VICIO Y ESCEPTICISMO EN EJÉRCITO ENEMIGO, DE ALBERTO OLMOS

Un bolígrafo, algo tan sencillo como un triste boli, podía hacer fluir el talento de cualquier escritor en ciernes, eventual premio Nobel de Literatura.  Algo así debieron de pensar los seres humanos la primera vez que se enfrentaron a un objeto cuya sencillez solo es comparable con su potencial.  En la tinta de un boli Bic caben las novelas que revolucionaron las letras universales una y otra vez.  También la que revolucionará la literatura, y quién sabe si toda la cultura por extensión, en este siglo XXI al que damos comienzo.  El boli, un arma cargada de genialidad que solo los pistoleros más avezados son capaces de controlar para emplear a placer.

El procesador de texto, el Word de toda la vida.  En mi casa ya había ordenador cuando apenas se encontraba en el ámbito doméstico.  Amstrad, IBM y demás modelos entonces vistos como aparatos de ciencia ficción, más propios de ‘2001: Odisea en el Espacio’ que del barrio obrero en el que me crié.  Eran máquinas de una potencia sobrehumana.  Eran magia electrónica.  Te permitían escribir sobre la pantalla, guardar documentos para recuperarlos más adelante.  Abrían la puerta a un hipertexto embrionario y cargado de posibilidades.  Sin duda, las cosas se ponían aún más fáciles para los futuros Nobel de Literatura.  Todo el potencial estaba ahí, dentro de una caja gris, con el teclado y la disquetera acoplados.

Internet.  El capítulo más reciente de ida de olla colectiva, cuando aquel hipertexto embrionario dio un paso de gigante al conectarnos entre nosotros.  Recuerdo con nostalgia el Internet de sus primeros años, anárquico y barroco.  La red de redes era el paraíso de los terroristas y los mitómanos con ganas de homenajear a sus ídolos.  Parecía que por primera vez todo era posible.  Hasta hacerse millonario quedaba al alcance de un click (un click que, es de justicia decirlo, nunca llegó salvo para cuatro iluminados).  Las páginas web estaban llenas de indicadores innecesarios y politonos insufribles.  Había un sinfín de buscadores repartiéndose el pastel, la sabiduría de Wikipedia estaba esparcida en millones de portales temáticos.  Bastaba con una rápida búsqueda para entrar en los sitios de auténticos degenerados mentales.  El chat de Yahoo era la ventana al mundo, tan próximo a los brokers de la Gran Manzana como a los insurgentes gazacíes (todo Dios parecía estar ahí metido).  Muy al principio, y hablo casi de la Prehistoria, los chats servían precisamente para chatear, y no solo para follar.  No tardó en tejerse una vasta tela de metadatos que, con la perspectiva de los años, se ha convertido en un gigante de información, en ocasiones jerarquizada por gigantes como Facebook, y otras abandonada en las profundidades abisales de la red, dormida, esperando a que alguien ate cabos.  Las posibilidades que ofrece Internet son, a priori, casi infinitas, una nueva dimensión del Word y el boli Bic.  La pregunta es: ¿Acaso las facilidades técnicas sirven para aumentar el número de genios de las letras y juntapabras varios?  Más bien es una cuestión de talento, y este, como la estupidez, se presenta siempre en proporciones inalterables, da igual el grado de desarrollo técnico de una sociedad.

Albero Olmos saca punta a las posibilidades que ofrece Internet.  En su última novela, ‘Ejército Enemigo’ (Literatura Mondadori), juega a detective y se adentra en el correo de un muerto para poner en evidencia que nuestras vidas están ya en la red, a disposición de quien quiera adentrarse en ellas.  Esa red que sirve de vía de escape a la frustración sexual, a las ganas de amar y de matar.

Pero ‘Ejército Enemigo’ no va de Internet.  La Solidaridad Ha Fracasado, una frase incendiaria que Santiago, el protagonista, había soltado a su amigo Daniel poco antes de morir, sintetiza el leitmotiv de la trama.  Así le transmitía su poca fe en los jóvenes que, más por ganas de juerga que por convicción, se movilizan en la búsqueda de un mundo mejor.  Olmos no oculta su rechazo a un sistema en el que incluso la solidaridad es mercancía de consumo, y que como tal está sobre todo al alcance de los hijos de los amos.  La estirpe superior, esa que vive en sus barrios de puta madre mientras a unas cuantas paradas de metro la gente se muere de asco.  El escritor reduce todo ese fenómeno a poco más que una moda de niñatos progres, y lo hace cuando el movimiento 15M está en boca de todos, precisamente cuando tenemos que andar con pies de plomo y detectar las bondades y flaquezas de esta nueva oleada de movilización social.

Los personajes de la novela se mueven en una urbe sin piedad.  Muchos identificaremos nuestros barrios en esa narración de una ciudad al borde del precipicio, que es en definitiva donde creemos que se encuentran las ciudades, tan despersonalizadas como despiadadas, en esta época de incertidumbre.

Pero ‘Ejército Enemigo’ no habla del fracaso de la solidaridad ni del cinismo de las ciudades.  Habla de la frivolidad, y de la honestidad con uno mismo.  Cuando todos andamos más perdidos que un pato mareao’, con el pie cambiao’ después de tanta psicosis de crisis y realidad 2.0., viene Alberto Olmos y le suelta una bofetada en la cara a todo aquel que pretenda salvar su alma con vanas acciones solidarias.  Ni que fuera tan sencillo salvarse de la quema del Infierno.  Olmos es un escritor genial, da gusto leerle, y como el libro tiene tanta enjundia y referencias, desprende un rollo bastante posmoderno, que ya es algo así como el ADN de muchos escritores jóvenes.  Una historia trepidante, llena de vicio y escepticismo, como aquí nos gustan las novelas.

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2 respuestas a VICIO Y ESCEPTICISMO EN EJÉRCITO ENEMIGO, DE ALBERTO OLMOS

  1. Jacobo dijo:

    ¿Por qué crees que la gente es solidaria para salvar su alma? Algunos puede, pero otros lo harán porque crean que deben ayudar sin recibir nada a cambio. A estos los podemos denominar los discretos. Otros pueden querer sacar algo a cambio, por ejemplo, los paises europeos que a partir de ahora nos van a colonizar.

    Creo injusto criticar de forma tan general a gente que seguramente quiera un mundo mejor dentro de sus posiblidades. Encontraría muy gratificante la crítica contra aquellos seres que por practicar la solidaridad quisieran dar lecciones morales al resto. Pero no me parece bien criticar a los que no abren la boca.

    Es divertido, ahora que nos encontramos al final de la Historia, como el revisionismo está de moda. Ahora todo el mundo critica valores que siempre estuvieron resguardados de las inclemencias verbales. También se resucitan odas a antiguos dictadores y se insulta la memoria de personas que siempre fueron un ejemplo a seguir. La solidaridad habrá fracasado pero veo que el ventajismo está triunfando.

    • fenrisolo dijo:

      Muy en tu línea. Quizá el problema es que hay demasiados moralistas aleccionadores, que no tienen suficiente con procurar el bien, sino que además tienen que publicitarlo.

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