MARGIN CALL O LA HORA DE LA MORAL

Volviendo un poco a lo de la gran hecatombe mundial y las culpas por dirimir.  ‘Margin Call’ es un intento de poner cara a todo aquel que aportó su granito de arena para que el castillo de naipes se viniera abajo.  Lo hace mediante una radiografía de la cúpula del poder, allí donde no llega nadie.  Los pobres mortales apenas pasan por delante de rascacielos como este imaginándose las fechorías o hazañas que sus moradores hacen dentro, pero no tienen ni idea de lo complicado que es el sistema.  Ni sus propios creadores lo entienden ya.  La fantasía distópica de la máquina dominando al hombre es una realidad de la ingeniería financiera.  Vale que ‘Margin Call’ es solo una película inspirada en hechos reales, pero demasiados documentales a lo ‘Inside Job’ hemos visto ya como para no creer que los hechos ocurrieron realmente así.

Aquel fatídico día en que Lehman Brothers comenzó a caer también debió de haber muchos oficinistas con la soga al cuello corriendo por los pasillos de la planta 42, preguntándose qué tenían que hacer, qué era lo más respetable moralmente y cuáles eran las consecuencias de ello.  Ahora nos quieren vender que no hay responsabilidades individuales, parece que el papel de los grandes banqueros se limitó a dejarse llevar, como el capitán de un barco que, incluso antes de partir, ya sabe que la nave acabará a la deriva, pero aún así decide partir.  La culpa, nos dicen, es de la crisis global, como un ente impersonal contra el que no se puede luchar.  A través de la ventana que abre ‘Margin Call’ se entrevé que, como es de sentido común, en el origen de la catástrofe sí hubo decisiones particulares.  Hubo una hora de la moral, cuando los hombres de negro vaticinaron su caída y tuvieron que decidir dónde esconder la deuda.  Al final, como se demostró de forma notoria, la deuda salpicó a todo el mundo, igual que una bomba de racimo se abre en mitad de su camino al suelo.

En esa radiografía de la cúpula descubrimos un mundo frívolo y aséptico, habitado por niños grandes y gigantes de barro.  No es de extrañar que Bret Easton Ellis eligiera ese mismo marco para su novela ‘American Psycho’, personaje magistralmente representado en la gran pantalla por Christian Bale años después.  Los psicópatas de las finanzas llevan una vida fuera de órbita sin mirar a los lados, refugiados en el vicio y el dinero, que en definitiva es lo único que sobra en torno a la máquina de hacer billetes.  Aquí no ceban vacas ni hacen tornillos, no, aquí fabrican dinero, y los que le dan a la manivela llegaron a ella en muchos casos rebotados desde la economía productiva.  Grandes talentos que se vendieron por un salario de seis cifras y que por él se han puesto de barro hasta los ojos.  En la cúpula cualquier excusa es buena para darle a la manivela mágica mientras funcione.  Con ella compran voluntades y extorsionan.  Si haces lo correcto, te llevas cinco kilos, si no, date por jodido.  El dinero es el único lenguaje (¿acaso no lo es ya en cualquier reducto de este viciado planeta?) y cuando deja de fluir, el sistema muta de la noche a la mañana.  No es el fin del mundo ni mucho menos.  La gente detrás de Goldman Sachs y compañía nos ha enseñado cómo las grandes crisis son también grandes oportunidades.

Así se lo hace saber Jeremy Irons a Kevin Spacey en ‘Margin Call’.  Otra de las bondades de la peli es precisamente su plantel de actores:  Jeremy Irons, Kevin Spacey, Stanley Tucci, Demi Moore (alguna tía había que meter), Simon Baker, Paul Bettany…  No está nada mal para una cinta supuestamente independiente, primera dirigida por el también guionista J.C. Chandor.  Toda la historia se sucede en el transcurso de dos días, incluida la decisiva noche de en medio.  Mientras Nueva York duerme, los consejeros delegados y demás cargos de responsabilidad se reúnen de urgencia para tratar de poner los números en orden.  Esos números les son ya tan incomprensibles como una ecuación de segundo grado para un niño de cinco años, o para mí.  Ahí se revela que los mandamases no están ahí por inteligentes sino por faltos de escrúpulos.  Impera el miedo psicológico, las conspiraciones a media voz y el chantaje.  Domina, en suma, la bajeza del ser humano.

Una cosa más: en la debacle de Bankia ha habido un sonado oscurantismo.  El Gobierno alega que no es momento de investigar para no dañar la imagen del sistema financiero español, como si esconder la basura debajo de la alfombra no fuera lo suficientemente dañino de cara al exterior.  El PSOE se ha sumado al grito popular a favor de una comisión de investigación parlamentaria, aunque no lo hace muy decidido porque sabe que también tiene cadáveres que ocultar.  Entre unos y otros, lo único que consiguen es dar más razones a la desconfianza.  Los medios de comunicación también hacen un flaco favor.  ¿Dónde estaban en estos últimos años cuando la insolvencia del engendro Caja Madrid-Bancaja comenzaba a dar motivos para la preocupación?  No destaco por una memoria privilegiada, pero lo último que recuerdo al respecto desde la fusión, en diciembre de 2010, es publicidad de esa que da grima y salva la cuenta de ingresos de los medios (Aviso para navegantes: en cuanto El Corte Inglés esté al borde de la quiebra pasará lo mismo.  Nos enteraremos la víspera, y entonces empezará la Tercera Mundial).  En Estados Unidos se lo montaron de otra forma porque tras el colapso sí hubo una comisión parlamentaria que, en unas duras sesiones, sirvió para levantar el dedo acusador y sonrojar a los banqueros culpables de la crisis.  Que luego consigua evitar futuras catástrofes económicas es otra historia, pero fue sin duda un ejercicio ejemplarizante a ojos del mundo.

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