SOY TESTIGO CLAVE DEL ASESINATO DEL MARIDO DE LA CONDESA KURTZ

Ando obsesionado con el resultado sedoso en las fotos Polaroid y con las atracciones de la carne.  De eso quería hablar hoy, de imágenes de corporeidad e instintos carnales, pero algo ha pasado.  La pasada madrugada fui testigo del asesinato del marido de la condesa Kurtz.

(De aquí en adelante todo lo narrado corresponde a un sueño y lo único que lo une con la realidad son unos cuantos nombres y topónimos.  Lo digo para mi descargo, porque esta vez voy a saltarme a la torera mi máxima -declarada en este blog varias veces- de que para impactar no hace falta recurrir a la ficción, sabedor de que la realidad puede ser todo lo truculenta que uno quiera si utiliza los resortes indicados).

Lo juro por el hijo que nunca tuve.  Esta madrugada fui testigo del asesinato de John McNeil, marido de la condesa Kurtz.  Estoy consternado por el acontecimiento.  El señor McNeil y yo no éramos para nada amigos, pero en nuestros ocasionales encuentros sí reinaba un sentido de comprensión que jamás compartí con ningún otro oriundo de Zaragoza, capital de las Highlands Occidentales.  McNeil y señora, la condesa Kurtz, vivían en el caserón que se levanta más allá del jardín en el que me empleo por las mañanas.  Lo único que separa mi lugar de trabajo con sus dominios es un vetusto cercado de tablas, tendido cuando en su terreno solo había una casucha de madera.  Los caprichos de la condesa la llevaron a aquella finca en pendiente, donde mandó edificar un caserón blanco de estilo neoclásico y tejado puntiagudo a cuatro aguas.  Para entonces hacía poco tiempo que Sasha Kurtz y John McNeil habían contraído matrimonio en el sur.  Todo el mundo sabe que ese matrimonio siempre fue un elemento más a merced de la condesa, quien parece haber heredado el nervio de líder que tan popular hizo a su tío, el coronel Kurtz.  Este, que una vez fue considerado un héroe en la guerra de Vietnam, pasó sus últimos días en la selva de Camboya, donde movilizó a centenares de indígenas de diversas etnias y los mandó a luchar contra el enemigo.

La condesa Kurtz nunca fue un personaje querido en Zaragoza.  Gestionaba sus negocios y propiedades con desdén, tratando a sus súbditos con una altivez mal disimulada.  En cambio, su marido nunca cayó mal a nadie.  En un primer momento se granjeó la simpatía de la gente al renunciar al título de conde, acallando así a quienes le acusaban de contraer matrimonio por interés, precisamente con toda una condesa, con una mujer siete años mayor que él víctima de constantes problemas de salud.  El señor bajaba frecuentemente a la ciudad sin su mujer, repartía saludos de cortesía y compraba en los negocios locales, sin escolta, como cura a su propia timidez.  Soy muy consciente de la actitud introspectiva, a la par que alegre, del señor McNeil.  Durante todo el tiempo en que trabajé a las puertas de su hogar apenas me reveló detalles de su vida.  Sabemos que nació en algún lugar del sur, y que viene de una familia de la alta burguesía, cuyos negocios nunca le interesaron a él.  Sabemos que su amor por la condesa era genuino y desinteresado, y que nada le hacía más feliz que ir a pescar.  No sé qué pensaba de esta ciudad en estado de decadencia, ni en qué ocupaba sus largos ratos libres de puertas para adentro.  Mientras arreglaba los setos o corregía los frutales le veía cruzar la entrada principal, ipso facto se acercaba a mí y me regalaba una sonrisa siempre correspondida.  La mitad de las veces hablábamos del tiempo, pero el señor McNeil otorgaba a todo un halo de trascendencia, con ese tono de voz profundo y cadencioso.  Ese era nuestro punto de conexión, el gusto por los momentos intrascendentes y la paz.  El señor McNeil, una de esas personas cuya única presencia es capaz de alegrarte el día, de puro bienintencionado que era.  La inocencia encarnada en una persona con el poder de comprar y corromper toda esta ciudad putrefacta, pero que sin embargo prefería no hacerlo.  Optaba por recogerse en casa con su mujer, salir a pescar esporádicamente y saludar a sus conciudadanos como si fuera uno más.  Ese tropiezo voluntario desde las altas esferas, esa piedad auténtica que sentía por todos nosotros, le otorgaba la apariencia de un dios bueno, uno con el potencial necesario para destruirte, pero que sabes que nunca lo hará porque infligir dolor al ajeno es una idea que no cabe en su raciocinio, así como muchos discapacitados mentales no conciben el concepto del sadismo, benditos ellos y bendito él.

Días antes del asesinato una mujer de avanzada edad había aparecido muerta en una acequia próxima al caserón neoclásico.  El cuerpo, enfundado en un vestido azul claro con un estampado de flores, presentaba evidentes signos de violencia.  La víctima estaba tumbada boca abajo, con una pierna y un brazo colgando sobre la acequia, seca desde hacía meses.  La tez, pálida como la cal, llevó a los forenses a determinar que el fallecimiento se había producido 48 horas antes del hallazgo del cadáver.  El caso conmocionó a la ciudad, si bien nadie dijo conocer a la mujer, una tendera que no importó a nadie en vida.  Ahora su muerte traía la preocupación a Zaragoza, que hasta entonces dormía en un falso estado de calma.

Como he apuntado al comienzo, el asesinato de McNeil tuvo lugar esta madrugada.  Ocurrió en la cafetería a un lado de la carretera, precisamente cerca de la acequia seca y por tanto próxima al caserón.  Cuando entré en el local no había nadie para servir al otro lado de la barra.  Tan solo un cuerpo tendido en el suelo junto a un taburete volcado.  El bigote del señor McNeil lucía más encrespado que nunca, como electrificado, o como si alguien hubiera tirado de él con saña.  Su boca, entreabierta, hacía pensar en una muerte dolorosa, al igual que sus ojos abiertos de par en par.  El marido de la condesa Kurtz era un tejón petrificado boca arriba.  En su frente había un agujero limpio, similar al que dejan las pistolas empleadas para darle el tiro de gracia a un puerco sin dejar ningún proyectil en el interior del cráneo.  Un chorro de sangre, tan corto como denso, había ya dejado de brotar.  Desde el frío suelo del establecimiento me miraba pues un cadáver de pelo cano, con los miembros agarrotados.  Me sobrepuse al estupor de la escena y con la mirada recorrí el lugar del crimen.  En una esquina, sentado ante una de las mesas, descubrí a un hombre grueso que en estado de shock me observaba, como quien acaba de ver una aparición.  Una aparición del mismo diablo.  La Policía no tardaría en llegar, avisada por los siguientes clientes en entrar a la cafetería, y ese hombre, único testigo ocular del crimen, sería incapaz de articular palabra.  El camarero seguía sin aparecer.  No se oía un alma en la calle.  Todo eso me dejaba en la posición de testigo clave, de la muerte del marido de la condesa Kurtz.

Si el asesinato de la tendera conmocionó a la sociedad zaragozana, capital de las Highlands Occidentales, el de John McNeil la hundió en la depresión.  Ya nadie se sentía a salvo.  Una horda de asesinos a sueldo, sicarios, hombres de negro, avispas asesinas, Dios sabe qué, extendía su sombra de muerte allí a donde se dirigía, sin el menor remordimiento por las personas puras de corazón.  Yo por mi parte ayudé a la Policía en todo lo que pude, que fue poco.  Esta mañana, a primera hora, rompí a llorar en mitad de mi declaración y convertí la Comisaría en un mar de lágrimas.

Me he convencido de que tenía que intentar rehacer mi vida cuanto antes, pero el pesar me ha acompañado durante todo el día.  Cuando empezaba a oscurecer y las pareces de casa se me echaban encima he decidido salir a tomar el aire.  He ido hasta la calle Gascón de Gotor, a la tienda bajo el letrero de ALIMENTACIÓN.  En verdad no es una tienda de alimentación, sino de consumibles.  Lo regentan dos hermanas que han hecho buenas migas con los chinos de enfrente.  No hace mucho me hablaron de una nueva chica del barrio, una joven muy guapa, pelirroja de bote y con el cutis rugoso.  Las hermanas precisaron que vivía en el bloque de su tienda, en el apartamento sin reformar de la última planta.  Kira Miró, se llama.  ¿Y a qué se dedica?  Está empezando a despuntar en el mundo de la interpretación, me respondieron.  Esta tarde, cuando he entrado en la tienda y me disponía a pedir unas pilas y unas cintas VHS, una vecina ha comentado que hace días que no se sabe nada de la chica.  Con gran preocupación las hermanas me han emplazado a subir las escaleras y llamar a su puerta.  Por la calle ya se oían unos gritos mientras subía los escalones, premonición de que algo malo iba a pasar, como los puercos cuando saben que los vienen a matar y gruñen dejándose los pulmones.  Gritos de señoras y niños sollozantes.  El sonido se ha hecho insoportable cuando he abierto la puerta, inexplicablemente entornada, y me he adentrado en el apartamento vacío para descubrir un cerdo sangriento envuelto en un plástico.  ¡Un puto cerdo envuelto en un plástico!

Desde la calle, entre gritos y sollozos de la muchedumbre, alguien ha gritado: ¡Kira está muerta! ¡Kira está muerta!

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