar el contenido de la tarjeta de memoria al ordenador.  La instantaneidad se asocia con la capacidad ilimitada de disparar, pues se hace a coste cero.  Lo que no entienden muchos es que precisamente esa gratuidad, mal empleada, multiplica varias veces el tiempo necesario para la edición de las fotos, o mejor dicho, para enviar la mayoría de las fotos, una por una, a la papelera de reciclaje.  Yo, que soy bastante comedido a la hora de apretar el disparador, me encuentro todas las semanas con una papelera rebosante de papeles inservibles, esperando ser eliminados definitivamente.  El tiempo, ya se sabe, es oro, y en consecuencia lo digital puede tener un alto coste. 

Pensamos que la instantaneidad es uno de los grandes logros de lo digital, pero hagamos un poco de justicia histórica.  La instantaneidad no es patrimonio de los sensores, sino de la casa Polaroid.

Hasta no hace mucho, quien quería observar al momento el resultado de sus fotos para hacerse una idea del mismo tenía que morir al palo y tirar una polaroid.  Así lo hacían muchos profesionales, como Helmut Newton, siempre con la maquinita en una mano y a la espera del revelado para, una vez transcurridos cuatro minutos, encuadrar y decidir los valores más sobre seguro.  Así lo hicieron genios como Helmut Newton, sin saber que esas instantáneas acabarían convirtiéndose en obras de arte, más improvisadas y coloridas que el objeto final.

Y por no olvidarnos de nadie, recordemos que desde la segunda mitad del siglo XIX se venían produciendo sistemas de fotografía instantanea, siendo el primero de ellos el patentado en 1857 por Bolles and Smith, de Cooperstown (Nueva York).  Lo cierto es que la fotografía instantánea se popularizó en medio mundo gracias a Polaroid, en un principio fábrica de polarizadores, de ahí el nombre.  El genio detrás de la máquina era Edwin H. Land, quien no tardaría en aliarse con el fotógrafo de paisajes Ansel Adams para explorar el valor artístico de la cámara.  Adams defendía ya entonces que las fotos Polaroid merecían estar a la altura del mejor arte fotográfico y recibir una gran atención por parte del público:

Siempre he pensado que Polaroid puede tener interés para todos los amantes de la fotografía sin excepción y formar parte de este arte evitando la compartimentación. 

Land tuvo la idea de, junto a su asociado Adams, hacerse con imágenes de los mejores fotógrafos norteamericanos para confeccionar algo así como un modelo de calidad.  Más adelante la compañía dio equipos y películas a jóvenes aspirantes a fotógrafos a cambio de las mejores fotos que tomasen con ellas.  Así nació el Programa de Ayuda a Artistas, aún en funcionamiento.  Los fotógrafos en ciernes empezaron disparando con una visión conservadora, pero una vez descubrieron las prestaciones de la máquina que tenían entre manos, comenzaron a dar rienda suelta a su creatividad y a hacer trabajos experimentales.

Una pequeña selección de esa inmensa colección de 23.000 fotografías está aquí, en The Polaroid Book, editado en 2005 por Taschen.

Más de 300 páginas de carne, luces y sombras.  Un total de 254 trabajos de 203 artistas, y por diez euros de nada, oigan.  Ya no se encuentran gangas así.  Resulta todo un gustazo hojear The Polaroid Book y dejar caer el dedo a mitad de camino.  Es inabarcable, y para los fotógrafos aficionadillos como yo también tiene un punto de inefable.  Inenarrable es la magia de la Polaroid, esos tonos imposibles de obtener con una réflex, sea analógica o digital.  Unos colores que cambian de tonalidad según la temperatura ambiente, casi como una mantis religiosa.  Hay figuras espectrales, composiciones imposibles, también flashacos impactantes.  Por citar a algunos artistas: David Hockney, Elliott Erwitt, Nigel Scott, Rolf Braun-eis…  Todos ellos son una fuente de inspiración.

Las polaroid presentan una estética onírica que comulga a la perfección con los caprichos de la piel, con el elemento corpóreo de las personas.  Muestran la carne de forma velada.  Son piezas finas de charcutería, cortadas con mimo.

La tecnología creada por Land es un aparte en la historia de la fotografía.  Sola ha recorrido su propio camino en las últimas décadas, y sigue viva gracias al empecinamiento de sus apasionados, encarnados sobre todo en el colectivo Impossible, que él solito ha vuelto a producir el papel y con ello nos ha permitido a muchos frikis engancharnos a la magia Polaroid.  La magia continúa…

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4 respuestas a LA MAGIA POLAROID EN THE POLAROID BOOK

  1. Seferin dijo:

    Esa estupenda época que valorabamos el dedicar unos minutos para hacer una foto, al final el resultado era mucho mejor que la teoria de las mil fotos con las digitales. La inexistencia de pixeles (los cuadraditos) hacia que la foto fuera lo más cercano a la visualización real de una imagen que habia pasado por nuestra retina.
    Es igual que jugar una partida de poker con fichitas en vez de con dinero, que hace perder la dedicación al juego al saber que puedes volver hacerlo mil veces sin jugarte nada.

  2. Jacobo dijo:

    No conocia la historia de la Polaroid y me ha gustado poder conocer la existencia de Land. Me gustan las personas como él. Soy un humilde ex-consumidor de carrete y actual consumidor de tarjetas de memoria en lo que algunos podrían denominar síndrome de Diógenes ya que me produce pánico borrar cualquier fotografía. Para mi todas las fotografías obtenidas con mi cámara han captado un momento único que no se volverá a repetir, así que las veo como eternar guardianas de puntos temporales del pasado. Por culpa de esto, echo de menos las cámaras de carrete puesto que tenía que aguantarme para no pulsar el disparador dentro de mi obsesión compulsiva por tomar fotografías.

    Aunque he de reconocer que al menos ahora no me tengo que gastar tanto dinero como antes cuando hacía un viaje. Así que económicamente he salido ganando al pasar a jugar con fichas, como bien ha metaforizado el comentaristas que me precede.

    • fenrisolo dijo:

      Creo que en el fondo somos muchos los que añoramos el carrete. Busca por casa, seguro que hay alguna estupenda analógica por desempolvar que ha sobrellevado muy dignamente el paso del tiempo. Hónrala con un flamante rollo de 24 disparos y a gozar.

  3. Jacobo dijo:

    A mi me gustaban los de 36 disparos, xd. Y quien no aprendió duramente que no se debía abrir la parte donde va el carrete. Al menos en mi caso perdí todas las fotos, que se desvelaron, cuando era un niñito, de un viaje.

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