EL VIAJE A LOS INFIERNOS DE KEVIN CARTER

Resulta harto complicado describir la compleja realidad sudafricana, un país que cada vez recibe más atención del exterior por su potencial económico, pero que si entre algún colectivo despierta especial interés, ese debe de ser sin duda entre los sociólogos.  Yo no soy ni sociólogo ni sudafricano, tampoco he estado nunca en ese país de tierra quemada y ni siquiera me he acercado, pero vamos allá con el intento:

Sudáfrica es un país marcado por los contrastes.  Con vastos territorios escasamente poblados y ciudades inmensas donde reina el desconcierto.  Una sociedad enajenada trata de encarrilar su rumbo hacia el progreso, hacia la promesa de potencia emergente que la distingue en un continente sumido en la pobreza.  En todas partes abunda el ejemplo de reconciliación nacional abanderado por Mandela tiempo ha, pero no es menos cierto que los sudafricanos esquivan cada día la violencia sistemática de los asesinatos, en torno a 50 diarios en un país menos poblado que España.  El índice de violaciones no se queda atrás.  Las víctimas arrastran consigo ese estigma para el resto de sus vidas, y a lo peor contraen el SIDA, que hace estragos en la sociedad.  En la Sudáfrica del siglo XXI el ultranacionalismo de herencia afrikáner es una rémora del pasado, tan dispersa como peligrosa.  La desigualdad social genera mucha pobreza y más miseria todavía, repartida entre una mayoría negra y una minoría blanca que también sufre el racismo en primera persona.  Muchas personas viven instaladas en el miedo y permanecen en estado de sitio dentro de inmensos barrios de viviendas unifamiliares.  Hay detectores de metales hasta en la entrada de centros comerciales.  En ocasiones, los únicos que logran vivir en paz son los que menos empeño le ponen, los que prescinden de cercas electrificadas y optan por mimetizarse con el entorno.

Este es, a bote pronto, el escenario de la Sudáfrica de hoy.  No me quiero imaginar cuán enajenado era hace 20 años, durante los últimos estertores del Apartheid.  Fue entonces cuando tuvo lugar el auge y caída de Kevin Carter, una figura imborrable en la historia del fotorreporterismo.  Carter era miembro de la comunidad blanca de clase media.  Nació y se crió en Johannesburgo, donde alcanzada la juventud disfrutó de todo lo que esa ciudad, con clima mediterráneo e infinitas alternativas de ocio, tenía que ofrecer a sus habitantes relativamente acomodados, moradores de un oasis de paz en un entorno de hostigamiento continuo.  Pasados unos años de desvaríos y sin tener que recorrer apenas unas decenas de kilómetros, comenzó a fotografiar las atrocidades acontecidas en los suburbios pobres que rodean Johannesburgo, como Soweto y Thokoza.  En estas ciudades eran frecuentes los linchamientos y asesinatos públicos.  Se trataba de auténticas luchas fratricidas perpetradas con palos y cuchillos, muy al estilo de lo que luego sucedió en Ruanda pero con cuenta gotas.  Carter y sus compañeros de filas Joao Silva, Greg Marinovich y Ken Oesterbroek se desplazaban con frecuencia a estos barrios, donde fotografiaban escenas dantescas.  Entre las tácticas empleadas por la multitud enfurecida se popularizó la de colocar un neumático en llamas al cuello de las víctimas, el conocido cínicamente como necklacing.  Cuando caía la noche, los intrépidos reporteros ya estaban de vuelta en Johannesburgo, echándose unos pelotazos o recogidos en casa con la familia.  Pronto pasarían a ser conocidos como el Club Bang-Bang. 

A principios de 1994 Carter decidió emprender viaje a Sudán para retratar el conflicto con los insurgentes del sur.  De aquel periplo es la foto que acabaría por encumbrarle a lo más alto de su profesión y a hundirle en los infiernos.  Es esta:

La imagen, publicada en el New York Times y ganadora de un Pulitzer, no tardó en desatar la controversia en todo el mundo.  Fueron muchos los que acusaron a Carter de falto de escrúpulos por no haber ayudado a la niña, que en el momento de la toma se dirigía a un puesto de asistencia humanitaria.  Matad al mensajero, pareció ser la premisa del gran público, sin darse cuenta de que, en tal situación, lo mejor que un reportero podía hacer por esa niña y el resto de víctimas de la hambruna y el conflicto era dar parte de su desgracia, ponérsela en la cara a una sociedad occidental tan hipócrita como desinteresada.  Visto en perspectiva, puede decirse que valió para poner Sudán en el mapa.

Carter siempre había sido de una personalidad débil.  Cargaba a sus espaldas con un intento de suicidio y sucesivos coqueteos con las drogas.  En abril de 1994 su amigo Oesterbroek moría en un enfrentamiento entre fuerzas nacionales de pacificación y militantes del Congreso Nacional Africano.  Fue un acontecimiento marcado con rojo en la memoria de todos los reporteros allí presentes, entre ellos James Nachtwey.  Mientras, Carter atendía una entrevista al hilo de su premio Pullitzer.  Nunca se perdonó el no haber podido hacer nada por salvar la vida de su compañero.  Eso, y la pena acumulada de la barbarie presenciada durante años, terminó por pesarle y mucho al díscolo de Carter.  La fama le facilitó las cosas y al poco tiempo logró un esperado viaje a Mozambique.  Cuando regresaba, olvidó todos sus rollos de película en el asiento del avión.  Sin un trabajo que entregar, abrumado por la tragedia y aun en la cumbre del reporterismo, se percató de que no había salida.  A finales de julio de ese mismo año se dirigió con su pick-up a un parque en el que solía jugar de pequeño.  Aparcó y salió del vehículo.  Taponó la salida del tubo de escape con una manguera y deslizó el otro extremo sobre la ventanilla del acompañante.  Volvió a sentarse dentro del coche, cerró la puerta y arrancó el motor.

Dejó escrita una nota de suicidio:

“I am depressed … without phone … money for rent … money for child support … money for debts … money!!! … I am haunted by the vivid memories of killings and corpses and anger and pain … of starving or wounded children, of trigger-happy madmen, often police, of killer executioners … I have gone to join Ken if I am that lucky.”

Hay turistas y viajeros como hay viajes y pesadillas.  Lo de Carter fue de lo segundo, un mal sueño en las tinieblas del horror humano.  Ya han pasado casi veinte años de su desaparición, y son incontables los reporteros gráficos muertos durante el desempeño de sus funciones, tanto antes como después de la muerte de Carter, pero no acierto a encontrar un caso que encarne mejor la pesadilla y peor el sueño del reporterismo.

Esta entrada fue publicada en FOTOGRAFÍA y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s