CREMATORIO, DE RAFAEL CHIRBES: APLASTAR O DEJARSE APLASTAR POR EL SISTEMA

Ayer terminé de leer Crematorio, de Rafael Chirbes, y hoy aún trato de poner en orden toda la enjundia del libro para que no se me escape nada de lo que plantea, a nivel de forma y fondo, que es mucho y muy interesante.  Digamos que Crematorio se acerca al concepto de novela total, alfa y omega a lo Cien Años de Soledad.  Una obra grande (de nuevo, en forma y fondo) en la que realmente el calibre de su idea central se ve respaldado por el número de palabras.  El escritor valenciano necesitaba miles de ellas amontonadas en párrafos largos.  No hay un solo punto y aparte en todo el libro, a salvedad de los que separan un capítulo de otro.  La primera, segunda y tercera persona se intercalan continuamente.  La narración no es sino un trasunto de los pensamientos de los personajes, que no son pocos.  Reconocemos el caprichoso proceso de la sinapsis mental, cómo saltamos de una idea a otra con pasmosa facilidad.  Podría parecer que con esta técnica narrativa resulta pesado seguir la historia, pero nada más lejos de la realidad.  Todo fluye, precisamente, como el propio pensamiento.  Sin un solo trompicón el lector va recorriendo esa suerte de axón prolongado en las entretelas de la memoria y los sentimientos más profundos.  No podríamos situarnos más cerca, o más adentro, de las personas que deambulan por la trama de Crematorio.  Conseguir esto es algo solo al alcance de los grandes narradores. Pero el logro de Crematorio no se queda en su estrategia narrativa, sino que, como toda obra que se precie, reside en su leitmotiv.  Hace poco lo comentaba en algún turbio rincón de este blog.  Hay varias formas de burlar el sistema establecido.  Uno de ellos es atravesarlo, o como se suele decir, destruirlo desde dentro.  Otro consiste en darle esquinazo por abajo, en agarrarse a los machos y arrastrarse por esta vida con lo justo.  Huir del compromiso, de la apropiación material (la cual, a la postre, deviene conservadurismo) y convertirse en algo así como un anacoreta social.  Encerrarse en el baño y no salir nunca más, rebuscar basura en los contenedores, vivir de manera autosuficiente en el campo…  Entre el suelo y el sistema hay espacio para una serie de alternativas marginales.  Hay una tercera estrategia que también consiste en burlar el sistema, pero no por debajo, ni a través de él, sino por arriba. Y Crematorio es la historia de una persona que, en su particular búsqueda de la libertad, llega a lo más alto del sistema y lo trasciende.  Rubén Bertomeu es el cínico triunfador que se desembaraza cuanto antes de sus aspiraciones revolucionarias de juventud, se abraza al pragmatismo y va subiendo de marchas hasta poner el cambio automático.  Para ello debe recorrer todo el sistema desde lo más bajo del mismo.  Asume riesgos, se empantana hasta el cuello y pisa cabezas movido precisamente por las ansias de libertad que todos compartimos, y que a muchos nos lleva a pensar que la libertad, por definición, está fuera de ese sistema.  El constructor de Misent, localidad ficticia inspirada en la comarca valenciana del Safor, entiende que la madurez consiste en dar sepultura a las aspiraciones juveniles y hacer algo apegado a la tierra.  Alumno vocacional de Arquitectura en la universidad, se enorgullece de levantar casas para que la gente viva en ellas, o para dar cabida a los sueños de paz de media Europa en un territorio dominado por el ladrillo. Ladrillo y hormigón armado.  Misent es una población saturada, víctima de un patrimonio natural centrado en el sol y playaCaldo de cultivo para el blanqueo de dinero, el vicio y el capitalismo atroz.  Ya cerca del final Chirbes, en boca del protagonista, hace una interesante asociación entre el capitalismo y la cocaína, ambos elementos de aceleración de la economía y los impulsos humanos.  Crematorio describe una máquina insaciable de hacer dinero, sin piedad alguna por las personas que la sufren.  Se trata de una realidad inapelable, frente a la que solo quedan dos opciones: arrastrarse o intentar controlarla, tal y como hace Bertomeu. Todos los personajes de la novela son del entorno del exitoso empresario.  Su hija Silvia es una restauradora de arte que reniega de la actividad de su padre, pero que junto con su marido Juan -profesor de literatura- y sus dos hijos lo necesitan para mantener su nivel de vida así como sus ínfulas de espadachines morales.  Mónica es la mujer del protagonista, una joven de cáscara hueca, adicta a la buena vida que solo gente como su marido puede garantizarle.  Collado, antiguo socio de la constructora, solo piensa en fugarse con la puta que le chupa la sangre.  La novela comienza tras la muerte de Matías, hermano de Rubén igualmente contrario a los tejemanejes de este.  Tanto Matías como Federico Brouard, escritor amigo de la familia, son paradigma de la estrategia subterránea de burlar el sistema.  Huir de él por debajo.  Terminan cargados de rabia, si no de ira, hacia el mismo sistema. Rubén Bertomeu es el pivote de todos ellos, una figura totémica a la que nadie tose.  En torno a él, el resto trata en vano de sobrevivir a sus pequeñas miserias, sus desvaríos mentales.  El único que consigue sobreponerse a su desgracia personal (que también la tiene) es el propio Bertomeou.  Los demás a duras penas asoman la cabeza para tomar aire, todos reunidos como peces revueltos a la espera de disputarse la carroña que Rubén Bertomeu tenga a bien lanzar al estanque.  ¿Acaso no vivimos cada vez más así?  ¿No hay en nuestra sociedad una lucha encarnecida por el escaso alimento que un sistema ya inane y en retirada puede ofrecernos?  Intentamos plantarle cara por unas vías u otras, pero al final del día necesitamos que nos dé de comer, cual amo todopoderoso del que depende nuestra ración de bolitas de carne. A través de esa anatomía de la libertad que ofrece Crematorio, el escritor hace a su vez una radiografía de las relaciones familiares, no pocas veces cargadas de tensión.  También hurga en un mal contemporáneo que está en boca de todos, la corrupción, pero que aquí es solo el telón de fondo ante el que desfila un baile de máscaras –en ese sentido considero que la pintura de la portada, de Hannah Höch, no podía ser más apropiada-.  Todos participan en esa tramoya repugnante, sea interviniendo activamente, o precisamente por su aquiescencia, por su falta de oposición eficaz.  Desde el corazón mismo del mecanismo de corruptelas, con la luz pagada, es muy fácil predicar en su contra, algo que Bertomeu intenta en balde transmitirle a la desagradecida de su hija. Forma y fondo (otra vez aquí) destacan por su brillantez, casan perfectamente.  Y de nuevo otra vez, del conjunto emana un profundo estilo realista.  Chirbes escribe con multitud de referencias a la cultura y el arte, cuando no homenajes directos a representantes de diversas disciplinas artísticas a los que admira.  Da a entender que esta novela le ha salido de muy adentro y finalmente refulge la idea de que todo en ella está bien apegado a la tierra en la que vive.  Cuesta pensar en Crematorio como una fantasía pasada de rosca, y no como un relato que se ajusta fielmente  a la realidad. Publicada por Anagrama en octubre de 2007, durante la última etapa de especulación inmobiliaria en España, alguno se plantearía adónde habría ido a parar Bertomeu en los tiempos que corren, y sin dificultad sentenciaría que los hechos planteados en el libro forman ya parte del pasado, otra página.  Yo más bien opino que personas como Rubén Bertomeu están por encima de auges y declives, por encima del bien y del mal.  Para ellos, hasta la crisis queda debajo de sus pies. Crematorio es un imprescindible, una obra sobresaliente de nuestra literatura. Ahora, vamos a por la serie.

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