RYSZARD KAPUSCINSKI – UN DÍA MÁS CON VIDA

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Ryszard Kapuscinski lo volvió a hacer en Uganda.  En ‘Un día más con vida’ (Compactos Anagrama, 2003) volvió a relatar una cruenta guerra  –todas son cruentas- y a su regreso logró contarnos las claves como nadie más pudo.  Para ello tuvo que adentrarse hasta el tuétano del conflicto, algo solo tan complicado como salir vivo de él.  La de Angola ha sido una de las guerras más largas que ha conocido el continente africano.  Desde los tiempos de la conquista, en el siglo XVI, los años de paz se cuentan con los dedos.  El papel protagonista de la refriega ha cambiado de manos constantemente.  Partidos políticos, etnias y confesiones religiosas enfrentadas se reparten culpas por igual.  También países vecinos.  Sudáfrica, sin ir más lejos, decidió intervenir en pleno siglo XX para garantizar el abastecimiento del agua a Namibia, un vasto territorio que sin el líquido elemento de Angola perdía su razón de ser.  Cuba envió miles de soldados para apoyar a sus aliados izquierdistas del MPLA.  Zaire también metió mano a la ex colonia portuguesa, y por supuesto que Portugal hizo lo propio.

En Angola se sigue la pista de uno de los fenómenos que más han marcado la demografía y la cultura a ambos lados del Atlántico.  Hablo de la esclavitud, cuyo negocio enriqueció a Lisboa a medida que millones de angoleños negros colonizaban Brasil, República Dominicana o Cuba, entre otros.  Mientras unos se iban a la fuerza, otros llegaban desde la megalópolis, bien para llenarse las manos a costa de los ingentes recursos del país –el quinto más extenso de África-, bien para malvivir como lo venían haciendo hasta entonces en territorio portugués.  Por eso es que no costaba encontrar blancos en el ejército angoleño o en las sucias esquinas de Luanda.  Todos huyeron en 1975.  La capital angoleña se vació como una cáscara de coco, mientras alrededor de ella los habitantes negros seguían a verlas venir.  La enconada lucha que ese año enfrentó al MPLA y el FNLA-UNITA dejó al país en las últimas.  Luanda se desvaneció hasta ser un escenario desolador y desolado.  El 11 de noviembre de ese año, Agostinho Neto declaraba la independencia ante miles de personas congregadas en una plaza.

“En el Tívoli, Óscar sacó de la caja fuerte la botella de champán que guardaba para la ocasión y otra más, de whisky.  Éramos los huéspedes más antiguos del hotel, todo un grupo de veteranos.  En lugar de sacar a la superficie nuestro júbilo y buen humor, el alcohol ahondó nuestro cansancio y agotamiento.  Óscar, que estaba al límite de sus fuerzas desde hacía tiempo, ahora borracho, exclamó con desesperación: Si la independencia es esto, si las cosas siguen así, me volaré la tapa de los sesos.  Al poco, debió de darse cuenta de que había dicho algo fuera de lugar, pues soltó una breve carcajada, luego se sumió en el silencio y, finalmente, se durmió, con la cabeza descansando sobre la mesa, entre vasos vacíos”. 

La guerra de Angola no terminó hasta anteayer, si es que puede afirmarse que ha terminado.  Los independentistas del enclave de Cabinda siguen en pie de guerra, en su búsqueda de la independencia y de los cuantiosos beneficios del sector petrolífero.   La población angoleña continúa desangrándose después de décadas de enfrentamiento armado.  En ciertos países, la guerra se ha convertido en el estado natural de las cosas, y las nuevas generaciones no saben qué significa la paz.

Kapuscinski viajó al país africano en 1975 para narrar esos días de desesperación.  Lo hizo a través de anécdotas, acercándose a sus personajes y alejándose de la alta política.  Lo que podría tomarse por una visión limitada de la realidad se revela como la más general, porque es gracias a estos personajes que puede revelar las claves de lo que acontece.  Personajes a los que solo un reportero intrépido como él es capaz de acercarse.  El resto de corresponsales, según sus propias palabras, se limita a hacer un periodismo diplomático, de recepción de hotel y llamadas telefónicas.  En tiempos del télex Kapuscinski se fue al quinto carajo para contar las cosas tal cual sucedieron.  Gracias a su entrega logró la exclusiva de la incursión sudafricana y transmitió unos acontecimientos que, de no ser por él, habrían sido tergiversados por los distintos bandos del conflicto y el incontable número de testigos faltos de memoria.  No es la primera ni será la última vez que encumbro la figura de Kapuscinski, que estás en los cielos.  El mismo que me servía de refugio en la biblioteca de la facultad, el que me llevaba a implorar por una vuelta a los orígenes, al reporterismo puro y duro de toda la vida del señor.  Un reporterismo que apenas perdura, diluido por culpa de unos intereses que terminaron por emponzoñar esta noble profesión.  Queda poco, pero queda, y no somos pocos los que leemos al autor polaco para preservar esa sapiencia, como quien intenta que la vela no se apague nunca.  “Hace tiempo que se me ha acabado el dinero y estoy medio muerto”, decía en una de sus últimas comunicaciones con la PAP, la agencia estatal polaca.  Murió en la cama a los 75 años.  A sus lectores nos sabe a poco pero habida cuenta de todo lo que su profesión le hizo sufrir, nos podemos dar por satisfechos.

Hablando de cronistas, Kapuscinski era uno y de los grandes.  Al tiempo que novelaba los hechos, fácilmente contrastables, daba parte de acontecimientos y demostraba una vez más cómo hay relatos que, por reales, superan a la ficción.  África sola reúne las suficientes tragedias y conspiraciones como para despachar una biblioteca entera de dramas humanos.  Lo que pasa es que hay que saber contarlos, y sin faltar a la verdad.

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