HOMO HOMINI LUPUS: MIS EXPERIENCIAS EN UN COLEGIO MAYOR DE MADRID

Hace unos días saltó la noticia.  Varios colegios mayores de Madrid obligarán a sus residentes a firmar un documento en el que se comprometen a no realizar novatadas.  De incumplir esta nueva normativa, se exponen a ser expedientados por la universidad, lo que podría traerles serios problemas académicos.

Resulta que yo también tengo un pasado de vida colegial en Madrid.  Fue en el curso 2004/2005.  Por dar algunas pistas, diré que el nombre de mi colegio mayor empezaba por Cardenal y terminaba por Ximénez de Cisneros.  Añadiré que dependía directamente de la Universidad Complutense, y que se encontraba en el número 8 de la avenida Séneca (C.P.: 28040), precisamente en el entorno del campus universitario y frente al parque del Oeste.  Sin querer dar demasiados datos, aquí hay una foto de mi cuarto, tomada con una cámara de dos megapíxeles en los albores de la era digital:

No tengo ánimo alguno de dar lecciones porque ni yo mismo estoy convencido de las bondades y maldades de las novatadas.  Sí pretendo cuanto menos dar parte de lo que aconteció en un colegio madrileño hace unos pocos años, porque la historia de los colegios mayores suele transmitirse verbalmente, sin posibilidad apenas de contrastar esos rumores sobre muebles que se tiran por la ventana (las llamadas termitas: escritorios, armarios empotrados, puertas, por no hablar de los objetos personales del residente en cuestión) o sobre infartos mortales ante la presión de tener que saltar desde el tercero con una cuerda en los cojones.  Desde 2005 ha llovido mucho.  El colegio pasó a ser mixto y a juro que en sus pasillos ya no se encuentra nadie que coincidiera entonces conmigo.  Los pocos conocimientos que me llegan de aquel lugar me hablan de tradiciones descafeinadas o directamente enterradas por las nuevas promociones.  Lo que resumo en esta entrada se basa en mi propia memoria, la de un joven que entró en uno de esos colegios antes de cumplir los dieciocho y vivió en él todo un curso.

En la mayoría de colegios las novatadas se concentran en los primeros meses del año académico.  Son rituales que se realizan en grupo, fuera del edificio y ante la presencia de desconocidos.  Los novatos son vilipendiados por el resto de residentes.  Una vez superado ese periodo, todos son iguales.  Ya no hay novatos ni veteranos.  En cambio, la estructura social de mi colegio estaba mucho más jerarquizada.  No había novatos, o eso trataban de inculcarnos.  Los del primer curso eran considerados nuevos hasta el final del mismo.  En el segundo pasaban a muebles, que luego a su vez aspiraban a conseguir el plácet de los colegiales para convertirse en uno de ellos.  Los que no recibían ese honor eran llamados tricenuevos durante su tercer año, algo poco menos que insultante, pues significaba que no habían hecho méritos suficientes para conseguir la llamada beca colegial.  Huelga decir que los muebles mandaban sobre los nuevos y los colegiales sobre todos.  La máxima autoridad recaía en el subdirector y el jefe de estudios, también colegiales.  El director era profesor de la Complutense.  Vivía ahí pero casi no se le veía el pelo.

Cualquier aspecto del día a día estaba marcado por esas distinciones.  A la hora de comer los nuevos eran los encargados de llenar la jarra de agua, o en su defecto los muebles, o en su defecto los tricenuevos o los colegiales más jóvenes.  Los colegiales más veteranos disponían de una habitación doble para ellos solos, con lo que el colegio dejaba de ofertar ciertas plazas con el fin de satisfacer sus privilegios.  Estaba terminantemente prohibido atravesar su pasillo a no ser que fuera completamente imprescindible.  Si algún compañero subía a alguna chica a la habitación, debía pedirle que se quitara los tacones para no molestar el sueño de esos ocho colegiales.  También tenían la autoridad suficiente para pedir a cualquiera que fuese a su cuarto a recoger noséqué, o para hacer de camarero esporádico en la Sala de Jazz.  Aquí cabe decir que las distintas dependencias del colegio tenían nombres de lo más variopinto, herencia de una larga trayectoria de vida colegial que hundía sus raíces en la postguerra.

Una de las reglas que más llamaban la atención es la que prohibía cerrar con llave el dormitorio.  Era, por así decirlo, la madre de todas las imposiciones, pues terminaba a golpe y porrazo con la intimidad de todos y permitía el hostigamiento a cualquier hora del día.  Después de las rutinarias salidas nocturnas de jueves, viernes y sábado (o cualquier otro día, según) los compañeros tenían por costumbre entrar en algunas habitaciones escogidas muchas veces al azar para coser a hostias a sus moradores, que hasta ese momento dormían el sueño de los justos.  Otras veces se limitaban a darles la vuelta con el colchón, o hacían las dos cosas.  En una ocasión escribieron una amenazante advertencia a un colega de mi pasillo que había osado cerrar con llave (en realidad era una más de la interminable lista de amenazas que había llevado a muchos compañeros años atrás a abandonar el colegio repentinamente).  Con el compañero de enfrente tuvieron menos consideración.  Le tiraron la puerta abajo a base de patadas y le sometieron a una manta’palos, más conocida como minuto de violencia.

Estábamos autorizados a cerrar el armario con llave, a pesar de lo cual eran frecuentes los hurtos de todo aquello dejado sobre las estanterías y la mesa.  Más tarde nos enteramos de que al menos uno de los responsables era un querido compañero de colegio, precisamente uno de los más fanfarrones, uno de aquellos a los que venían a recogerle en BMW y que con su estancia en el colegio parecía buscar su billete de ida al señorío más rancio, ese por el que suspiran muchos aficionados del Madrid que aplauden las chulerías de Mou, las horteradas de Ronaldo y las salvajadas de Pepe.  Uno de esos.

Asimismo, estaba terminantemente prohibido comer y cenar solo.  Había que buscar el permiso de un colegial, quien se encargaría de buscar a sus cinco compañeros para, antes de empezar a comer, preguntarles por el nombre, apellidos, estudios, universidad, ciudad de origen y emplazamiento de la habitación de cualquier persona sentada a la mesa.  La comida no empezaba mientras no se respondieran adecuadamente todas las preguntas.  Los jefes de pasillo también hacían exámenes de este tipo, con graves consecuencias para los suspendidos.  Éramos, por cierto, cerca de 150 compañeros.  Aquel año entramos unos 60 nuevos, al final del curso quedábamos la mitad.

Obligatorio asistir a los entrenamientos de rugby y debutar con el segundo equipo.  Igualmente obligatorio asistir a los partidos, a ser posible con el polo oficial del Colegio que en ocasiones uno debía pedir puerta por puerta hasta encontrar a alguien dispuesto a  prestárselo.  Había que animar al equipo.  Los colegiales seleccionaban al azar a un nuevo en la grada y le pedían que se levantara y gritara ¡Colegio! sosteniendo la e hasta el borde de la asfixia.  ¡Bien, coño, bien!, debíamos corear los demás a modo de cierre.

Las dos fiestas colegiales, una en diciembre y otra en mayo, eran algo así como el evento de gala de la institución, cuando recibíamos a los veteranos y mostrábamos toda nuestra pretendida clase enfundados en un traje.  No nos podíamos quitar la chaqueta.  Sí podíamos beber hasta el coma etílico y decir gilipolleces a grito pelao’, como si ello no hiciera reventar esa impostada pompa de universitarios respetables.  Los preparativos de la fiesta se prolongaban durante horas y se llevaban por delante todo el fin de semana.  De esa no había Dios que se librara.

Al principio del curso se nos entregaba el nombre de dos chicas, cada una residente en uno de los colegios femeninos de la calle, y debíamos buscarlas para recitarles una poesía de amor, entregarles una rosa y pedirles un tanga.  Se dirigían serias advertencias a quien no volviera con la prenda, pero no recuerdo si finalmente hubo castigo por ello.  Una de mis pretendidas se hizo la remolona y al final tuve que colar un tanga que compré en los chinos.  Aún está por ahí, riéndose a mi costa cada vez que me lo cruzo en alguna caja.

Bien avanzado el curso se celebraba una pelea de comida.  En otro acto solemne me tiraron agua fría por todo el cuerpo, lo que contrarrestaron lanzándome una enorme olla de agua en ebullición.  Los actos multitudinarios más repetidos eran las presentaciones en las distintas sociedades en las que se organizaba la vida colegial: cine, música clásica, moderna, deportes, etc.  Debíamos levantarnos uno a uno y gritar nuestra ficha.  Rara era la vez que no la teníamos que repetir hasta el hartazgo.  Estas veladas eran más una excusa para el escarnio y se prolongaban hasta la madrugada.  Las sociedades en sí mismas eran a su vez una excusa para levantarnos más de cien euros en cuotas a cada uno.

Durante todo el curso se nos repitió por activa y por pasiva que, según marcaba el rancio abolengo de nuestro querido colegio, entre los compañeros no existía la humillación de puertas para afuera.  Pues bien, una tarde el subdirector se emborrachó y apareció en la Sala de Clásica vestido de tuno y con ganas de jalea.  Nos dio cinco minutos para bajar disfrazados a la calle y salimos a rondar a los colegios femeninos hasta las mil de la noche.  Yo y un colega gastamos todas nuestras provisiones de papel higiénico en parecer dos momias tristes e insomnes.  El ladrón de guante blanco al que me he referido con anterioridad lo tuvo más fácil: sacó del armario el traje de guardia civil -tricornio y bigote postizo incluido- y se lo puso con la naturalidad con la que uno se viste todas las mañanas.

Otro acto público inolvidable: los Transiberianos.  Todos los nuevos éramos convocados por la noche en un largo pasillo, del que se abrían las ventanas de par en par con el fin de emular el frío de Siberia.  Debíamos presentarnos con camiseta de manga corta, cinturón a la vista y zapatos, aunque en realidad había que llevar zapatos en todas las zonas comunes (era lo más decente).  Se nos prohibía pisar las juntas de las baldosas, reír, hablar y agachar la mirada.  Así aguantábamos horas de moralina barata por parte de los colegiales de línea dura.  Una vez, al finalizar la sesión a eso de las cuatro, nos obligaron a salir a correr por las inmediaciones del campus, arengados por los gritos colegiales que terminaron gritando los propios compañeros de promoción, ya convertidos a la fe colegial.

Esto también solía ocurrir en mitad de la noche: Duchas de agua fría, en bolas, con la ventana abierta y ante la presencia de colegiales.  A quienes no habían sido duchados a lo largo del curso, les ducharon de una vez en las últimas semanas.  Un castigo severo que se quedaba pequeño en comparación con el resto de reglas.

Juegos de bebercio.  Se enorgullecían de no obligar a nadie a fumar pero nos obligaban a beber con ellos sin parar.  Pacharán de trago, asco.  Una tarde volvía de clase cuando me hicieron beber un cartón de vino entero a través de un embudo, a lo American Pie pero sin tías buenas.  Estos juegos se enmarcaban en las travesuras que también les llevaban a efectuar placajes de rugby a cualquier compañero con quien se encontraran en el parque, o a hacer sonar una bocina en la oreja de un desgraciado (amigo mío, por cierto) que acabó en el ambulatorio.  Un día dispusieron en un pasillo un obstáculo de cartones que debíamos salvar con un salto de longitud para después lanzarnos sin miedo sobre una colchoneta.  Al último en probar le quitaron la colchoneta.  Otra vez estábamos viendo la televisión cuando se nos instó a ir a un pasillo adyacente para echar a correr contra los balonazos que nos lanzaban a discreción.  Ni Los Serrano podía ya ver uno tranquilo.

Las jóvenes de los colegios cercanos a las que invitábamos una noche en fiestas de Moncloa eran las mismas que debían soportar nuestras burradas de obrero, cada vez que osaran pasear frente al edificio.  Los colegiales nos obligaban a gritar groserías convencidos como estaban de que, en el fondo, les ponían cachondas.

Terminantemente prohibido dirigirse a los residentes de los colegios masculinos de al lado, los nebrijos y los covarrubios, si no era para mentarles a sus madres o darles de hostias.

Podría contar algunas más, pero tampoco quiero aburrir con batallitas.

Entre esas cuatro paredes (y a veces fuera de ellas) la prioridad absoluta era el colegio.  A él debían ir dirigidos nuestros esfuerzos, todo nuestro tiempo.  En él debíamos centrar nuestra vida social.  Nuestros estudios, las visitas a familia y amigos en nuestras ciudades de origen quedaban relegados a un segundo plano.  Era más importante quedarse un puente en Madrid para organizar la cena de gala que ir a ver a mamá y papá, porque ellos estaban lejos, y los únicos que en la gran ciudad cuidaban de nosotros eran los colegiales, a saber, chavales de no más de 25 palos con un exceso de paternalismo.  Ya he dicho antes que en aquel entorno la intimidad era un lastre.  El individualismo era un tumor a extirpar, y eso era algo que había que hacernos saber con sangre.  Con el paso de los meses supe de algunos colegiales, integrados en la dinámica colegial hasta el tuétano, que comenzaron su vida universitaria con actitud timorata, llorando a escondidas, añorando a los papis y rezando por salir de ahí cuanto antes.  No les llevó mucho tiempo percatarse de que la única salida era hacia dentro.  Se convirtieron en los compañeros más radicales, a costa de su expediente académico y los amigos de la infancia.  Recibir la beca colegial era motivo suficiente para cambiar de actitud y salvar distancias con nuevos y muebles.  Eran ellos mismos los que trataban de convencernos de que el objetivo de tanto ritual y norma era la integración y el mantenimiento de un lugar estupendo para convivir.  Ahí, se afanaban en repetirnos, no se metía nadie a decirnos lo que teníamos que hacer.

Por supuesto, insistían en que lo nuestro no era nada comparado con lo que ellos y todas las promociones anteriores habían tenido que aguantar.

Por supuesto, a mí me parecía todo lo más normal del mundo.

A pesar de esta interminable lista de tropelías y salvajadas adolescentes en el colegio imperaba un estado de las cosas normalmente normal.  Normalidad absoluta.  No son pocas las veces que he narrado estas aventurillas inocentes a personas ajenas al colegio, quienes se han quedado boquiabiertos, cuando no incrédulos.  Hoy sé que ellos, como yo, no tardarían en adaptarse a una situación así, porque el ser humano tiene una capacidad de aguante mucho mayor de la que presupone.

Al principio dije que evitaré hacer juicios morales y me mantengo en mis trece, a pesar de que entre todo lo vivido en esos meses podría encontrar elementos constitutivos de delito, o a lo peor razones para perder los nervios y desatar toda mi ira interna.  No lo voy a hacer porque me gusta quedarme con el lado bueno de las cosas.  En el Ximénez del Cisneros hice tres amigos, tres, de los que ahora me distancian cientos de kilómetros, pero solo eso.   En ese envejecido colegio aprendí que, entre 150 maromos, hay gente encantadora, futuros genios de cualquier especialidad profesional, inteligentes a la par que humildes, buenos compañeros, auténticos ejemplos a seguir.  También se encuentran locos de atar, cocainómanos, niños de papá que jodieron en el instituto, joden en el colegio y joderán en la oficina adonde irán a parar por enchufe.  Sabandijas de la sociedad que creen que el mundo les pertenece porque su padre se lo compró, y que lo único que hacen a lo largo de su vida es echar más mierda encima, como si no hubiera ya suficiente.  De los unos aprendí muchas cosas, de los otros, a tener paciencia, que es en definitiva todo lo que se puede aprender de los seres planos y vacíos.

Por otro lado pienso que para estar completo en esta vida hay que irse de safari a lo más bajo y a lo más alto de nuestra sociedad.  Ahí visité lo más alto mezclado con lo medio.  Me percaté de cómo vive la gente que no tiene miedo a meterse la hostia, sabedora de que siempre habrá un colchón amortiguando el golpe.  Tengo que decir que me gustó más bien poco.  También he de agradecer que precisamente gracias a ese viaje turístico a la cima social y supuestamente intelectual hoy avalo sin ambages uno de los principios de la Teoría de la Estupidez de Cipolla:

La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

Es decir, un universitario tiene las mismas posibilidades de ser estúpido que un analfabeto.  Lo mismo da.

La realidad de colegios mayores como el mío responde a una circunstancia que se remonta a la Prehistoria: allí donde no gobierna la ley, gobierna la violencia.  ¿Cuál es la razón de que en el narcotráfico se cometan ajustes de cuentas y la gente se tome la justicia por su mano?  Es una actividad económica como otra cualquiera, pero es ilegal.  Al no haber ley, las víctimas no denuncian.  Por tanto, todo queda en la sombra, y sin una autoridad legítima que imparta orden los más fuertes terminan por imponerse.  Entonces no dudan en recurrir a la violencia para hacerse con el control.  Yo, que soy muy malpensado, me pregunto qué pasará en una comisaría, en un cuartel de la Guardia Civil, en un centro de detención de inmigrantes, en un reformatorio.  Qué no pasará en todos esos lugares si en un triste colegio mayor se desarrolla un sistema de sometimiento, tan jerarquizado como primitivo por no decir cavernícola.

La lección más valiosa que aprendí en el Ximénez de Cisneros no podría ser más desesperanzadora: Homo homini lupus.

El hombre es un lobo para el hombre.

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4 respuestas a HOMO HOMINI LUPUS: MIS EXPERIENCIAS EN UN COLEGIO MAYOR DE MADRID

  1. Seferin dijo:

    A mí me huele que eso fue un estado totalitarista al 100%. Eso es lo que pasa cuando en un sitio no impera la ley, esto es el estado de anarquía donde los más agresivos y borregos son los que acaban mandando.

    El sistema de novatadas en cualquier lugar de la sociedad tenía que acabar, ya que aunque parezca algo inocente pueda acabar muy mal. Ya que cuando a determinadas personas no les pones límites para actuar pueden hacer autenticas barbaridades.

    En el ejercito se hizo y ahora toca los colegios mayores.

  2. Jacobo dijo:

    Buena entrada, de las mejores que he podido leer en este blog. Se nota que el autor está hablando de cosas que ha sentido muy profundamente y que tenía ganas de exteriorizar. También me parece un buen ejercicio intentar extraer conclusiones sobre el funcionamiento de sistemas sociales complejos. Pero no creo que un sitio sin ley corresponda unívocamente a un sitio con violencia. Hay muchas instituciones similares a ese colegio mayor y todo funciona a las mil maravillas. Me parece que en este caso la madurez está más relacionada con los comportamientos de los colegiales. Lo digo porque esto me recuerda el caso de los institutos donde los matones imponen su ley de manera violenta. Pero esto ocurre porque nadie es maduro. Así que el aspecto de la violencia sólo ocurre en sociedades inmaduras. Seguramente en una residencia de la 3 edad no pasarian esas cosas.

    • fenrisolo dijo:

      Pasaría en una residencia de 3ª edad sin control alguno. La violencia es ejercida por y contra personas de todas las edades, por personas aparentemente maduras y responsables. Me temo que apenas hay ejemplos de sociedades tan anárquicas como pacíficas, y me temo que en estas hay un severo control entre sus miembros. La violencia, como la enfermedad mental, son elementos imposibles de amputar en nuestra sociedad.

  3. Palotín dijo:

    Yo he vivido en el Cisneros durante dos cursos, hace más de siete años. Conozco todas y cada una de las cosas de las que se ha escrito, pero me gustaría discutir algunos aspectos. Coincido, en general, en que se trataba de una sociedad feudal con tintes excesivamente autoritarios; de tan autoritarios, resultaban ridículos. Mi experiencia es la siguiente: entendí la función social e integradora para aquellos compañeros que, queriendo ser aceptados, asumían las reglas del grupo. A decir verdad, eran una serie de sacrificios a escala reducida, como aquéllos que tomamos en sociedad. En este sentido, un colegio mayor no deja de ser un estado minúsculo con sus propias leyes, por disparatadas que sean. Es una sociedad que se retroalimenta a sí misma con sus tradiciones y sus chifladuras. La enorme ventaja es que, los colegiales, los santos patrones de aquella casa, eran generalmente tan tontos y tan ignorantes que, al discutirles y ponerlos en ridículo, no sabían qué hacer. Yo, en dos años que estuve allí, no me sentí jamás marginado ni excluido, y digo esto porque me enorgullezco de no haber jugado nunca al rugby, ni haber entregado rosas, ni haber sufrido ni una sola ducha, ni un revés del colchón, ni una tortura alimenticia ni nada que se le parezca. Era una sociedad frágil basada en la coacción y la diversión, algo extraño. Pero me alegro de ser parte de una generación de muebles, sabrás a qué me refiero, que intentaron dinamitar la institución desde dentro. Lo único que lamento es que Begoño no acabara despedazado por el jardín. Cuántas veces me reí pensando que quizá, algún día, los nuevos y los muebles se rebelarían y molerían a los colegiales a palos. ¡Qué tiempos revolucionarios aquellos!

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