ZARAGOZA ANALÓGICA CON LA RICOH KR-10M

Que alguno de los presentes me explique por qué la fotografía analógica tiene un encanto especial.  Yo no dispongo de ninguna pista para sostener tal afirmación, pero estoy convencido de ello.  Llevaba una semana esperando impaciente el revelado de mis fotos, que ya ni se hace en mi ciudad porque hay muy poca demanda y los líquidos se caducan.  Desde hace meses han de enviar los rollos a un laboratorio de Barcelona.  Esperemos que este tipo de fotografía acabe experimentando el mismo auge que las Polaroid.  Dicha marca dejó de fabricar el papel para sus dispositivos, pero el creciente interés por estas máquinas -que hasta hace bien poco eran lo más parecido que había a la instantaneidad de lo digital- llevó a un grupo de aficionados a desarrollar la técnica necesaria para recuperar la producción de cartuchos.  Los cartuchos de la Polaroid no son ninguna tontería, porque en ellos, además del papel,  se incluye la batería.  Gracias a esta iniciativa los incondicionales de la marca vuelven a disparar, y entre ellos se encuentra también, desde la semana pasada, un humilde servidor.

La fotografía analógica de toda la vida no es ni de lejos tan compleja, así que confiamos en que tenga una larga vida.  Con lo digital son todo ventajas, pero muchos nos resistimos a convertirnos al cien por cien a esa fe de las facilidades.  En mi caso particular, hay algo en mi ADN que me empuja a complicarme la vida.  Cada foto con la Ricoh KR-10m me sale a 50 céntimos, y con la Polaroid Impulse AF a 2,50 euros, flípatelo si quieres.  Albergo la esperanza de que después de tanto quebradero de cabeza y desembolso aparentemente inútil pueda sentenciar que mis experiencias fotoquímicas me hacen ser mejor fotógrafo.  Lo analógico es, a fin de cuentas, un disparar a ciegas.  Dejarse llevar por la intuición a la hora de exponer, replantearse el encuadre hasta el hastío.  Por si fuera poco, la Polaroid ofrece un problema de paralaje, mientras que mi Ricoh monta una focal fija (50 mm y apertura máxima f/2, muy respetable), lo que añade nuevos giros de tuerca.

Tengo la suerte de tener además una Nikon D5000, que me permite dar la vuelta a la pantalla y huir así de la manía de visionar cada foto tras el disparo.  Esta costumbre, tan arraigada y en muchas ocasiones imprescindible, te hace perder la mitad del tiempo mirando tus creaciones, es decir, la mitad de las oportunidades de foto se escapan ante nuestros ojos, y eso no mola nada.  Arturo Rodríguez decía hace poco que le gustaría poner un celo en la pantallica de todos aquellos fotógrafos con la manía obsesiva de revisar cada imagen.  No es mala idea.

En fin, aquí los primeros ladrillos del proyecto analógico, aún en ciernes.  Fotos simples, tiradas en su mayoría en el modo manual, calibrando cada elemento meticulosamente, y con un leitmotiv aún por definir.  Lástima que en el escaneado se pierda calidad:

Más fotos en Flickr.

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